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Reguetón

El ritmo que conquistó el planeta

El ritmo que conquistó el planeta
Fotografía de archivo del cantante puertorriqueño Bad Bunny durante un concierto como parte de su gira mundial DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour en el estadio Olímpico Félix Sánchez, en Santo Domingo (República Dominicana). EFE/Orlando Barría

El nacimiento de un género musical no es frecuente, y menos aún uno con capacidad de dominio mundial. Fenómenos de la magnitud del tango, el bolero o la salsa no ocurren cada década. El reguetón, lejos de ser un accidente estético, es el pulso sonoro de una era interconectada. A diferencia de la rigidez de la música orquestal, este género se impone por una vitalidad dinámica que conecta con el pulso biológico del oyente.

El epicentro de esta sismicidad cultural se sitúa en las calles de Colón y Río Abajo. En estos barrios de fuerte empuje afro, la cercanía con la Zona del Canal permitió una filtración cultural inédita: un cóctel rítmico de jazz y blues estadounidenses, fundidos con la soca, el calipso y el reggae antillanos. En ese crisol, el talento local transformó un ritmo rústico en estribillos adherentes y contagiosos.

Renato y Nando Boom fueron los primeros en traducir la realidad urbana al compás del riddim. Fragmentos como ellos ben dem, ellos ben dem de Nando Boom marcaron el inicio de la arquitectura rítmica. El General validó el modelo económico al trasladar su talento a Nueva York, logrando que ganchos como tu pum pum, mami mami, no te detengas se convirtieran en la primera exportación masiva del género.

Los roles se dividieron: Panamá aportó el útero y el talento genético, mientras que el eje Puerto Rico–Estados Unidos construyó el parlante industrial. (Entre nos: fue quien facturó). Figuras como Daddy Yankee (a ella le gusta la gasolina), Don Omar (oye, mami, vuelve a mí) o Wisin y Yandel elevaron el sonido a niveles de producción global. Con Karol G, la fórmula sigue expandiéndose. Puerto Rico profesionalizó la criatura y la conectó con circuitos de distribución que Panamá no desarrolló. ¿Qué nos pasó?

Esa evolución alcanza hoy su punto más alto con Bad Bunny. El artista ha trascendido lo musical —premios incluidos— para convertirse en un referente político, posicionándose contra Donald Trump y las acciones del ICE. En El Apagón afirma: esta es mi tierra, yo soy de aquí, demostrando que el ritmo también es un vehículo de resistencia.

El género ha sido criticado por promover la violencia, la procacidad y lo chabacano. Sus letras, a menudo cargadas de crudeza explícita, son espejo de realidades marginales sin filtros. ¿Es esta vulgaridad la verdadera razón del rechazo de las élites? ¿Por qué Panamá no reconoce la paternidad del género? ¿Por qué se le niega el sitial de patrimonio inmaterial a un ritmo que nació en sus entrañas?

El progenitor ignora a su descendencia mientras el resto del mundo la celebra. Este rechazo impide abrazar una identidad que es, en sí misma, un monumento cultural. Negar el origen es negar la propia capacidad de influir en el curso de la cultura moderna.

El reguetón sigue vibrando en cada esquina del planeta, recordándonos que el ritmo también es una forma de poder. Al final queda un hecho irrefutable: su eficacia física. Una descarga de energía que recorre el cuerpo y que, como una inyección de dopamina pura, nos obliga a reconocer que el mundo hoy late al compás que Panamá empezó a marcar.

El autor es periodista y filólogo.


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