Uno de estos días me ocupé en reclasificar mis libros pendientes de lectura, en un nuevo orden de prioridades y vino a mi mente el recuerdo del gran amigo y periodista fallecido Juan B. Gómez, quien, con su directa y exquisita simplificación de siempre, en un viejo artículo de su columna semanal, apuntó lo siguiente: -son tantos los libros que esperan mi lectura, que la tarea de ponerme al día se hace cada vez más difícil-.
Ocurre que al igual que a la mayoría de los buenos lectores, también me gusta saborear la lectura con calma y disfrutar incluso del olor que emana de las páginas de los libros. En ese sentido, no soy partidario del modernismo tecnológico que pretende hacer desaparecer a los libros y convertirlos en piezas de museo; ni de los publicitados métodos de lectura rápida, que pese a su relativa eficacia en los tiempos de inmediatez que vivimos, considero que su uso equivale a pasar por el libro, sin que el libro pase por uno.
En otro orden de ideas y aprovechando el barullo en que me he metido al pretender ordenar mis lecturas pendientes, se me ocurre que sería muy provechoso para toda persona amante de la palabra escrita -que las hay-, el dejar los libros en sus anaqueles -dentro de lo posible- en el orden en que los ha ido leyendo, uno tras otro, como un recordatorio de las diferentes etapas e intereses a lo largo de su vida, desde la infancia hasta la vejez. Toda nuestra vida estaría así reflejada en una estantería: momentos de alegría y de tristeza, épocas de estrecheces y abundancia, de trabajo y de ocio, una verdadera biblioteca autobiográfica.
A propósito, cuando yo era niño, recuerdo que el premio más grande que podíamos recibir en casa, luego de una semana de buenas calificaciones, era una visita a la farmacia del pueblo -después de misa- a comprar los pasquines recién llegados, que en esa época costaban solo 10 centavos. Por lo tanto, los domingos y con ellos los pasquines, eran esperados con ansias. No había televisión, ni hacía falta.
Aquellas historias me llevaron a Grecia donde pude conocer a Zeus, Poseidón, Casiopea y otras joyas de la mitología. Con ayuda de la imaginación emprendí espectaculares viajes espaciales. Recuerdo que visité el planeta Kriptón y disfruté, además, la vida familiar de Clark Kent (Supermán) en Villa Chica. Por su parte, Tarzán me llevó hasta las selvas de África, el inexplorado continente negro.
Recuerdo que, en la escuela primaria, gané un premio de pintura, y en el canto del himno, la maestra Anatolia me entregó como premio, una edición empastada e ilustrada de Los viajes de Gulliver de J. Swift. Me fascinó esta obra, Liliput -el país de los enanos- y Brobdingnag -el país de los gigantes-.
Más tarde, mi imaginación viajó a otros destinos desconocidos, con los cuentos de Tom Sawyer y del Tío Tom. En la línea de los paquines, emprendí vuelo con Los Halcones Negros en sus veloces aviones al mando de -Chuck, Olaf, Henry, Anderson, Hendrickson y Chop Chop. Cabalgué con El Llanero Solitario y su inseparable amigo el indio Toro. Así como con Roy Rogers provisto de su infaltable sombrero blanco y su fiel caballo Trigger.

Me divertí mucho con las ocurrencias de Tico y Tuco, las urracas parlanchinas, el canario Piolín y el gato Silvestre, así como el pato Donald y sus sobrinos Hugo, Paco y Luis, el gato Tom y el ratón Jerry. Conocí por igual la Ciudad Gótica de Batman. Así como las aventuras de Linterna verde o de La Mujer Maravilla.
En fin, recuerdo que mis padres nunca estuvieron muy seguros de que este material fuera el más apto para instruirnos. No obstante, mi hermano mayor, mis primos y amigos de infancia, invertimos cada centavo que teníamos, en adquirir estas historietas cada semana en la farmacia Variedades Toño del Señor Antonio Ibarra, quien nos esperaba complacido al vernos llegar en pandilla, con el entusiasmo reflejado en los ojos.
Ya en el colegio, empecé a leer con igual interés, las novelas que nos asignaba el profesor de Español Albino de la Rosa (q.e.p.d.). Gracias a su especial motivación por la literatura, empecé a descubrir por mi cuenta, los clásicos de la literatura universal: Platón, Víctor Hugo, Tolstoi, Balzac, entre otros.
En lo nacional, disfruté La Boina Roja y La Isla Mágica de Rogelio Sinán, Juventudes exhaustas de Alfredo Cantón, Gamboa Road Gang de Joaquín Beleño, Desertores de Ramón H. Jurado, así como las poesías Incidente de Cumbia de Demetrio Korsi, Canto a la Bandera de Gaspar Octavio Hernández, Patria de Ricardo Miró, Al cerro Ancón de Amelia Denis de Icaza, sin olvidar en la línea recordatoria de aquellos paquines de infancia, la colección completa de novelas de Ian Fleming sobre James Bond. Por cierto, la mayoría de los trabajadores y obreros intercambiaban y leían con avidez, novelas de vaqueros que estaban de moda en aquella época. No obstante, y por razones que desconozco, nunca me interesé por leer este género.
Con el tiempo, Irving Wallace se convirtió en uno de mis escritores de juventud favoritos. Más tarde en la universidad, otros autores fueron acaparando mi atención, empezando por García Márquez y Cien años de soledad, Pablo Neruda, Eduardo Galeano, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Ernest Hemingway por citar algunos, sin olvidar mencionar al panameño Jorge Thomas con Fugitivos del Paisaje, el nicaragüense Sergio Ramírez con Margarita está linda la mar o El último suspiro del moro de Salman Rushdie (el mismo de Los Versos satánicos).
Lo cierto amigos lectores, es que no solamente somos lo que hacemos y lo que comemos, también somos lo que leemos. Devolvámosle pues al libro su importancia, mucho más allá de la simple valoración que siempre ha tenido y seguirá teniendo para las polillas.
El autor es escritor y pintor

