Panamá también aparece en los Epstein Files como una pieza más de su arquitectura financiera.
En marzo de 2011, Jeffrey Epstein intercambió correos con Peter Mandelson —entonces embajador británico en Washington y amigo personal suyo— sobre la creación de una estructura fiscal en Panamá para la compra de un departamento en Río de Janeiro, Brasil.
La idea era minimizar los impuestos en Brasil y el Reino Unido mediante una triangulación sencilla: una sociedad en Panamá prestaría fondos a una empresa brasileña controlada por él y su entonces pareja, con el objetivo de disfrazar el flujo de dinero y reducir gravámenes.
“La empresa estaría sujeta a un impuesto del 2% sobre la compra del inmueble [en lugar del 4% y el 6% de Brasil y el Reino Unido]”, escribió Mandelson.
Los documentos no permiten concluir si el esquema se concretó, pero muestran cómo Epstein exploraba jurisdicciones offshore para organizar las inversiones de sus clientes y amigos.

Por ejemplo, la Opus Futurus Foundation (Panamá) figura como propietaria de Ferbel Group of Companies SLU (España), un holding que controla sociedades en Estados Unidos, Suiza, Francia, Perú, Colombia, Bolivia y Hong Kong.
La fundación fue establecida por Juan Fernando Belmont Anderson, empresario vinculado al sector de fragancias y cosméticos en América Latina. Los formularios de Deutsche Bank describen esta red como una estructura con “múltiples capas de propiedad” y la incluyen en expedientes KYC por su complejidad y alcance internacional. La estructura aparece dentro del mismo conjunto de archivos financieros revisados en los Epstein Files.
La mención de Panamá también conecta con el universo empresarial que rodeaba a Epstein en Nueva York.
Los Panama Papers ya habían vinculado a Cantor Fitzgerald —la firma dirigida por Howard Lutnick— con sociedades offshore. Lutnick era vecino de Epstein en Manhattan y su empresa aparece citada en declaraciones recogidas por el FBI como parte de circuitos financieros opacos.
En los archivos bancarios, varias de estas relaciones quedan marcadas como “high risk” por los propios sistemas de control interno: clientes con fundaciones en Panamá, holdings en Europa y cuentas en Estados Unidos, bajo revisión reforzada tras la condena penal de Epstein en 2008.
La imagen que emerge no es la de una sola sociedad, sino la de un entramado de fundaciones, préstamos y empresas que cruzaban fronteras legales —Panamá incluida— y que los bancos documentaron, pero no desarmaron.


