Enrique Jaramillo Levi (Colón, 1944) es un indiscutible baluarte de la literatura panameña a la cual le ha dedicado su vida desde diferentes escenarios: narrador, poeta, ensayista, promotor, editor, maestro y conferencista. No por gusto Elsie Alvarado de Ricord lo bautizó como “hombre institución”.
Comentaré uno de sus cuentos más simbólicos: Caracol, escrito en México bajo el magisterio de Juan Rulfo. El relato presenta una visión metafórica del hombre en medio del laberinto de sus dificultades, del mismo modo en que lo hace Rulfo en su obra cumbre: Pedro Páramo. Se trata de un padre condenado a buscar a un hijo que abandonó; en Pedro Páramo, es el hijo que busca al padre. Ninguno logra su cometido, pues la muerte de la persona buscada lo impide en ambos casos.
El asunto también puede compararse con una escena dantesca en la que el hombre debe purgar, sin esperanzas, sus pecados. Por último, se asemeja al mito de Sísifo, héroe condenado a subir una roca hasta la cima de una montaña, la cual se devuelve cada vez que está a punto de lograrlo, por lo que Sísifo debe reiniciar su tarea una y otra vez. Jaramillo Levi recuerda también el mito de Moisés en su peregrinar por el desierto por 40 años en busca de la tierra prometida: cuando la ve, fallece sin disfrutarla.
En Caracol, después de la muerte de su hijo, el padre carece de oportunidad para reparar sus faltas. A diferencia de Sísifo, no tiene esperanza de lograrlo, lo que le impone una nueva condena: autocastigarse por la ausencia permanente y por no haber hecho por su vástago lo que debió cuando tuvo la ocasión. El narrador, a través de una especie de monólogo interior, cuenta la odisea de la búsqueda de su retoño. Lo encuentra en la playa cuando el niño, con mucha paciencia, esculpe una figura de arena.
Mientras lo contempla, lo imita: construye imágenes con el pensamiento: “el tiempo observa como los restos del día se hicieron noche”. Padre e hijo, en el momento en que pudieron encontrarse, no lo lograron por dedicarse a alguna manifestación artística para mitigar sus miserias: uno busca a su hijo; el otro desea ser encontrado por su padre. El protagonista encuentra a Caracol; sin embargo, el niño, de repente, abandona su creación, corre a través de la playa, sube a una cima y se lanza al mar.
Para el padre, la búsqueda termina, solo le queda averiguar cómo fue la vida de su hijo sin su presencia. Se enteró de que el chico moraba en la playa; dormía en la desvencijada vivienda de su abuela; vivía con la esperanza de que su progenitor fuera por él. El protagonista se entera, después de la muerte del niño, de que alguien le contó que su padre visitó el pueblo y que no lo había buscado. Con el fin de acallar su conciencia, el personaje intenta ayudar a la abuela a preparar el cadáver para el entierro; ella se lo impide. De este modo, pierde las esperanzas, concibe la muerte como el final de todo. No tiene el consuelo que le permite a la Tulivieja continuar su búsqueda: la estimulante esperanza de encontrar al niño abandonado. Nuestro personaje, por el contrario, debe conformarse con contemplar el cadáver, imagen que él mismo describe como: “Tardía presencia, acaso fantasma imprevisible, sobre el regazo de este ser que tal vez aún me busque en el horizonte, me inclino para llorar el silencio eterno de mi hijo”.
El relato recrea la imagen de que los padres deben ser responsables de sus hijos, pues, aunque ellos tienen otra vida, la misma está atada a su ala protectora. De no hacerlo, es posible que recaiga sobre sus conciencias el castigo del padre de Caracol: buscar al hijo abandonado y encontrarlo en el instante preciso en que se pierde por siempre. Esta temática se convierte en leitmotiv de gran parte de la producción cuentística jaramilloleviana.
El autor es profesor
