Tal vez soñar

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Por fin (y, como casi siempre, en unos sofisticados laboratorios norteamericanos) han descubierto por qué los más viejos necesitamos dormir menos y, casi siempre también, tenemos menos sueño.

Sucede que hay unas neuronas del sueño que van muriendo y esa es la razón por la que nos exigimos de muy mayores dormir menos que cuando somos más jóvenes.

Me he quedado muy tranquilo tras leer algunas noticias sobre el descubrimiento, porque hay excepciones a esa conducta neuronal. En mi caso personal, duermo ahora, con los años y los kilos encima, mucho más que antes.

Cuando joven las horas de sueño obligatorias se las quitaba a la noche para conocerla a fondo en los covachones más oscuros y espectaculares. De mayor, todo eso es un recuerdo cuando surge en la cabeza: un modo de rejuvenecer y correr, con la memoria y la imaginación, todo aquello que ya vivimos o hemos creído vivir.

Claro que la añoranza trae casi siempre a cuestas una melancolía que no siempre es buena, aunque es mucho peor no recordar quién es uno, o por qué hemos ido dándole órdenes contradictorias al cerebro durante años hasta llegar a confundirlo, o por qué no hemos querido hacernos cargo de nuestras propias experiencias y hemos decidido olvidarlas en el desván de los silencios.

Dormir, pensar, tal vez soñar. Esa es la cuestión del tiempo en los mayores. Gente que dormía ocho horas, con los años duerme cinco.

Mi caso es distinto: yo duermo 10 y, cuando quiero, 12 horas. Los sábados son siempre días de fiesta: duermo la noche anterior, me levanto a desayunar a las 8:00 de la mañana, me tiendo a leer los periódicos, me entra un sopor que es un regalo de la vida y me voy quedando dormido. Esa situación de placer puede durar hasta las 4:00 de la tarde, hora en la que el hambre me despierta definitivamente y le brindo un canto a la vida con un par de huevos fritos a la cubana.

Me han contado que Severo Ocho, el premio Nobel español, se tomaba tres pastillas de laboratorio al día: un derivado del prozac para despertarse, un hipnótico bastante fuerte para dormir ocho o nueve horas en la noche, y al mediodía y después de comer se tomaba una pastilla que era un preparado hecho por sus amigos para que las grasas no le hicieran daño alguno a su estilizada figura. Y a los 70 años, según es leyenda pública aunque su familia lo niega todo, fue amante secreto de Sarita Montiel. La gloria.

Yo me tomo por la mañana un prozac, que me despierta contento a mis casi 70 años, aunque hace más de 30 que mi única amante ha sido mi mujer, Saso Blanco, el resto de lo que cuentan por ahí son relatos de muñecas frágiles sentimentalmente que se inventan en un momento determinado para adjudicarse una pieza de caza que no les corresponde en la realidad.

Por la noche me tomo una pastilla ideal para dormir, también un hipnótico, que tumba a un caballo, pero que a mí me hace soñar como si fuera un muchacho que fumara opio en un recóndito lugar prohibido de China.

La otra noche soñé que era teniente general de la Revolución Francesa y que tomaba Amberes para la causa revolucionaria. Las cosas en el sueño pasaban como en la historia real, y poco después de ser un héroe de uniforme blanco y azul con gran autoridad, pasé a ser condenado a muerte por traición a la revolución.

“Patria, palabra triste, como termómetro o ascensor”, escribió Pablo Neruda. “Revolución, ¡cuántos sueños hemos vivido en tu nombre!”.

Al final del sueño, ya casi amaneciendo, entre las ruinas brumosas de la guerra, me di cuenta de que yo era un resistente que había sobrevivido a mil batallas, algunas de las, como muchos de mis amoríos, eran un invento de los demás. Y de algunas que quisieron sal y vestirse para una fiesta que no era la de ellas. Como decía Carlos Fuentes en su juventud, cuando le preguntaron cómo sentía el premio literario que hacía unos minutos había ganado, “¡lo siento mucho!”.

Yo también lo siento mucho todo, gracias a la memoria, el único músculo que me queda enhiesto como el palo de una bandera. Antes perder el sexo que la memoria, mis amigos. Lo primero es bueno hasta que se acaba, lo segundo es bueno siempre que no se acabe.

De modo que, sí, vivir, dormir, pensar, tal vez soñar es parte de la vida y no es perder el tiempo echar la vista atrás en la memoria y recordar todo, lo bueno y lo malo de los tiempos. Un prozac, más latín, un hipnótico, pues para dormir, en fin, tal vez soñar.

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