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El lenguaje de mi adolescencia

La presentación del Diccionario del español en Panamá, compilado acuciosamente por la profesora Margarita Vásquez Quirós, subdirectora de la Academia Panameña de la Lengua, es una obra muy completa y abarcadora sobre el lenguaje que en el pasado y en el presente forman parte del español tal como lo hablamos los panameños. Debería ser declarada de lectura obligatoria para los estudiantes de secundaria de nuestro país. La he leído con atención y cierto espíritu retador, a ver si encontraba palabras que, siendo conocidas por mí de toda la vida, no iba a encontrar. Debo confesar que en muy contadas ocasiones tuve éxito. No obstante, cuento algunas pequeñas lagunas que refiero a continuación.

Aunque la autora recuerda juegos como la lata que entonces se podía jugar en las calles por el poco tránsito vehicular, hay algunos entretenimientos que no aparecen en su diccionario.

Uno de los juegos de nuestra infancia era el de la rayuela, que consistía en un trazado de cuadros dibujados con tiza en el suelo y que teníamos que ir saltando hasta llegar al final. A diferencia de otras actividades en las que prevalecía la separación de géneros, este lo practicábamos conjuntamente varones y niñas.

El deporte llamado Mención, que se jugaba en patios y calles, se asemejaba al béisbol, pero se bateaba con la mano cerrada en un puño y la pelota era de tenis, generalmente lisa por haberla desgastado un jugador de este deporte.

Otro juego que solíamos practicar en la época lluviosa era el Guacho. En un terreno mojado hacíamos un hueco y en ese pequeño barrizal un jugador clavaba desde el aire una pequeña estaca de madera que el contrincante tenía que hacerla caer con la que él lanzaba sobre la varita de su contrario. Me imagino que se le denominaba guacho porque el barro se asemejaba al plato del mismo nombre que nos hacían en casa y que encontrábamos delicioso.

A varios amigos contemporáneos conmigo les he preguntado si recuerdan el PICS y casi ninguno conserva este juego en sus mentes. Se cortaba un trozo de escoba de unos diez centímetros aproximadamente, al cual se le afilaba uno de sus extremos. Con el resto del palo de la escoba se golpeaba el pequeño trozo en su punta y éste se elevaba a un metro aproximadamente, lo que aprovechaba el jugador para batearlo a la mayor distancia posible. Entonces retaba a cualquiera a que llegara hasta el objeto en un número de saltos. Si el retado lograba hacerlo en las zancadas exigidas, ganaba el juego, pero no crean ustedes que la apuesta porque éstas eran todavía desconocidas para nosotros.

Un juego de habilidad en el que sí se apostaban monedas, eral el que solían practicar los canillitas o vendedores de periódicos. Se llamaba la Raya. Con algunas de las monedas que habían ganado con la venta de los periódicos, debían aproximarse a una raya previamente trazada. El que más cercanía lograba, se llevaba las monedas de los contrincantes. Me daba tristeza desde mi balcón que daba a un terreno baldío en la calle 36, observar a chiquillos pobres jugándose en unos minutos, parte de su trabajo de recorrer durante horas las calles de la ciudad.

Margarita menciona la bolita como la pequeña esfera de cristal que mucho nos entretenía cuando quiñábamos la del contrario. Lo que no menciona Margarita, tal vez porque ella no quiñó ninguna bolita, es el dolor que nos producía cuando aparecía un muchacho mayor que nosotros con un “estil”, anglicismo procedente de steel o acero, que no era otra cosa que un rodamiento o balinera que se utilizaba en los vehículos y partía en dos nuestra bolita.

La autora describe el término “cosita” como el estipendio eventual para la compra de una golosina. Como mis padres eran muy metódicos, la cosita era el estipendio diario que ellos me entregaban y que habiéndose iniciado con cinco centésimos diarios en la primaria y luego diez al inicio de la secundaria, terminó con cincuenta centésimos en sexto año y un balboa para el fin de semana. Por cierto, al balboa le llamábamos “machacante” y “tuco”. Si algún docente nos tenía ley era porque no le caíamos bien, a diferencia de otros países en los que tenerle ley a una persona es una manifestación de afecto.

El Diccionario del español en Panamá de Margarita Vásquez no solamente nos hará conocer mejor el vocabulario utilizado por los panameños y con el cual hemos enriquecido por generaciones el idioma español. Cuando lean esta instructiva obra, sonreirán, recordarán con nostalgia cómo hablábamos y seguimos hablando y apreciaremos aún más la riqueza que el español ha adquirido en nuestro país.


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