Crisis dinástica en España y Tratado de Utrecht.
En 1713 las principales potencias europeas firman en la pintoresca ciudad holandesa de Utrecht el Tratado de ese nombre, que cambiaría de raíz el balance de poder en Europa.
España deja de ser una potencia de primer orden, Francia decae, e Inglaterra se convierte en la primera potencia comercial y marítima de Occidente. Gracias al Tratado, Gran Bretaña extiende sus ávidas garras hacia Panamá y sus célebres ferias, con el ojo puesto en la plata del Alto Perú.
Todo esto por la muerte de Carlos II, el rey español de la Casa de Austria. Fruto de los malsanos cruces endogámicos de su familia (él mismo era hijo de un tío y su sobrina), apenas podía sostenerse en pie y aunque se casó dos veces con mujeres fecundas (sobre todo la segunda, cuya madre llegó a tener hasta 24 hijos y por eso se la escogió), era totalmente incapaz de dejar heredero al trono. Cuando muere, en 1700, había cumplido 39 años, pero parecía un anciano calvo y decrépito de 80. Su condición física y mental era ampliamente conocida en Europa y desde antes de su muerte se habían barajado posibles sucesores de dos ramas dinásticas, una en la Francia Borbónica, reinada por el Rey Sol, Luis XIV, y otra en el Sacro Imperio Romano Germánico, donde era emperador Leopoldo I. Luis y Leopoldo alegaban derechos dinásticos por estar ambos casados con infantas españolas hijas de Felipe IV, el padre de Carlos II, y pretendían transferir sus derechos a miembros más jóvenes de su familia.
Luis XIV lo haría a favor de su nieto Felipe de Anjou (el futuro Felipe V Borbón), y Leopoldo en su hijo menor el archiduque Carlos de Habsburgo. La situación cobra un giro inesperado al conocerse el testamento de Carlos II, que dejaba como heredero de todos sus dominios a Felipe. La reacción de los que apoyaban al Habsburgo no se hizo esperar y se declara la guerra, conocida en la Historia como Guerra de sucesión española, que se inicia en 1701 y concluye en 1713, cuando se firma la Paz de Utrecht. De un lado se encontraban Francia y España, del otro la poderosa alianza del Sacro Imperio Romano Germánico, los Países Bajos, Portugal y Gran Bretaña.
A cambio de que se reconociera al nuevo rey Borbón, España hizo devastadoras concesiones. Renunció a todas sus posesiones europeas, desde Italia hasta los Países Bajos, y en su propio territorio peninsular, tuvo que ceder Menorca y Gibraltar a Gran Bretaña (que esta aún conserva). Y no menos grave: en sus posesiones ultramarinas le abrió dos vastos portillos al comercio británico, abandonando su tradicional e inflexible política que prohibía comerciar en el Nuevo Mundo a todo el que no fuera español o americano. Por un lado, cedió a Gran Bretaña el monopolio de la trata esclavista en Buenos Aires, y por otro, que participara en las ferias de Portobelo con un “navío de permiso” de 500 toneladas. Fue como meter un zorro en el gallinero.
Crisis de las ferias y del comercio internacional
Como parte de la política comercial de España en el Nuevo Mundo (y pensando sobre todo en el riesgo de fuga de la plata), se estableció a mediados del siglo XVI el sistema de ferias y galeones, que abastecerían las colonias de productos europeos y españoles y de retorno llevarían productos americanos y sobre todo metales preciosos, plata más que nada. Cada año, salían de Sevilla convoyes de galeones una vez se tenían noticias de que la cosecha de plata estaría lista para ser recogida en los puertos donde se celebrarían las ferias. Un convoy izaba velas rumbo a Veracruz, en México, y el otro a Nombre de Dios (hasta 1597 cuando este puerto se cerró) y luego a Portobelo, que sería el nuevo destino de las ferias.
El éxito de las ferias fue extraordinario hasta fines del siglo XVI, aunque su fama se extendió hasta la década de 1630. Luego empezó el derrumbe, cuando hace crisis el comercio internacional tras la repentina y acelerada caída de la producción de plata en América y Japón, los grandes proveedores del metal en China, el mayor consumidor del mundo, tema que trataré en un artículo posterior. Las ferias empezaron a espaciarse cada vez más, primero pocos años, luego por quinquenios y más tarde hubo un período de once años sin una sola feria. Simplemente el sistema ya no funcionaba.
Creación del situado y la trata esclavista en Panamá
Para un país como Panamá, tan dependiente del abastecimiento exterior, y ya malacostumbrado desde varias generaciones a que todo le llegara de afuera, la situación fue crítica: hubo hambrunas, graves epidemias y desesperación. Para salvar la crisis, en la década de 1660 el gobierno de Madrid creó el situado, un sustancioso subsidio en metálico que le debía enviar Lima para cubrir gastos militares y administrativos, y Panamá fue convertido en centro de distribución de esclavos africanos, con Casa propia en Panamá la Vieja. La plata del situado, que pronto circuló por todos lados, junto a la trata esclavista, salvan la economía ya que abunda el circulante, lo que atrae a proveedores de mercancías durante los amplios espacios temporales sin ferias. Desde entonces Panamá se convierte en uno de los centros de contrabando más activo del mundo americano y la llegada clandestina de barcos holandeses e ingleses a sus costas caribeñas se hace más frecuente, al punto de que se abrió una ruta clandestina que cruzaba el Istmo desde el río Coclé del Norte, en el Caribe, hasta Natá. Se mantuvo activa durante décadas y todavía era usada en vísperas de la independencia.
Contrabando rampante
Cuando asomaban los barcos contrabandistas se corría la voz, y ricos y pobres, o quienquiera que tenía con qué, iba a su encuentro para comprar lo que vendieran, sobre todo telas. Podía pagarse con moneda o con barras y barretones de plata. Pero cuando escaseaba la plata, consta de familias ricas que convertían sus vajillas de plata en roelas en forma de platos redondos para usarlas como moneda, cuyo valor era estimado por su peso en marcos de plata. Y si la pureza de la plata entregada era inferior a la especificada, o contenía una aleación sospechosa con un metal inferior, a quien la llevaba se le colgaba del cuello en un mástil para que no se repitiera. Eran prácticas clandestinas que todos conocían, muchos practicaban y a nadie escandalizaban, ya que no había otra forma de conseguir incluso cosas necesarias para la vida diaria, como ropa. El contrabando llegó a convertirse en una necesidad cotidiana, en una forma más de supervivencia, y en algo tan habitual que era parte esencial de la economía.
El Royal George y el tonel de las Danaides

Para Gran Bretaña el Tratado de Utrecht representaba la posibilidad de hacer el contrabando a la luz del día y a lo grande. Y así fue, sobre todo si podía contar con la complicidad de un alto funcionario codicioso y sin escrúpulos, que no tardaría en encontrar.
El “navío de permiso”, cuyo nombre era Royal George, llegaba a Portobelo para la feria, descargaba y vendía sus 500 toneladas de mercancías, se retiraba a pocas millas del puerto y a la sombra de la noche, otros barcos volvían a llenarle sus bodegas con nuevas mercancías, que al día siguiente vendía en Portobelo como si fueran de su carga original.
Para las escandalizadas autoridades responsables aquello era un verdadero “Tonel de las Danaides” que como en la mitología griega, las hijas del rey Dánao jamás podían llenar.
Hubo protestas, amenazas, pero la situación nunca alcanzó los extremos a que llegó la administración de Manuel Alderete y Franco, natural de Toro, provincia de Zamora, brigadier de los Reales Ejércitos, caballero de la Orden de Santiago y flamante gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia de Panamá.
Abusos y caída del gobernador Manuel de Alderete y Franco
Haciéndose la vista gorda, y más que eso, propiciando abiertamente este descarado contrabando, Alderete permitió a los ingleses que hicieran su agosto, y se hinchó del dinero que gracias a su complicidad los británicos le entregaron. Para facilitar y vigilar mejor el negocio dejó su gobierno en la capital y se mudó a Portobelo, descuidando la gravísima situación creada en Chiriquí donde se rebelaron las milicias zambas fieles al capitán Cristóbal de Contreras. A los culpables se le condenó a la horca y, para que sirviera de escarmiento, fueron descuartizados por caballos y sus cabezas desmembradas se exhibieron en las encrucijadas de los caminos para que todos las vieran. Nunca se había visto algo parecido en Panamá.
Pero el fiscal Diego Clavijo y los oidores de la Audiencia le imputaron cuatro graves cargos durante el Juicio de Residencia, una implacable institución peninsular donde se juzgaba el proceder de cada gobernador al final de su mandato y del que nadie se libraba.
Uno de los cargos consistía en que había permitido que el Royal George abandonara la bahía de Portobelo sin dejar que se le inspeccionara su carga ni rindiera cuenta de las infracciones que había cometido y ya eran públicas.
Como abundaban las pruebas, en 1729 Alderete fue depuesto del cargo y hecho prisionero. Se le encerró en el presidio de Chepo, luego en el castillo del San Lorenzo del Chagres y una vez comprobadas las denuncias, el nuevo gobernador y presidente, marqués de Villahermosa, ordenó conducirlo a Panamá, donde le detuvo en arresto domiciliario a la espera de algún barco que le condujera preso a España. Pero al quite salieron los frailes dominicos, seguramente favorecidos por dádivas que les hizo, ya que se dificulta explicar su osada complicidad. Para que se fugara de su casa, uno de los monjes le llevó una mula que le condujo por la calle de San Miguel, pasando frente al convento de San Francisco, situado a pocos pasos, continuó a la cuadra siguiente, junto al convento de La Concepción y en la próxima cuadra se apeó del jumento para entrar al convento de Santo Domingo, donde le dieron protección. Siendo de noche escapó sin ser visto ni por vecinos ni policías.
Con respuestas socarronas y elusivas los religiosos rechazaron las enérgicas protestas del presidente Villahermosa, quien reclamaba al reo objetando su pretensión de que se amparaban en el derecho al sacrosanto asilo eclesiástico. De nada sirvieron las consultas jurídicas de los más prestigiosos abogados locales y la petición que Villahermosa elevó al obispo, quien como era de esperar se plegó a las alegaciones dominicas.
Villahermosa tuvo que recurrir a la fuerza y Alderete, quien se aferraba a los barrotes de su cama, fue arrastrado fuera del convento con todo y mueble. Finalmente, en enero de 1731 fue embarcado prisionero a España en la fragata de guerra La Ginovesa, que naufraga en el Bajo de la Víbora (hoy Pedro Bank), cerca de Jamaica, donde, justicia poética, Manuel Alderete y Franco muere ahogado. Nunca más se supo de él.

