La frontera Estados Unidos-México, el tapón de Darién entre Panamá y Colombia, así como las rutas marítimas en el Mar Caribe que llevan a Puerto Rico o Estados Unidos se han convertido en cementerios para los migrantes. En estos sitios mueren la esperanza y los sueños.
Arnaldo era un hombre alto, de 42 años, que según lo que contaban sus amigos era muy bueno para las labores de construcción. En la última fotografía que le tomaron se le veía sonriendo; lleva puestos unos zapatos blancos y de su muñeca colgaba una pulsera brillante. No imaginaba lo que venía.
Luego del terremoto en Haití, en 2010, decidió buscar un mejor futuro y migró a Brasil donde trabajó en la construcción de varios estadios de fútbol que se hicieron para la Copa Mundial de Fútbol de 2014. Después se fue a Chile donde vivió hasta 2020. Luego de perder su trabajo y en vista de las restricciones a la vida pública implementadas por la pandemia de covid-19 decidió irse a Estados Unidos a “probar suerte”.
Las pocas opciones de migración regular lo obligaron a hacer la ardua travesía terrestre. A duras penas llegó hasta Colombia donde cruzó la frontera con Panamá, y una vez en Puerto Obaldía inició su camino a través del tapón del Darién, de donde nunca saldría. Arnaldo falleció en agosto de 2021 junto con otros migrantes, también haitianos, al ser arrastrados por un río.
Este es uno de los puntos en las Américas que presenta un mayor subregistro de datos sobre personas migrantes fallecidas y desaparecidas, debido a los peligros de dicha ruta, en materia de topografía y otros riesgos, como la presencia de grupos criminales que cometen un sinnúmero de actos de violencia contra las personas migrantes. Además, la dificultad de acceso representa un reto para recolectar datos sobre estas fatalidades.
La tragedia de Arnaldo forma parte de un informe del “Proyecto Migrantes Desaparecidos” de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el cual documenta casos de personas migrantes, incluyendo a refugiados y solicitantes de asilo que fallecen en las fronteras de los Estados o en el proceso migratorio hacia un destino internacional.
Estos datos de las agencias de Naciones Unidas que miran el tema de migratorio se usan para dar forma al indicador de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 10.7.3, en relación con el “número de personas que murieron o desaparecieron en el proceso de migración”. Asimismo, la labor del proyecto apoya el Objetivo 8 del Pacto Mundial sobre Migración, que llama a los Estados a “salvar vidas y emprender iniciativas internacionales coordinadas sobre los migrantes desaparecidos”.
Según este instrumento, 2021 fue el año con mayor número de fallecimientos de personas migrantes registrados en las Américas desde 2014, cuando se inició el Proyecto Migrantes Desaparecidos. De enero a diciembre de 2021, en el continente se registraron mil 248 decesos y desapariciones de personas migrantes, de los cuales 596 sucedieron en América del Norte, 324 en América Central, 180 en el Caribe y 148 en América del Sur.
Un año antes, en 2020, hubo 798 muertes en las Américas, desglosadas así: en América del Norte, 371; América Central, 165; El Caribe, 163; y América del Sur, 99. El documento plantea que estas pérdidas humanas, en su mayoría, están relacionadas con la “falta de opciones” para una movilidad segura y regular, que aumenta la probabilidad de que las personas migrantes opten por vías de migración irregulares que ponen en riesgo sus vidas.
En el caso específico del tapón de Darién subraya que durante 2021 se registraron 51 vidas perdidas de migrantes, que en 2020 se reportaron 26 y en 2019, 40. No obstante, los informes anecdóticos indican que gran cantidad de personas migrantes fallece en esta ruta y sus restos nunca son recuperados, por lo que las cifras presentadas probablemente reflejan solo una pequeña fracción del verdadero número de vidas perdidas.
Tal es el caso de Rosemary, una mujer de nacionalidad venezolana, quien ahora mismo reside en La Chorrera, Panamá Oeste, y quien en 2021 mientras cruzaba la selva perdió a su esposo e hijo. Ella aún conserva la esperanza de que las autoridades panameñas en algún momento le lleven noticias de sus familiares, que fueron arrastrados por la fuerte corriente de un río.
Rosemary desistió de seguir su ruta hacia Estados Unidos, mientras aguarda por alguna novedad. “Yo no puedo seguir hasta tener alguna novedad”, dijo a este medio.
Otras rutas peligrosas
Tamara salió de un pequeño pueblo en el norte de Honduras con el deseo de unirse a uno de los grupos de migrantes que salieron de ese país durante 2021.
Ella tenía un salón de belleza en su pequeña casa de madera. Agobiada por las deudas, la inseguridad y el desempleo, como muchos de sus compatriotas, decidió tratar de migrar a Estados Unidos. Logró cruzar Guatemala y México y llegó hasta el desierto de Sonora, en Baja California, México, donde perdió la vida a causa de la deshidratación.
En las zonas montañosas y desérticas de la región transfronteriza entre México y Estados Unidos se registran cientos de fallecimientos de personas migrantes. En esta frontera, las personas enfrentan múltiples riesgos, como condiciones ambientales extremas; las causas de muerte más comunes son la deshidratación, la hipotermia y el ahogamiento.
El Proyecto Migrantes Desaparecidos precisa que en América del Norte, durante 2021, unas 276 muertes correspondieron a hombres, 76 a mujeres, 8 a niñas, niños y adolescentes, y no fue posible determinar el sexo ni edad de 236 personas. En América Central, 20 de los fallecimientos registrados correspondieron a mujeres, 120 a hombres, 10, a niños, niñas y adolescentes; y no fue posible determinar el sexo ni edad de 17 personas.
Además de las rutas terrestres, el mar se ha vuelto un peligro para los migrantes. En ese contexto, las islas del Caribe reciben un número significativo de migrantes y refugiados, quienes utilizan rutas marítimas y terrestres altamente riesgosas. Durante 2021, en la región Caribe se registraron 180 decesos y desapariciones de personas migrantes, durante 2020 se reportaron 163 y en 2019 fueron 160.

La principal causa de las defunciones en el Caribe es el ahogamiento en naufragios a lo largo de las múltiples rutas marítimas dentro, hacia y desde la región. Debido a la dificultad para monitorear estas rutas y las probabilidades de que muchas embarcaciones desaparezcan sin dejar rastro, es muy probable que el número real de muertes ocurridas durante la migración en el Caribe sea mucho mayor de lo que se ha documentado en la actualidad.
Los desafíos
Frente a este dramático escenario, una de las conclusiones del informe es que se debe hacer una “amplia” evaluación y modificación de aquellas políticas migratorias que no toman en cuenta la evidencia sobre muertes y desapariciones de migrantes, así como de aquellas que apuntan a un enfoque punitivo o criminalizador de la migración.
Se considera que esto causa muertes y desapariciones durante el tránsito migratorio, al fomentar el uso de rutas de migración irregular por regiones de alto riesgo para evadir la detección por parte de las autoridades.
Además, hace un llamado a mejorar la articulación entre actores clave en las Américas, como las organizaciones de la sociedad civil, institutos de investigación, agencias de cooperación, organizaciones intergubernamentales y agencias de Naciones Unidas.
En el caso de Panamá, solo el año pasado, el Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas expresó su inquietud sobre las dificultades para abordar las desapariciones de migrantes en Darién y la falta de investigación de estos casos en la ruta selvática.
Se trata de un tema en el que han coincidido el defensor del Pueblo, Eduardo Leblanc, y el director del Instituto de Medicina Legal, José Vicente Pachar, al indicar que el país necesita una base de datos para llevar los registros de las defunciones de migrantes en la selva.
También este sábado, la ministra de Relaciones Exteriores, Erika Mouynes, se reunió en Bogotá, Colombia, con su nuevo homólogo, Álvaro Leyva, con quien estableció las prioridades de la agenda bilateral, entre las que destaca el tema migratorio en la frontera.
Mouynes alertó sobre el incremento constante del número de migrantes que cruza la selva compartida del tapón del Darién, con una cifra que supera las 76 mil 700 personas en lo que va de 2022, y la necesidad de “compartir información, revisar nuestras políticas, coordinar respuestas y honrar nuestros compromisos bilaterales y multilaterales para evitar una crisis inmanejable”.
Lo de Mouynes fue un mensaje diplomático directo y también de urgencia, si se toma en cuenta que los protagonistas de esta crisis migratoria que golpea a toda América, en algunos casos, terminan en el olvido dentro fosas comunes o bajo tierra con cruces sin nombre.


