A lo largo de la historia de la humanidad, aunque a primera vista resulte extraño, los libros, es decir la literatura en general, han sido siempre un símbolo de resistencia y censura.
Obras literarias que, por fortuna hoy en la mayoría de nuestros países, podemos adquirir sin ningún problema en las librerías, y leer en la tranquilidad de nuestros hogares; en algún momento incomodaron a los poderosos, por razones variadas y muchas veces sutiles, por lo que terminaron incluidos en listas negras bajo el calificativo de libros prohibidos, cuando no en quemas públicas, o vetados incluso por el propio Vaticano, con lo cual paradójicamente, solo se demuestra, el poder de la literatura para despertar conciencias y defender la libertad de expresión y el pensamiento crítico.
En efecto, así lo confirmó en tiempos modernos el reconocido escritor nicaragüense Sergio Ramírez, cuando recibió en 2021, la medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes en Madrid, en reconocimiento a su brillante trayectoria literaria y a su valiente lucha por la libertad de expresión y el pensamiento crítico, cuando dijo: “La literatura es un oficio peligroso cuando uno se enfrenta a las desmesuras del poder de las tiranías, que nunca dejan de sentirse amenazadas por las palabras”. A este respecto, recordemos que Ramírez fue exiliado por el gobierno de Daniel Ortega, quien prohibió en Nicaragua, la distribución y lectura de su novela Tongolele no sabía bailar. Es curioso, pero el humor, nunca ha sido bien visto por los dictadores, ni por los “demócratas” ególatras enfermos de poder.

El hecho cierto es que, inexplicablemente, la literatura, y por ende los intelectuales que la producen, siguen siendo considerados como -algo peligroso- para muchos aberrantes seres humanos que habitan el planeta, desde la inquisición hasta nuestros días. A lo mejor esto se debe a que la literatura actúa sobre los lectores, justamente en sentido contrario a como lo haría un misil o una granada arrojada por un terrorista. Es decir, la literatura es búsqueda y descubrimiento de significados, y no reproducción pasiva de verdades panfletarias digeridas por otros para ser consensuadas por las masas. Este efecto de expansión indomable, serena, natural y contundente del conocimiento autónomo, que provee la literatura, es lo que, al parecer, aún en los tiempos de Globalización y del Homo virtualis en que vivimos, continúa haciendo parecer peligrosa a la literatura.
Un ejemplo adicional que ilustra lo que acabamos de decir, lo constituye el momento en que el ayatolá Ruhollah Jomeini emitió una fatua (1989) poniendo precio a la cabeza del escritor Salman Rushdie, tras calificar su novela Los versos satánicos (1988) como una blasfemia contra el islamismo y el profeta Mahoma. Desde entonces, el escritor vive exiliado y bajo protección policial. La recompensa actual por asesinar al escritor alcanza los 3 millones de dólares.
En materia religiosa, la Iglesia católica no se queda atrás, ya que, en el año 2005, la novela El Código Da Vinci (2003), del escritor Dan Brown, fue públicamente condenada por el Vaticano, extendiendo este rechazo a la adaptación cinematográfica que se hizo de la obra (2006), exigiendo a los fieles católicos del mundo, no comprar ni leer la novela, así como tampoco acudir a las salas de cines a ver esta película. Esta insólita prohibición se produjo, pese a que, con antelación, y por vergüenza propia, en el año 1966, el Vaticano, había abolido su antigua lista de libros prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), misma que en el pasado, fue responsable de la censura, la horca o la hoguera, de muchos científicos y escritores célebres, como Galileo, Descartes, Copérnico, Rousseau y Voltaire, entre otros.

Es por ello que con gran tino el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa (1936-2025), en una ocasión expresó, refiriéndose a la literatura lo siguiente: “La literatura es un arma maravillosa que hemos encontrado para hacer menos profunda e irreversible la injusticia y el imperio de la ignorancia y la mentira”.
Las mentalidades cerradas, que buscan conjurar los demonios de la libertad creadora, han existido siempre en cada época. Recordemos que grandes y reconocidas obras maestras de nuestra literatura, tanto clásica como contemporánea, han tenido que enfrentar desde los habituales y rastreros celos o envidias, hasta la intolerancia y descalificación, por motivos políticos, o religiosos.
El Premio Nobel de Literatura (1970) Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), tras la publicación en 1973 de Archipiélago Gulag, libro en el que narra los horrores del sistema de campos de concentración estalinista de la antigua Unión Soviética, fue acusado de alta traición por el Kremlin, al atreverse a “sacar los trapos sucios” del régimen. Posteriormente fue arrestado y encarcelado por la KGB y en 1974 condenado al exilio, con la prohibición de distribuir su libro.
Por su parte, el escritor británico George Orwell (1903-1950) igualmente fue censurado por la URSS y otros regímenes autoritarios de la época, por su novela Rebelión en la granja (1945), al considerarla material subversivo, ya que la misma, retrata a un Estado opresor con vigilancia extrema y manipulación de la verdad.
La Rayuela (1963) de Julio Cortázar (1914-1984) fue considerada también subversiva por la dictadura argentina. La Cabaña del Tio Tom (1852) de Harriet Beecher Stowe fue censurada en los estados del Sur de Estados Unidos antes y durante la Guerra Civil norteamericana, por denunciar la esclavitud. Fue vista como una novela que incitaba el abolicionismo.
Por su parte Harry Potter (1997) de J.K. Rowling, aunque mundialmente popular, fue censurada en escuelas religiosas de Estados Unidos y otros países por considerarse un libro promotor de la brujería. Irónicamente, la trama central de esta obra juvenil, celebra la amistad, la valentía y la lucha contra la tiranía.
Otro ejemplo de gran trascendencia, entre muchos otros que podríamos seguir mencionando, lo tenemos con El Origen de las especies (1859) del naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882). Una obra revolucionaria en el mundo científico, que introdujo la Teoría de la Evolución por Selección Natural, causando un profundo impacto en la comprensión de la biología, a partir de ese momento. No obstante, debido a su contradicción con las interpretaciones religiosas sobre la creación divina, el libro fue objeto de profunda censura y prohibiciones por parte de grupos religiosos conservadores. Sin embargo, ello no ha impedido que, en la actualidad, esta obra siga siendo un referente, para tratar de comprender la evolución del hombre, a la par de otras teorías igualmente valederas.

Al problema de la prohibición de libros, a que nos hemos referido de manera puntual, es necesario adicionarle, aunque sea de pasada, la creciente y también nefasta, absorción de la literatura por el entretenimiento masivo, producto del marketing y la industria de la publicación, quienes, en la actualidad, priorizan sus estándares en cuanto a publicación y promoción de libros y autores, de preferencia, hacia las historias de acción y consumo rápido, de fácil adaptación al cine. En otras palabras, nuestros ecosistemas literarios modernos se decantan preferentemente por la frivolidad y el confort, por lo que, desde este otro enfoque, la tendencia creciente hacia la proliferación de mala literatura, o literatura light, también puede traer, a la larga, consecuencias negativas y perjudiciales tanto para los lectores como para la sociedad en general.
Regresando al tema principal que nos ocupa, podemos concluir que, en todo tiempo y lugar, prohibir un libro es solo un acto de autoritarismo y un reconocimiento tácito a su autor, y por ende al poder de la literatura. Ese poder de sembrar dudas, provocar preguntas, cuestionar lo establecido, revelar otras realidades. En eso precisamente radica la verdadera fuerza de la buena literatura, en su capacidad de incomodar, de iluminar, de transformar.
Un libro prohibido es una confesión explícita del miedo a lo distinto, a lo desconocido. Miedo a que alguien lea y piense por sí mismo. Quizás solo por esto, los libros prohibidos son los que más necesitamos leer. Porque nos invitan a mirar más allá de lo evidente, a cuestionar, a sentir, a imaginar otros mundos posibles. Nos enseñan que la literatura es más que entretenimiento. Es resistencia, testimonio y provocación.
Al final de cuentas, y pensándolo mejor, no dejan de tener razón quienes tildan de “peligrosa” a la literatura. Por mi parte, termino con estas célebres palabras de Quino, cuando en boca de Mafalda dijo: -Vivir sin leer es peligroso, porque te obligan a creer en lo que digan-.

