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El hombre que pedía bote para viajar al corazón humano

Conversación con el documentalista argentino Arturo Prins, quien se embarcó en la aventura de viajar de Europa a Asia haciendo autostop. Las sorprendentes cosas que se encontró en el camino.

El hombre que pedía bote para viajar al corazón humano
El viaje de Arturo Prins de Madrid hasta Mongolia duró 101 días y anduvo alrededor de 12.628 km. Cortesía de Arturo Prins

El día que Arturo Prins salió de Madrid, España, era “un inconsciente, un idealista utópico, un suicida”. Con su mochila de 28 kilos a cuestas se encaminó en un viaje por carretera rumbo al desierto de Gobi, en busca de la mítica ciudad de Shambala. Sí, la misma ciudad que ha inspirado a escritores, poetas, cineastas y exploradores.

Fue un viaje gran parte a ciegas. No conocía del todo los requisitos y documentos que requería para ingresar a algunos países como Rusia, Kazajistán o Mongolia. O lo más importante, que el camino lo realizaría gracias a la buena voluntad de los conductores que se topase en la carretera. Sí, el viaje de Prins fue uno de confianza en las personas, donde pidiendo autostop (bote o lyft) cruzó 12 naciones, compartiendo camino con 120 conductores. “Uno detrás del otro. Sus gestos de una belleza inusitada, cálidos y espontáneos, son imborrables en mi memoria”.

“Este viaje ha sido como una iniciación interior, que me ha conectado incluso con los maestros que se encuentran en Shambhala, con la vibración y la energía de ese lugar. Me he vuelto más sensible y despierto, puedo llorar en cualquier momento cuando recuerdo este viaje”, comenta el documentalista argentino, agregando que este fue “un viaje que me ha sacudido por los cuatro costados, ha transformado mi concepción del mundo y mi percepción de mis relaciones con los demás”.

Prins comenta que luego de tomarse el tiempo necesario para procesar todo lo vivido, planea retomar ese viaje a través de sus vivencias y todo el material filmográfico que recolectó para hacer un documental. En una entrevista a este diario, el también pintor nos cuenta un poco de las aventuras y aprendizajes que tuvo en esta aventura.

¿Cómo sientes que te cambió esta experiencia?

Me enseñó que el corazón del ser humano es profundamente bueno, al contrario de lo que el misántropo Jean Paul Sartre decía: “el infierno está en los demás”; por el contrario, podría asegurar que el paraíso está en los demás. O como dijo un amigo, tú serás el termómetro para medir si la humanidad tiene esperanza... y sí, la tiene. Todos tenemos una Shambhala interior por descubrir, hecha de gestos de bondad.

¿Cómo era el Arturo que partió de España, el Arturo que llegó a Mongolia y el Arturo que regresó a casa?

Salí de España frágil, débil, pero el camino me fue cuadrando en fortalezas. Fuerzas que desconocía en mí... como Ulises detrás de una Ítaca; el corazón de los que me fueron llevando me fue llenando de vida, energía y vitalismo.

El Arturo que volvió es más fuerte, más consistente, con el corazón más cálido, una sensibilidad más refinada y más confiado en el ser humano. Y el Arturo que llegó a casa está conmocionado por todo lo vivido. El ser humano se resuelve en su corazón. En esa lección es en la que me encuentro ahora.

¿Fue Shambhala lo que esperabas?

No esperaba nada y lo esperaba todo. Y efectivamente, Shambhala me sorprendió por ser un camino inesperado. Nada previsible, como todos los lugares mágicos, sus códigos son prodigiosos.

Por supuesto que conozco la Shambhala espiritual de la que hablan los maestros, que está en el plano etérico. La conozco literariamente, no presencialmente, pero de lo que sí estoy seguro es que los gestos de calidez y el amor que he recibido a lo largo del camino es la materia de la que está hecha Shambhala. Descubrí que Shambhala fue un camino de flores humanas y que el hombre es bueno por naturaleza.

Consejos para quienes quieran seguir tus pasos, no digamos en un viaje tan largo o utilizando el mismo método, pero sí con las ganas de salir a explorar el mundo y verlo desde otra perspectiva.

Que salten, que lo hagan y que disfruten de conocer sus propias fortalezas y debilidades, que se expongan, que se arriesguen, porque recorrer caminos es recorrerse, viajar afuera es inexorablemente viajar hacia adentro. Todo viaje es el encuentro con uno mismo y exponerse a la vulnerabilidad y salir fuera de la zona de confort, fortalece y lo vuelve a uno más pleno.

¿Cuál fue el mayor contratiempo que pasaste en tu viaje y cómo lo superaste?

Tengo que reconocer que mi entrevista con dos agentes de veinte y pocos años, de la federación rusa fue el momento más crítico y tenso que he pasado en este viaje, donde un interrogatorio de una hora me supuso una absoluta concentración y atención para saber cómo contestar y no meter la pata y pasar la frontera de Rusia con Mongolia, en Tashanta, y no quedarme estancado en una estación fronteriza a menos 14 grados.


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