Caín naturalizado

La codicia, el egoísmo, la mezquindad, la ira y la hostilidad se travisten de Caín. Están en el alma de mucho mafioso con ropa de oveja con cara-de-yo-no-fui.

Nuestro país ha sido repoblado. 4 millones 300 almas y cuerpos. Más los foráneos: somos destino de residentes, refugiados e indocumentados. Mira hacia el frente, hasta donde se pierde el horizonte, y allí lo encontrarás. A Caín lo tienes colgado en la espalda: pásate la mano por el coco.

Caín anda suelto, y se ha visto también a Herodes, Nerón, Judas...

Está en Panamá y todas partes.

País de inequidades, mitad Nederlandia (Holanda) y mitad Haití, terreno fértil para las hazañas caineñas. Desigualdad campea.

No desaprovecha su ocasión. Se le demanda que cuide estas ovejas que surcaron la senda alterna y que no les escatime afecto; se transmuta, sin embargo, en bestia dispuesta a descender al infierno, sin palacios, con cuerpos humeantes y encontrarse con Lucifer. La divina comedia.

Dios alabó al pastor de ovejas Abel, garantiza La Biblia, y al labrador Caín se le descompuso el rostro. El pecado estaba acechando como hiena.

La vida es el arte del encuentro y, ante él, existen las opciones del amor, el odio o la indiferencia. Caín adquiere la número dos y actúa. Es fácil reconocerlo: su ambición lo lleva a aupar el infierno de Tocumen: “Muéranse”. Pincharon a los difuntos. Pinche con el trinche, para que rime.

Estuvo presente en la adquisición del autobús de la tragedia de La Cresta –fue agente público y también privado– y en la resistencia a que el vehículo se mantuviese rodando.

Caín –y Caína, por aquello del género– muestra su rostro en la paradisiaca Bocas del Toro en pleno oba-oba del Campeonato Mundial de Fútbol 2010. Si son indios y además borrachos, para Caín son mejor carne de cañón y perdigón en el ojo. En su orgía, a machetazo destaza el brazo de su amor, Martina. Cuerpo e ilusiones rotas.

Se apertrecha de su camión, autobús o 4x4 y se enseñorea contra aquello que se mueva en la calle. Sale la bestia a pasear. En su morada de Houston, a Adán Ríos, médico emérito, arredra este violento comportamiento.

Es el odio al hermano, en todo su esplendor. Lo expresa la violencia, el rencor, la culpa, dolores antiguos y hasta ajenos. El carácter animal, latente y el reprimido aflora. Se cuadricula el territorio y salta la bestia.

El psicólogo Charles Baudouin, francés, acuñó la frase síndrome de Caín, representación del odio al hermano, como define el odio al padre el Complejo de Edipo, el mito prototípico de la tragedia griega.

Si la codicia y la estructura mental sadomasoquista siguen dominando, como ocurre con pueblos enteros que humillan a otros, los condenan, los desalojan, los exterminan, entonces estamos perdidos.

La educación, el entrenamiento y la tecnología de nada servirán si no desalojamos al Caín que se ha instalado en el país. Piensen en el infierno que construyó en Tocumen y en sus víctimas.

El autor es periodista y filólogo


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