Una tertulia

Una tertulia
Una tertulia

Tenemos todos los lunes, en el famoso Café Gijón de Madrid, una tertulia interminable que comienza con un gran plato de lentejas estofadas, sigue con un entrecot o filete empanado, postre, café, vino y copas. Y muchas conversaciones entrecortadas.

Un día es Bioy Casares quien sale resucitado entre nuestras mentiras y verdades. Otro día es Proust o Joyce, ese escritor del que Paulo Coelho dice que ha hecho mucho daño a la literatura del siglo XX. Yo digo que lo único que ha traído Joyce a nosotros los escritores, que somos fundamentalmente los lectores que más leemos en el mundo de hoy, es beneficios.

Pasa el tiempo y el tipo, y Ulises y algunas cosas más, siguen ahí, impertérritas, sin que la herrumbre de los años llegue a empequeñecerlos u olvidarlos.

En esta semana, cercano ya mi viaje nuevo a Panamá, camino del Hay Festival de Cartagena de Indias, yo mostré en la tertulia lunática que tan felices nos hace a sus participantes y contribuyentes un contumaz desarraigo por el folclore.

Por el folclore en general. Por esa música que, cada vez que sale a flote, trata de esclavizarnos, de fijarnos a nuestra tierra y a nuestras tradiciones más intocables.

En nuestros países el folclore sirve para un roto y para un descosido: para que se ponga con lágrimas la medalla al mérito humano a cualquier dictador asesino o para calmar las ansias identitarias del populacho.

En este caso, es el folclore el que obliga, con el apoyo del Estado y de la primaria llamada de la tribu, a crear un mercado interno, una masa interior que retroalimenta el mito musical de nuestros orígenes, pero que no se queda ahí: se mete dentro del alma y reclama atención a la patria, al terruño, al pedazo de lugar donde uno nace simplemente por suerte o por desgracia, el lugar con el que nos identificamos en nuestra vida o al que detestamos desde que tenemos uso de razón.

Conste, y así lo hice constar, que yo estoy de acuerdo con todo cuanto dice mi carnet de identidad español: estoy de acuerdo con el lugar en que nací, estoy de acuerdo y en paz con mis padres; estoy feliz por no haberme equivocado al elegir la ciudad de mi vida, Madrid, en la que vivo; estoy de acuerdo con esta parte de mi destino, aunque comprendo que otros muchos necesiten de la mitología del arraigo: para sentirse felices y de acuerdo con ellos mismos ni siquiera intentan ni el más mínimo vuelo.

Se dicen: si he nacido en una isla, por algo será. Así que me quedo aquí aunque con eso sepa que condeno muchas de las expectativas que el destino secreto espera de mí.

Uno de los agarres más terribles para no saltar o simplemente volar al mundo por una larga temporada, dejando atrás la cueva en la que nacimos, es el folclore: el cántico con el que los ancestros seculares, los dioses lares y todos los ángeles de la tierra y el cielo nos reclaman permanecer fieles a una identidad las más de las veces ficticia y errónea.

Un vez, el duque de Wellington, que había nacido en Dublín, fue atacado en el punto más alto de su carrera política por un adversario furioso. “Señor”, contestó el de Wellington con una soltura y flema inglesas más allá de su origen irlandés, “el hecho de que yo haya nacido en una pocilga, no le otorga a usted ningún derecho a tratarme como a un caballo”.

Era inglés e irlandés. Y era un tipo extraordinario, no un guitarrista que canta la supuesta médula del pueblo profundo y todas esas zarandajas que casi todos sabemos que son mentira. La isla de Santa Lucía, aquí al lado, en el Caribe, ha dado cuatro o cinco premios Nobel en varias especialidades.

Es una isla mínima en el mundo, pero algunos de los hombres que nacieron en ella volaron al mundo para hacer importante el lugar de su origen. No conozco el folclore de Santa Lucía, aunque anduve en un viaje de crucero recorriendo esa isla en un par de días. Pero conozco a algunos de sus premios Nobel.

Se fueron a estudiar a Londres, a Estados Unidos, al mundo. Pudieron con el mundo y llegaron a demostrar que se puede nacer en un pequeño lugar, viajar, volar y ser fiel a ese mismo lugar sin rendir la pleitesía terrible a la manía identitaria. El folclore, pues.

Claro que tiene su parte buena, la del alma que se regocija en sus propios sentimientos desde la cuna hasta la tumba. Pero también está el malo, el nefasto: aquel se se usa para exigir del pueblo, del populacho, de cualquier clase social, la superstición identitaria más allá de cualquier otro razonamiento.

Si me dan a elegir entre folias e isas (los cantares de mi tierra) o una buena pieza de jazz, les diré que hace ya muchos años que elegí. Y no me equivoqué en este asunto tampoco.

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