La figura del héroe en la literatura era fácil de identificar cuando poblaban los bucólicos territorios de la poesía épica o los libros de caballería.
Sin embargo, esa visión del héroe (figura intachable, íntegro y justo, incluso en las más desfavorables condiciones) cambió cuando a un escritor se le ocurrió impregnar a su personaje principal de la condición más humana posible: la contradicción.
Empezaron a surgir personajes que, ante una circunstancia, ya no actuaron como héroes o heroínas, sino que fueron presa del miedo, el egoísmo, la avaricia y hasta la pereza.
El público también empezó a identificarse más con aquellos que mostraban una actitud más humana —normal— ante una determinada situación.
El cambio, naturalmente, no lo motivó únicamente el personaje principal, sino que formó parte de una evolución de la literatura como tal.
El Quijote marcó parte medular de ese cambio. La sátira ayudó a los lectores a ver rasgos humanos en las historias y a sentirse identificados.
Con el tiempo, aquella evolución también dio un giro temático audaz. El héroe también pasó a ser el monstruo. Observemos, sin ir más allá, la premisa de Crimen y Castigo. Ahí tenemos a una persona con una idea deleznable; sin embargo, caminamos a su lado y nos sumergimos en sus elucubraciones, hasta descendemos a los infiernos de su arrepentimiento.
Madame Bovary o Catherine Earnshaw, de Cumbres Borrascosas, plantearon otra perspectiva para una heroína falible, pero inteligente y capaz de alejarse de los cánones de comportamiento esperados de la época, para darles rasgos más humanos y al mismo tiempo criticando a la misma sociedad que imponía dichas normas.
Más adelante, Camus plantea a otro personaje principal, pero ya no un héroe, sino que duplica la apuesta hasta el absurdo. Aparece Meursault, un personaje indiferente a la realidad, sin empatía y que no encuentra sentido a la existencia misma. El héroe ya no es tal, sino protagonista. Se transforma en un hombre de carne y hueso entregado a las condiciones y vicisitudes de su entorno.
En Indigno de ser humano, Osamu Dazai va incluso más allá, llevando a su protagonista al abismo de la alienación social. Como aquel, han sido numerosos protagonistas que parecen existir siempre al borde. Encontramos en ese mundo a Ferdinand Bardamu, personaje de Celine en Viaje al fin de la noche, que en un arrebato de entusiasmo se enrola para pelear en la Primera Guerra Mundial para desencantarse ante los horrores que le tocó vivir.
Las historias varían dependiendo del estilo literario. Ya no todos son héroes o villanos; tal vez son personas normales. En ese contexto encontramos a Santiago, un hombre mayor persiguiendo con desesperación a un pez espada en la hostil inmensidad del océano. Hemingway pone en el tapete de El Viejo y el mar la soledad, la lucha contra la adversidad, la amistad, la añoranza y las introspecciones sobre la muerte. ¿Dónde quedó el héroe?
La historia del héroe, o el antihéroe, también ha sido modificada por el estilo de cada autor. Quizás el papel de personajes como el Bandini de John Fante o Chinaski de Bukowski, ya no encajen hoy dentro de ninguna categoría de héroe. Tampoco aquel Juan que Mariana Enriquez propone en Nuestra parte de noche encarne el papel del héroe. No, ya no existen héroes como los antiguos. Y eso es algo bueno.
El papel de estos protagonistas es el de narrar una historia, experiencias personales, de plantear una visión distinta de nuestras experiencias y ayudar a comprendernos.
Los autores son los creadores de la columna.


