El asistente del mostrador de la aerolínea respira profundo antes de hablar, sabe que se aproxima un momento difícil, pero es su trabajo realizarlo. Enciende el altavoz y pregunta si alguien de los presentes habla inglés y mandarín. Necesita un traductor.
Justo, la persona que tiene delante de él formando fila le dice que puede colaborar. El hombre asiático pasa al otro lado del mostrador y se para al lado del asistente, quien le muestra una lista con nombres y le da las indicaciones de lo que debe decir: “Cuando escuchen su nombre, que vayan directo al lado derecho donde está mi compañero”.
El nuevo colaborador improvisado toma el micrófono, pide atención en mandarín, y la sala B55 del aeropuerto de Frankfurt, Alemania, con docenas de personas, queda en silencio.
El destino de todos los pasajeros está a punto de definirse. Si su nombre aparece en la lista, quiere decir que son positivos para covid-19 y que su viaje a China puede terminar. Muchos llevan días en este camino –debido a escalas y otros asuntos– y en un solo segundo la espera de poder viajar se puede aplazar aún más.
Y es que el gobierno chino está comenzando a flexibilizar las fuertes medidas de contención que había impuesto a comienzos de este año al enfrentar una nueva ola de contagios, pero las medidas de bioseguridad siguen siendo estrictas.
Para ingresar al país se necesita un pase sanitario que, entre varios requerimientos, se obtiene con pruebas de PCR negativas.
Por ejemplo, si el viaje es desde Panamá la persona necesita hacerse dos pruebas, 48 y 9 horas antes de abordar el avión, y luego otras 2 en su destino de escala antes de partir a China.
La lista
Van a ser las 7:30 p.m. y los pasajeros llevan casi todo el día en la terminal. Tuvieron que llegar desde temprano en la mañana para realizarse las pruebas de PCR en uno de los espacios habilitados por el aeropuerto para fungir como laboratorio. Solo atendían hasta las 11:00 a.m. y se necesitaban dos pruebas con un intervalo de aproximadamente cuatro horas. De llegar tarde, no serían atendidos.
En la mañana, el ambiente era distinto. Las personas se notaban más relajadas y confiadas en que las medidas de protección que habían tomado les asegurarían un pase verde. Inclusive, había quienes como medida extra utilizaban caretas plásticas o trajes blancos impermeables para protegerse. Pero, minutos antes de abordar se sabe que no a todos les funcionaron las medidas.
Las primeras personas comienzan a ser llamadas y el ambiente no puede ser más tenso. La mayoría está de pie y los que escuchan su nombre intentan mantener la compostura, pero en sus rostros se nota el agobio. El resto respira tranquilidad por un segundo al no escuchar su nombre, pero la lista sigue y la pesadez vuelve.

Cuando los nombrados van pasando, los demás hacen gestos involuntarios para apartarse y, aunque sus resultados antes de subir al avión son negativos, saben que al llegar a China les esperan más pruebas y por lo tanto bajar la guardia no es opción.
Entre los positivos, algunos se rehúsan a aceptar el resultado e intentan hablar con los encargados, pero las reglas son estrictas: al ser llamados, debe pasar a la derecha y esperar.
Pese a que el ambiente no se vuelve hostil, algunos agentes de policía se presentan en el lugar, preparados ante cualquier contingencia. Saben que no es una noticia fácil de dar y menos de recibir y que en momentos de tanta vulnerabilidad, a veces, las personas no piensan con claridad.
Pero los chinos están acostumbrados al orden. La mayoría acepta los resultados y sigue las indicaciones. Les harán otra prueba para descartar un falso positivo, pero ya deberán esperar otro vuelo. Algo que a cualquier otro destino sería cuestión de horas, pero para China pueden ser días.
De vuelta a casa
Una vez la lista termina, hay un extraño momento de confusión. Por segundos, las personas no saben qué hacer o pensar, hasta que caen en cuenta que han salido negativos y podrán viajar. Gritos de festejo rompen el incómodo silencio y se desvanece la tensión. Hay aplausos, abrazos y palabras de festejo. No hace falta saber mandarín para entender que muchos dan las gracias. Quizás a alguna deidad, tal vez a ellos mismos por cumplir con las medidas de bioseguridad o, por qué no a la suerte.
Así, la sala queda dividida en dos partes: los que viajan y los que se quedan. La diferencia es considerable, no hay líneas o paredes, únicamente sonrisas y lágrimas.
Una hora, después comienzan a embarcar. En sus maletas llevan ropa, objetivos personales y obsequios. Y en sus corazones la esperanza y alegría del que sabe que por fin regresa a casa.

