¿Qué es eso?... Esta suele ser una pregunta frecuente, y a mi juicio muy honesta y sincera, por parte de todo admirador del arte, que le toca enfrentarse a una propuesta de arte moderno, y me refiero específicamente a los trabajos artísticos que encajan sobre todo, en aquellas tendencias emergentes denominadas ready mades, instalaciones, performances, happenings, etc., muy propias del mundo de hoy, afectado entre otras cosas, por el sensacionalismo, el oropel de las alfombras rojas, los reflectores de las cámaras, la inmediatez de la información, o el facilismo generado por la inteligencia artificial (IA), además de la creciente pérdida de identidad cultural producto de la globalización de la frivolidad y el marketing.
Este tipo de propuestas, aunque por supuesto hay excepciones, por lo general, están más ligadas a lo extravagante que a lo artístico.
Pese a ello, resultan muchas veces, sobrevaloradas de manera entusiasta, por parte de millonarios coleccionistas excéntricos, en comunión con los autodenominados expertos en marketing, quienes han contribuido, cada uno por su cuenta, a elevar estas controvertidas manifestaciones artísticas, a la categoría de “obras maestras”, a la par incluso, de emblemáticas y ya reconocidas obras de la talla de un Monet, Van Gogh o Picasso, por citar algunos ejemplos.
Probablemente toda esta distorsión del arte moderno empezó cuando en 1917, el francés, seguidor del Dadaísmo, Marcel Duchamp, organizó en Nueva York, una exposición independiente que, en efecto, cambiaría el rumbo del arte a nivel mundial. En aquella ocasión, Duchamp presentó un “orinal” posiblemente extraído de algún baño público en desuso, y lo tituló “La fuente”. Con ello, Duchamp se adelantó al arte conceptual de su tiempo, al elevar la presentación de un objeto cotidiano, separado de su entorno habitual, a la categoría de arte. Logró convertir su broma en prácticamente un dogma que hoy siguen muchos defensores y propulsores de los ready mades, que es como se denomina, a esta tendencia en el arte moderno actual.
La famosa y cuestionada “obra de arte” de Duchamp, constituyó por sí misma, una especie de advertencia; un grito de rebeldía y una sonrisa burlona contra el status del arte convencional impuesto por los galeristas y comerciantes de arte de todo el mundo. Al parecer, logró salirse con la suya. Es posible que, a partir de ese momento, la apreciación estética del arte se dividiera en dos corrientes: el arte retiniano (para ver y captar con la vista) y el arte conceptual (para ver y captar con la mente).
Guardadas las proporciones, podría decirse que Duchamp, sentó prácticamente las bases de una revolución estética, de manera similar, a como en su momento lo hicieron los Impresionistas y poco más tarde el Cubismo de Picasso, con relación a los esquemas mentales de valoración del Realismo respecto del arte clásico antiguo. Con este nuevo enfoque, los artistas se sintieron en total libertad para empezar a romper las reglas a diestra y siniestra.
A partir de entonces, ya sea por ingenio, deseo de llamar la atención, o incluso, por falta de talento, el esnobismo de esta corriente artística, se ha establecido en el mercado del arte mundial, hasta nuestros días. Así tenemos que, en 1961, el italiano Piero Manzoni presentó en una galería de Nueva York, una obra conceptual titulada Merda d’artista, la cual consistió en 90 latas de metal selladas, cada una con 30 gramos de heces del artista, las cuales se vendieron originalmente al peso, según la cotización del oro, hasta agotar existencia.
Por su parte, en 1962, el artista estadounidense Andy Warhol presentó en Nueva York una obra actualmente valorada en varios millones de dólares, cuyo título original en inglés es Campbell’s Soup Cans, también conocida como 32 latas de sopa Campbell, la cual se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).

Más recientemente, en el 2019, el italiano Mauricio Cattelan logró despertar una vez más la controversia sobre el tema, al ser subastado en Sotheby’s por la suma de 6.2 millones de dólares, una escultura titulada Comediante, la cual consiste en un plátano o banano pegado a la pared con cinta adhesiva. En la actualidad, dicha obra se exhibe en el Centro Pompidou-Metz en Francia. Por cierto, el banano debe ser reemplazado de manera regular, cuando se pudre.
Para los fervientes defensores de este denominado arte conceptual y vanguardista del siglo XXI, la creatividad, la técnica, el talento y el arte expresado con las manos de los artistas tradicionales, resulta anacrónico y decadente. Pese a esta desafortunada realidad, que nos plantea el tener que enfrentarnos a los aberrantes paradigmas del arte moderno, considero que se hace necesario, realizar mayores esfuerzos para que el arte como tal, no siga siendo despojado, del valor espiritual y trascendente, de reflexión y cuestionamiento que, desde los inicios de la humanidad ha tenido, y termine finalmente convertido en un frívolo e intrascendente símbolo del status social y económico, de las alienadas sociedades plásticas de nuestros tiempos, o peor aún en una simple burla o mofa de la propia humanidad.
En síntesis, considero que el buen arte, cualquiera que sea su manifestación, en cualquier tiempo o lugar, debe ser siempre capaz de elevarnos, inspirarnos, cuestionarnos, pero sobre todo debe ser sincero y honesto. De allí que cuando algún artista, por más renombre que haya logrado publicitar, solo aspira a llamar la atención, o peor aún, escandalizarnos con su obra; de nada sirve la jerga envolvente y enredadora, que se intente utilizar a su favor, para tratar de encandilarnos y hacernos parecer ignorantes ante el supuesto modernismo que se nos ofrece. En estos casos y por más que se diga lo contrario, el valor artístico no existe.
Simple y sencillamente, el arte es un asunto de sensibilidad y percepción, tanto del artista, como del observador, y poco o nada tiene que ver, con el mérito estético asignado por la erudita opinión de un experto, por la moda, o por el empalagoso almíbar del marketing. En ese sentido, debemos estar claros y sin complejos de culpa, todos los que valoramos el arte por su intrínseca e insustituible capacidad de transmitir emociones, ayer, hoy y siempre.
No obstante, al igual que en la literatura y demás campos del quehacer humano, en el arte, siempre debe existir la renovación y la innovación. Por ello, también debemos estar claros, que se constituye en una majadería, el creer o sostener, que un tipo de arte por ser antiguo o figurativo, es mejor que el arte moderno, o viceversa. Lo verdaderamente cierto es que el arte, como todo en la vida, es bueno si es bueno, y es malo si es malo, y punto.
El autor es escritor y pintor.

