Vivimos en un mundo cibernético de inteligencia artificial, internet y multimedia, en el cual el arte como lenguaje especial para comunicar emociones y verdades profundas, amenaza con tartamudear ante el modernismo nihilista de la civilización contemporánea.
Hoy, el Absoguedi (Maestro), el verdadero hombre artista de principios del siglo XXI, está saturado y cansado del movimiento pendular de los terribles acontecimientos que continúan sacudiendo al mundo, así como del pernicioso y frívolo consumismo social que amenaza o intenta condicionar al arte, a fin de reducirlo solo a un insumo de lujo para alimentar status y continuar exhibiendo egos sedientos de inmediatez y vigencia social.
Por ello, el artista Nele (brujo contemporáneo), prefiere centrar su atención en la búsqueda continua de la experiencia misma, en absoluta comunión con la naturaleza, sin la erudición antojadiza de intermediarios que condicionen su arte, pero sí con la tenacidad, atrevimiento e irreverencia suficientes, para resistir con estoicidad, las influencias complacientes del mercado del arte.
Ante estas circunstancias, a una sociedad civilizada humanista y pragmática a la vez, como en la que vivimos, le convendría hacer esfuerzos para retornar a los cimientos de una cultura fundamentada en el conocimiento básico y raizal del ser humano. En consecuencia, recuperar la verdadera e intrínseca finalidad del arte, ante la contemporaneidad del nuevo siglo, puede contribuir eficazmente a ponernos en contacto con la realidad interior de cada quien, en procura del enriquecimiento espiritual, tan escaso en nuestros días; y confundido muchas veces, con el fanatismo religioso o el dogmatismo académico imperantes.
En tal sentido y a manera de ejemplo, el arte consustancial y primigenio, que alguna vez, inspiró al hombre de las cavernas, lo sigue haciendo a través de la expresión plástica del artista de Azuero Raúl Vásquez Sáez (q.e.p.d.), siendo probablemente este, uno de los pocos caminos más puros y directos que aún nos quedan, para procurar alcanzar dicho objetivo.
En ese contexto, el poder admirar y escudriñar la obra intimista y casi rupestre de Raúl Vásquez Sáez, el hombre artista de esta conceptualización, cual Intuledi (médico brujo),aspira a salvar nuestra mirada de esa inherente y frívola cotidianidad, mediante la interpretación y valoración de los códices, que el artista incorpora en su trabajo artístico, promoviendo en cada obra, una confrontación serena de conceptos, entre lo profano y lo sagrado.

En efecto, la codificación del arte elemental de quincha descarnada, de este artista, es asombrosamente capaz de liberar nuestra existencia, de su mudez extrema y del congénito hermetismo de supervivencia e hipocresía social del entorno que nos agobia. Se trata de un arte generador de sabiduría. Está lleno de mensajes y sugerencias sencillas-no por ello comunes-,para mejorar, o al menos cuestionar la conciencia del género humano. Su legado artístico impregnado del barro nutricio de Pachamama (madre tierra), es la continuidad de aquel legado germinal precolombino de nuestra Mesoamérica indígena.
Es el artista duende de hoy, el que logra albergar en sus cuadros, la esencia mística de la cultura prehispánica de ayer. Ese misterio mágico se constituye en su propia y particular forma de dar a conocer su raigambre y conexión con el terruño que lo vio nacer. Ese arte primitivo lleno de figuras zoomórficas y antropomórficas, producto de su imaginario personal, revela la profunda intención del artista, en procurar la unión sincrética entre hombre y naturaleza que pregona el arte.
Así como en la prehistoria, el mundo pictórico de aquellos artistas en las cuevas de Altamira (España) o Lascaux (Francia), estaba representado por ciervos y bisontes, el mundo pictórico de Raúl, está poblado por jaguares, cocodrilos, aves, murciélagos, ranas, serpientes de coral, monos, pecaríes, cangrejos, tortugas, conejos; estilizados todos ellos, hasta la abstracción total, en una variada alfarería polícroma de exquisita percepción estética.
Ese arte por demás, terroso, matérico, textural, nos proporciona una renovada y refrescante escala de valores que podemos consultar, ante el naufragio aparente o real de la existencia humana, en esta civilización tan llena de condicionamientos, algunas veces materiales y seculares, incongruentes, efímeros y superfluos, otras.
Con todo lo antes dicho, he intentado describir, sin bastidor de por medio, la obra pictórica conceptual de un artista contemporáneo cuya pintura nunca estuvo al servicio de una oligarquía moral, ni tampoco a la espera del culto, la oración o el incienso. Raúl Vásquez Sáez fue un pintor panameño de talla internacional, que supo trasmitir a través de su obra, el mito y la leyenda, así como el simbolismo cultural de nuestros antepasados, haciéndonos sentir al admirar su obra, las pisadas de cutarra, el aroma de cachimba y el pensamiento del taburete de su tierra. Fue un artista que pintó su aldea, muy consciente, que al hacerlo estaba pintando el mundo.
El autor es escritor y pintor.

