El 21 de febrero de 2026, el mundo de la música se detuvo. Se apagó la vida de una de las estrellas más grandes y disruptivas del género salsa: Willie Colón.
A sus 75 años, el “Malo del Bronx” colgó su trombón, dejando un vacío que se siente con especial fuerza en el istmo. Willie no era panameño de nacimiento, pero su ADN musical fue bautizado en nuestras tierras. Como bien dicen en el barrio: uno no es de donde nace sino de donde lo quieren, y a Willie, Panamá lo adoptó como a un hijo predilecto.
Con mucha emoción, hoy más que nunca recordamos su “memorable opening” durante la celebración de los Premios Juventud 2025, celebrados por primera vez en suelo panameño. Aquella noche, el escenario vibró con una energía que ahora, con el diario del lunes, entendemos como una despedida de gala. Verlo allí, con la majestuosidad de quien sabe que ha cumplido su misión, fue un regalo. Sin saberlo, estábamos presenciando el último gran acto de un artista que Panamá hizo suyo en cada fiesta patronal, en cada cantina de pueblo, en las ferias y, por supuesto, en cada Navidad donde sus asaltos navideños son ley.
En aquel momento, en una entrevista que hoy cobra valor de testamento histórico, Colón declaró a TVN Noticias: “Panamá para mí siempre ha sido un sitio especial, pues fue el lugar que me dio a mí y a Héctor Lavoe la primera oportunidad”. Esa frase encierra una humildad gigante. Willie nunca olvidó que, antes de los estadios llenos y los Grammys, fue el público panameño el que entendió primero ese sonido crudo y rebelde que él y “El Cantante” traían desde las calles de Nueva York.
Willie Colón logró algo que pocos extranjeros consiguen: moldear nuestra propia cultura. Generaciones de panameños aprendieron a emular su estética de barrio, esa pose de “malo” que no era más que el escudo de un rebelde con causa. Pero sobre todo, nos contagió con su alegría. La Murga de Panamá, de su autoría junto a Héctor Lavoe, dejó de ser una canción para convertirse en un himno de amor. La historia detrás del tema es pura magia humana: Willie contaba que en su primera visita quedó hipnotizado por el frenesí de las murgas en los carnavales de Las Tablas. Ese sonido de los metales chirriando bajo el sol tableño se le quedó grabado en el alma. Al volver a Nueva York, intentó traducir ese sentimiento al lenguaje del trombón, creando el riff inicial más famoso de la historia de la salsa. De ahora en adelante, cada vez que suene esa trompetería, el sentimiento será distinto; será más emocionante, porque todos seremos, aunque sea por tres minutos, un poquito Willie Colón.
No podemos hablar de su humanidad sin mencionar la formidable mancuerna que realizó con nuestro Rubén Blades. Juntos parieron Siembra, el álbum que no solo revolucionó la salsa, sino que le dio intelecto y conciencia social al baile. Aunque la relación entre ambos tuvo sus tormentas, como toda hermandad real, el legado de ese disco es eterno. Escuchar Siembra hoy sigue siendo un placer para los sentidos y una lección de vida.
Y si de riesgos hablamos, debemos mencionar El Gran Varón, con la conexión creativa de nuestro gran Omar Alfanno, puso a Colón nuevamente en la cima. Willie tuvo el valor de cantar una tragedia humana sobre la identidad y el olvido cuando nadie se atrevía. Fue ese riesgo, ese deseo de contar historias humanas, lo que lo mantuvo vigente por más de seis décadas.
Hoy, Willie Colón se va, pero se queda en la “ponchera” del panameño, en el brindis de la esquina y en el orgullo de un pueblo que lo vio crecer y lo despidió como a uno de los suyos. Como bien decía el propio Willie, la música latina siempre ha sido la voz del barrio. Buen viaje maestro y gracias por tanto.
El autor es profesor, abogado y periodista.


