En el Capitolio, aquel marzo de 1826, no se discutía cualquier cosa. La pregunta ¿debía Estados Unidos enviar delegados al Congreso de Panamá convocado por Bolívar? encendió la mecha de una de las contiendas ideológicas más intensas de la joven república marcando un antes y después en el sistema de partidos que impera hoy.
Todo comenzó el 6 de diciembre de 1825, cuando el presidente John Quincy Adams presentó su mensaje anual. En él, anunciaba que enviaría ministros a la Asamblea en Panamá.
Aunque Bolívar quien lideraba la lucha contra el ultimo eslabón colonial en Ayacucho, como gestor de la idea del Congreso se oponía a invitar a Estados Unidos, el vicepresidente encargado de Colombia, Francisco de Paula Santander, decidió por su cuenta extender la invitación, la formalizó el 2 de noviembre de 1825.
Liderados por Martin Van Buren, senador por Nueva York, los opositores impulsaron un debate en enero de 1826 para determinar si Adams tenía facultad constitucional para enviar la misión logrando trasladar las sesiones a puerta cerrada. El 16 de enero, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado emitió un informe contrario a la misión.
Adams, no se detuvo, pidió dinero al Congreso para financiar la misión a Panamá. Samuel D. Ingham, congresista por Pensilvania quien había crecido junto a las ruedas de un molino de papel, trepando en la política a base de talento, subió a la tribuna de la Cámara de Representantes el 18 de abril de 1826 y atacó a la “enojosa Misión a Panamá”.

Advirtió que enviar los delegados a la Asamblea sería “riesgo de un enredo cuyo fin nadie puede prever” ya que aseguraba que eso involucraría a Estados Unidos en las guerras de los extranjeros. Se burló de los “100,000 dólares del dinero público” que Adams pedía para “hacer nuestra aparición en el espléndido Congreso de Panamá”. Para Ingham, todo era un “espejismo de los suramericanos”.
El odio entre facciones tenía una raíz en la elección de 1824. Andrew Jackson ganó el voto popular y el Colegio Electoral, pero sin mayoría absoluta, la decisión recayó en la Cámara de Representantes, controlada por Henry Clay. Este negoció con Adams. Luego Clay fue nombrado secretario de Estado. Los jacksonianos lo llamaron el “Trato Corrupto”. Con el asunto de Panamá era la oportunidad para ajustar cuentas.
El gobierno planeaba enviar a Panamá a Richard C. Anderson de Kentucky y embajador en Bogotá, y a John Sergeant, un abogado refinado, hijo de una figura de la Revolución en Pensilvania, sinónimo de aristocracia política. La tensión fue tal que un congresista acusó a Clay de embaucador. Clay lo retó a duelo y se batieron a tiros cerca del río Potomac. La oposición al Congreso de Panamá también encontró argumentos en el tema más espinoso que sería tratado en la cita bolivariana: La esclavitud. Robert Y. Hayne, de Carolina del Sur, atacó la misión a Panamá y dijo que el asunto de la abolición era: “algo que no está ni siquiera abierto a discusión” en Estados unidos. Amenazó con la secesión.
John Macpherson Berrien, de Georgia, advirtió que discutir la supresión del tráfico de esclavos era una “peligrosa injerencia”. Recordó al Senado que acababan de rechazar un tratado con Colombia que tenía como objeto la abolición de este tráfico mediante “los esfuerzos conjuntos de las dos Repúblicas”. “¿Acaso el esclavo emancipado, con las manos aún humeando en la sangre de su amo asesinado, será admitido en sus puertos, para difundir las doctrinas de la insurrección?”.
Y Thomas Hart Benton, de Misuri, argumentó que ir a Panamá sería “llevar la esclavitud con nosotros”. Pese a todo, el 14 de marzo de 1826, el Senado confirmó las nominaciones de Adams: 24 votos a favor y 19 en contra. Luego, en la última trinchera, el 21 de abril, la Cámara aprobó los fondos.
Mientras Washington se había partido en una discusión de cuatro meses, en Panamá el anfiteatro americano estaba listo. Las delegaciones de Perú, Colombia (con Venezuela y Ecuador), Centroamérica (Costa Rica, El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua) y México habían llegado. Cuba seguía siendo colonia, pero varios de los secretarios eran cubanos. Bolivia tenía la intención de enviar un delegado, pero el permiso aún no había salido. Haití, el elefante blanco en la habitación de la sala capitular, sin su apoyo Bolívar no hubiera concretado la fuerza de sus ejércitos. Habría que hacerle justicia. El observador del Reino Unido estaba presente; los de Países Bajos venían en camino. Brasil, invitado, aceptó y luego declinó por su contradicción monárquica frente a las repúblicas.
Los delegados norteamericanos partieron con retraso. El plenipotenciario Richard C. Anderson enfermó durante la travesía y murió cerca de Cartagena antes de llegar a Panamá. John Sergeant emprendió el viaje, pero el Congreso Anfictiónico ya había clausurado sus sesiones y se había trasladado a Tacubaya, México. Allí, Sergeant se reunió con los delegados hispanoamericanos. Se enteró que, en Panamá, la naturaleza aún no estaba dispuesta a ser conquistada y se había cobrado la vida de dos de los secretarios de la legación británica. Leyó las Actas de Congreso de Panamá, y el largo discurso inaugural publicado en la Gaceta del istmo, del delegado de Perú, Manuel Lorenzo Vidaurre, quien presentó un ideario de creación de un código de derecho internacional continental para las nuevas repúblicas y abogó por la abolición de la esclavitud en toda la región.
Sergeant regreso después a Estados Unidos tras el cierre del Congreso de Tacubaya, en 1827. Ingham, el hijo del molino, vio confirmada su apuesta política. La derrota en Panamá se convirtió en la tumba de la coalición Adams-Clay. En 1828, Andrew Jackson aplastó a Adams en las urnas. La recompensa para Ingham fue el sillón del Departamento del Tesoro.
En cuanto a Sergeant, tras la culminación del viaje ético al Congreso Bolivariano, regresó a la abogacía con un espíritu fortalecido, no claudicó en su lucha contra la esclavitud y emprendió la gran e histórica defensa a favor del pueblo Cherokee. El abogado comprendió que el Congreso de Panamá no había fracasado porque el espíritu libertario que lo animaba: abolicionista, igualitario, continental, era indestructible y ese espíritu debía inundar a Estados Unidos.

