Luego de tres años de trabajar como antropólogo para el Ministerio de Planificación con comunidades campesinas e indígenas, me urgía realizar mi postgrado. Una beca del British Overseas Council (Consejo Británico de Ultramar) me permitió hacer la maestría en sociología en la universidad de Essex, Colchester. Llegué en 1974, pocos meses después de concluida la guerra del Yom Kippur entre Israel y los árabes.
La maestría fue dura. Exigía leer muchísimos libros y artículos y redactar papers o ensayos en inglés sociológico, literatura con que mis compañeros ingleses estaban familiarizados . Al entregar mi primer ensayo a mi profesor de teoría, David Lockwood, me dijo que era un buen escrito periodístico mas no sociológico.
Mi ventaja era la experiencia de campo que tenía. Mi tesis fue sobre la reforma agraria en Panamá, ya que en 1972 había evaluado Los Asentamientos Campesinos.
Terminada la tesis necesitaba desconectarme. Sentía unos inusitados anhelos de conocer Tierra Santa antes de volver a Panamá. Un día recibí carta de una amiga invitándome a Israel. Dan Air, una línea aérea que daba descuentos a universitarios, anunció vuelos de ida de Londres a Tel Aviv por unas £35 libras esterlinas (unos 70 dólares).

En el aeropuerto me esperaba Shula. Antes que anocheciera y entrara el férreo toque de queda partimos y llegamos a Neve Ur (Oasis de Ur), un kibutz en la tensa frontera con Jordania, cerca al río Jordán y al sur del mar de Galilea. Lo usaría de sede para mis exploraciones.
Neve Ur era un puesto militar fortificado fundado en 1953 por inmigrantes judíos de Iraq, luego Hungría y Polonia. Tenía unos 150 habitantes que se dedicaban a la agricultura. Frecuentemente, este kibutz era blanco de tiros de artillería y cohetes Katyushka por lo que era necesario buscar refugio. Aprendí cuál sería el mío durante un ataque nocturno o diurno. Las viviendas estaban conectadas con el perímetro de defensa por trincheras con el propósito de que las personas se pudieran proteger de francotiradores y “morterazos”. La pesada alambrada tenía sensores que detectaban infiltraciones nocturnas por guerrillas procedentes del Jordán que entraban a sabotear, colocar minas y emboscar.
Los tractores araban protegidos por escoltas armados. El esposo de Shula había sufrido graves heridas operando un tractor blanco de la artillería enemiga. Por venir de familia de agricultores chiricanos me era insólito que atacaran a las personas que se dedicaban a trabajar la tierra.
Mi primera salida fue al Jordán, río donde bautizaron a Cristo. Por su fama pensé que sería grande, pero me pareció como el Gariché, un afluente del Chiriquí Viejo. Antes de caer el sol, una faja de tierra a lo largo de la cerca fronteriza era arada o rastrillada para borrar las huellas de la actividad diurna, de manera que solo mostrase las de los grupos armados que se infiltraban por la noche. Esas guerrillas luego eran rastreadas por los drusos, una élite de contrainsurgencia y minoría religiosa de habla árabe.

Luego fui al Mar de Galilea, también era pequeño. En la otra orilla se veía muy cerca Jordania. En Tiberiades, antigua ciudad romana, unos pescadores remendaban redes y calafateaban barcas como las que aparecen pintadas en iglesias católicas mostrando a Cristo cuando bajó de una de ellas, caminó sobre el agua y apaciguó una tormenta. En ese momento pensé en cuánto mas trabajo le hubiese costado caminar sobre el Caribe o el Pacífico durante un temporal.
Saludé a los pescadores pero solo hablaban árabe. El mas alto, con ropa muy desgastada, se me acercó. Tenía el pelo largo y rubio, ojos azules, y estaba quemado por el sol. Me contestó en inglés de Nueva York. Me dijo que no era pescador y que aguardaba la segunda vuelta de El Señor. Dijo ganarse la vida con pequeños trabajos de pintura en pueblos árabes. Le pregunté cuánto tiempo tenía de aguardarlo y dijo: siete años. Le pregunté por qué no aprendía árabe o hebreo y dijo que todos los idiomas desaparecerían y serían remplazados por el idioma universal que él (El Señor) traería.
Le pregunté dónde le había hablado El Señor por primera vez. Quedé en una pieza cuando contestó que en Chigorodó. Chigorodó es un sitio remoto del Golfo de Urabá del que había escuchado durante mi trabajo para la tesis en las islas de San Bernardo, Golfo de Morrosquillo.
El hombre continuó. Dijo que acarreaba un cargamento de cocaína hacia Panamá cuando lo atacaron fiebres altísimas; que cayó en un playón donde su alma abandonó su cuerpo y al contemplarlo desde lo alto sintió asco. Entonces, añadió, una luz enceguecedora y una voz tronante le ordenó dejar su vida pasada e ir a aguardarlo al mar de Galilea.
Sin percatarme anocheció y se acercaba el toque de queda. No había transporte. Comencé a caminar hacia Neve Ur temiendo toparme con una banda guerrillera o una patrulla israelí. A las mil y una apareció un jeep con soldados israelíes jóvenes. Tras responder sus preguntas y mostrar mi pasaporte panameño y cédula chiricana me recogieron y dejaron en Neve Ur, donde los drusos me dejaron entrar. Como dirían los antioqueños: “Ave María purísima, pues”.
A veces me pregunto cuánto habrán cambiado estos lugares de Tierra Santa que visité hace 52 años y qué será del hombre que vino desde Chigorodó al Mar de Galilea, a esperar la segunda vuelta de El Señor.

