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Cómo se divertía la gente en el Panamá Barroco: Teatro, juegos, fiestas y espectáculo

El Concilio de Trento y la Contrarreforma sentaron las bases ideológicas del Barroco en España y el Nuevo Mundo. Desde la segunda mitad del siglo XVI, hasta el siglo XVIII, la religiosidad dominaba la vida diaria y la Iglesia lo invadía todo: la literatura, las artes plásticas, la música, y por supuesto las diversiones públicas.

Cómo se divertía la gente en el Panamá Barroco: Teatro, juegos, fiestas y espectáculo
Isometría de la Plaza Mayor de Nicolás Rodríguez 1748

Festividades religiosas

Empecemos por un ejemplo significativo que tuvo lugar en Panamá. Todavía en el siglo XVII Roma no había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción, aunque ya en España y América estaba muy extendida esta devoción mariana. Sin embargo, no faltaban los católicos que se rehusaban a aceptarla. El cronista de La Compañía de Jesús, padre Pedro de Mercado, recoge un episodio ocurrido en Panamá el año 1610, cuando se preparaban grandes celebraciones en honor a la “sin pecado”. Su relato es interesante porque revela el carácter de los festejos y sugiere que cada vez que encontraban una oportunidad, los vecinos desenfrenaban su estro lírico. Para la ocasión, un improvisado poeta local había escrito unas coplas dedicadas a la Inmaculada. Sin embargo, un vecino que no le era devoto, se la arrebató mientras la leía e “hizo pedazos el papel en que estaba escrita la poesía”.

Para desagraviar a la Virgen se organizó una procesión solemne que recorrió las calles de la ciudad hasta llegar al convento de La Merced. Asistieron la Audiencia, los Cabildos secular y eclesiástico, muchos vecinos, y los soldados del presidio, que marchaban disparando a ratos sus mosquetes “como dando a entender que a tiros defenderían la opinión pía”. Se lanzaron además fuegos artificiales. La procesión iba acompañada de músicos “que iban cantando piadosas letras que en defensa de la Concepción” habían compuesto versificadores locales. Al finalizar estos festejos, “la ciudad hizo voto de celebrar con fiesta particular cada año lo inmaculado de su Concepción Santísima”.

Pero las fiestas continuaron los días siguientes. En varias ocasiones se leyeron oraciones “en verso español muy elegante en que se declamaron los elogios de la Concepción Inmaculada”, y “oraciones en verso tan elegantes como agudas”. En la iglesia de la Compañía de Jesús se representó “un coloquio de San Marco y Marcelino [...] tan devoto como bien compuesto”. Acudió toda la ciudad, la Audiencia y las órdenes religiosas, “y salieron después de haberlo oído no menos gustosos que edificados”. Se trataba de manifestaciones literarias no desdeñables.

En las interminables celebraciones se repicaban campanas, tocaba música de chirimías, y no faltaban los fuegos artificiales, con cohetes disparados en forma de círculos, destacándose en la torre de la catedral “un árbol de fuego que encendido dio mucho gusto a los ojos que vieron los artificios del árbol y a los oídos que escucharon los estallidos y truenos”. La misma noche 50 congregantes salieron en una “vistosa máscara con libreas muy preciosas”, y “por último sacaron [...] en un vistoso carro triunfal sobre un muy alto y hermoso trono una imagen de la Concepción de la Virgen a quien acompañaban los más insignes de los doctores, reyes y personajes graves que apoyaron la opinión pía de su Concepción sin pecado original en el primer instante de su ser natural”. Cada personaje iba colocado en sus gradas según su jerarquía, ricamente vestidos, con sus correspondientes divisas, “y cada uno llevaba en sus manos el dicho o sentencia con que más claramente dio a entender la no mancillada Concepción de la Reina María Madre de Jesús”.

La descripción anterior ilustra a la perfección la atmósfera de la época. Las celebraciones no podían ser más típicas. Y aunque el motivo era de origen religioso, no difería mucho de cualesquiera otros de tema profano. También evidencia el espacio que ocupaban las manifestaciones líricas en estas actividades, ya sea en la forma de coplas poéticas, extensas oraciones en prosa o en representaciones teatrales. Aunque escasean evidencias de la producción literaria de la época, el texto del padre Mercado evidencia que el estro poético debía estar muy extendido, esperando a la primera oportunidad para expresarse.

En la fiesta del Corpus solían representarse Autos Sacramentales, que consistían en breves dramas alegóricos de tema religioso que el gran dramaturgo Pedro Calderón de la Barca popularizó a partir del primer tercio del siglo XVII y que tan bien cuadraban a la época. Eran dramas edificantes que contribuían a afianzar la fe y resultaron ser un instrumento muy efectivo para divulgar el significado de los sacramentos y dar a conocer las Escrituras.

Teatro y mascaradas

Pero el pueblo, como en todas partes, prefería disfrutar de representaciones teatrales más frívolas, o en todo caso menos moralizantes y reflexivas, cuyo contenido podía ser de divertida crítica social o de simple entretenimiento. De hecho, cada vez que se encontraban pretextos para celebraciones y festejos colectivos (como la preñez de la reina, el nacimiento de un príncipe, la entronización de un nuevo monarca, la fiesta de la Concepción, un sonado triunfo militar o el arribo de la flota a Portobelo), se echaba mano a una obra teatral. Porque el teatro y las comedias eran la gran fuente de diversión de la época. Así sucedió con las comedias que patrocinó el presidente Juan de Vega Bazán en 1645, primero en agosto, para celebrar la llegada de la flota a Portobelo y luego en diciembre, para la fiesta de la Purísima Concepción. Las representaciones que se hicieron en agosto habían causado un gran disgusto al obispo Fernando Ramírez, aunque no había podido hacer nada para impedirlas, pero cuando se le reveló el contenido de las nuevas comedias reaccionó furioso:

“Por cuanto ha llegado a mí noticia que se van a hacer algunas máscaras y representaciones muy indecentes y deshonestas, descompuestas y escandalosas, opuestas a la modestia, buen ejemplo y religión cristiana que deben observar los fieles católicos y en desestimación del estado eclesiástico”.

Siguiendo la costumbre local, estas comedias serían representadas en algún convento o iglesia de la ciudad. Así se había hecho desde la Edad Media (aunque para temas de intención religiosa) y no había otro sitio mejor bajo techo donde pudieran montarse los escenarios, por lo que se convirtieron en los lugares preferidos en todas las colonias. Estas obras eran ya conocidas en España, donde habían sido impresas, y llegaron a Panamá con las correspondientes licencias y censuras eclesiásticas. Su representación había estado organizada por la infantería del presidio de Panamá, cuyos soldados eran miembros de la cofradía de Nuestra Señora de la Concepción del convento de San Francisco. Ni el comendador del convento y comisario del Santo Oficio ni el presidente de la Audiencia, a cuyo cargo estaba la censura, encontraron nada grave que impidiera su representación.

Sin embargo, el obispo Ramírez, hombre irascible e intolerante, amenazó con excomulgar a todos los que tuvieran que ver con la representación, desde el presidente hasta los actores y, por supuesto, a los eclesiásticos del convento donde se haría el montaje.

Obviamente las obras en cuestión contenían escenas donde se hacía irrisión del clero. Los actores vestirían los hábitos sacerdotales y remedarían sus actos, seguramente parodiándolos, y como era de esperarse, resultaba intolerable para el obispo Ramírez, por lo que este las prohibió de manera fulminante mediante un edicto de censura so pena de excomunión mayor.

Presidente y obispo forcejearon, pero la amenaza de excomunión era demasiado intimidante, y finalmente no se celebraron las funciones. La inquina que se tenían presidente y obispo llevaba meses y, que se sepa, databa de antes del gran incendio de la ciudad en 1644, ocasión en la que Ramírez pronunció un sermón donde comparaba al presidente con Herodes y a sus dos oidores de confianza con los “dos malos sacerdotes del Sanedrín”. Siendo así, cualquier acción del presidente que rozara asuntos de moralidad pública no dejaría de objetarla. Esta vez la censura le tocó al teatro y fue tajante.

Pocos años más tarde la Corona prohibiría las representaciones de comedias en los conventos e iglesias de las colonias, pero esto no impidió que las funciones se siguieran haciendo, aunque en otras partes de las ciudades. Desde entonces los escenarios se montaban sobre tarimas de madera improvisadas que se construían en la plaza mayor, o donde se pudiera. Los actores eran simples aficionados y solían ser hombres, aunque tuviesen que representar papeles de mujer. Lo mismo se hacía en la Inglaterra de Shakespeare y otras partes. Las comedias se representaban en sesiones distintas para ambos sexos.

En la España Barroca, es decir, en el Panamá Barroco, no se concebía ninguna fiesta, fuese civil o religiosa, sin diversas representaciones teatrales, ya que el teatro fue la gran pasión del siglo. Era la diversión por excelencia, disputada solo por las corridas de toros, y Panamá no era una excepción.

Cómo se divertía la gente en el Panamá Barroco: Teatro, juegos, fiestas y espectáculo
Atribuido Juan Ravenet

Juegos y diversiones populares

Las corridas de toros y el “juego de cañas” (remembranza de las justas y torneos medievales en los que en su tiempo fue famoso Pedrarias) eran otras de las grandes diversiones populares y de la élite. Se celebraban con ocasión de las festividades religiosas y civiles. Y entre los juegos de mesa, los dados, los naipes y al parecer, el ajedrez, este último entre las élites. Dados y cubiletes han sido encontrados en Panamá la Vieja, Portobelo y Nombre de Dios y hay abundantes referencias documentales al juego de naipes. Dados y naipes son reiterada e inútilmente prohibidos por las autoridades, lo que evidencia su popularidad. Y a Panamá llegó en 1572 el más famoso ajedrecista europeo, sacerdote Ruy López de Segura, quien había sido confesor y consejero de Felipe II, al que enseñó destrezas en el juego. El célebre creador de la “apertura española” y difusor de la “captura al paso”, trajo consigo para la venta un libro suyo sobre ajedrez, que se traduciría en varios idiomas y circularía ampliamente por el virreinato. Qué duda cabe que en los dos o más meses que estuvo en Panamá, y aprovechándose de su gran fama, vendería su obra y promocionaría el juego entre las élites.

Espectáculos civiles

Las festividades mejor documentadas y espectaculares eran las dedicadas a celebrar la entronización de los monarcas. Se conocen con detalles las que se dedicaron a Fernando VI, que se extendieron de septiembre de 1747 a marzo de 1748, de Carlos III en 1761, y de Carlos IV en 1790. En todas ellas se celebraban corridas de toros, reinados y procesiones. Se construían efímeros pero costosos arcos triunfales, carros alegóricos, doseles carmesí y bordados de oro, pendones y banderas para engalanar la plaza mayor (hoy la plaza catedral). Los retratos del rey y la reina eran paseados en carros triunfales cubiertos de plata maciza, con dosel y sitial también de plata y a los pies figuras de las virtudes cardinales. Además, se representaban numerosas comedias. En 1748 se representaron hasta ocho de Calderón de la Barca, que estuvieron a cargo de los distintos gremios, como el de comerciantes, el de los sastres, o de los milicianos de color.

Como era costumbre, el papel de las mujeres lo representaban varones de estos gremios. En 1790, la celebración del nuevo monarca duró 22 días. La capital fue invadida por gente de todo el país y además de las representaciones teatrales, se celebraron tres corridas de toros con caperos, banderilleros y picadores vestidos de “majos”, y se mataron 42 toros. También en la plaza de Santa Ana se celebraron corridas. Todas las calles, balcones y fachadas de Panamá se adornaban con espejería y colgaduras de seda. Las principales autoridades y los vecinos más ricos competían para decorar sus casas con mayor ostentación, y en las procesiones regaban plata a los pobres. En el Cabildo se pintaron y doraron al óleo las armas reales y de la ciudad grabadas sobre lápidas de piedra. Un maestro quiteño pintó los retratos del rey y la reina. Desde el balcón de su galería alta se hizo la proclamación del nuevo rey exclamándose en voz alta: “Silencio, Oid, Atended, Escuchad” y luego el alférez real, colocado al lado de los retratos reales, proclamó “Castilla, Castilla, Castilla, las Indias y Panamá por el rey que dios guarde muchos años”.

En el Cabildo se celebraron bailes durante tres días hasta las dos de la madrugada. Dos orquestas amenizaron las festividades. En la catedral se celebró un Te Deum, luego de lo cual la tropa hizo tronar cañonazos y disparó la fusilería desde las falúas guardacostas ancladas en la bahía. Así era el espectáculo barroco.

La última gran celebración del período colonial fue para jurar la recién proclamada Constitución Política de la Monarquía Española. En agosto de 1812, llegaron de Cádiz 200 ejemplares de la Constitución. Casi de inmediato se leyó el texto constitucional en la plaza mayor para que todos le juraran fidelidad. El acto se realizó ante una masa alborozada, ya que prometía libertades insospechadas para el pueblo. Se cantó un Te Deum, repicaron campanas, iluminaron las calles, casas y plazas, dispararon salvas de artillería y se ejecutó música militar. Se rebautizó la plaza como Plaza de la Constitución, donde se colocó una lápida con su nombre. El acto se replicó con el mismo clamor popular en Santa Ana y pueblos del Interior donde había Cabildo constituido.

Espectáculos de muerte

Y no olvidemos ese otro espectáculo que se escenificaba en la plaza mayor cuando se ajusticiaba en la picota, colocada en medio de la plaza, a delincuentes, piratas o tropas enemigas con la horca, los azotes o la decapitación. O se le fusilaba ante un público enardecido, como sucedió en 1713 con la tropa y marinería del barco de guerra inglés Príncipe Eugenio de Saboya, capturados en la Isla del Rey en plena guerra de Sucesión Española. O cuando fueron descuartizados por caballos los zambos milicianos que se alzaron en David en 1725 y luego se le cortó la cabeza a la vista del público. Nadie se perdía ese espectáculo de muerte.


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