Luis Mateo Diez, Premio Cervantes 2023, uno de los más importantes escritores españoles, que merece toda la atención del mundo lector hispanoamericano, es el dueño del título de este artículo, que da nombre a uno de sus libros que más aprecio. Es una colección de pequeños ensayos, relatos, articuentos, como los definiría Juan José Millás, en los que entre la ficción y la realidad reflexiona sobre el arte de escribir, donde se encuentran la mirada del escritor y la mirada del lector, dándonos una visión descarnada del recorrido mental y afectivo del que escribe.
«Porque la ficción tiene su porvenir detrás de la puerta, en esa habitación todavía oscura de la que sabes y presientes bastante, sobre cuyos rincones y escondrijos hay muchas cosas anotadas en el cuaderno azul que mantienes a tu lado. Es un cuaderno de bitácora lleno de previsiones: una guía para urdir y para dar coherencia a lo que se avecina.
Probablemente las anotaciones del cuaderno, las líneas imaginarias de una trama de una historia, de unos personajes, concentran años de trabajo. Hay quien invierte más tiempo en dibujar el mapa para buscar el tesoro que en la aventura misma de hallarlo», dice Luis Mateo, señalando otra vez al trabajo, al dichoso tiempo que hay que echarle a la ficción, a las pinceladas gruesas o finas que albergan años de constancia y de lecturas.
¿Hacia dónde va nuestra ficción, que le espera? Decía Octavio Paz que la lectura, «como experiencia solitaria coincide con la experiencia de la introspección», lo cual sugiere que somos como escritores lo que somos como lectores. El porvenir de lo que escribo está ligado a lo que leo, a la permeabilidad de mi mirada, a la docilidad firme con la que reciba lo leído. Crece el buen juicio, la pericia para ver los resortes de las grandes obras, me capacito como emulador, gano en intencionalidad, escribo, fallo, corrijo, vuelvo a escribir. Media tiempo, trabajo y lecturas, muchas, entre los manuscritos, que descansan un tiempo de rigor en la gavetas, y el momento siempre aterrador de publicar.
En el alma del que escribe, laten de alguna forma las palabras de Marlow en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad: «En ningún lugar nos detuvimos el tiempo suficiente como para poder hacerme una impresión detallada y precisa, pero iba penetrando en mí la sensación de adentrarme en un territorio vagamente fantasmagórico y opresivo, la sensación de llevar a cabo un fatigoso peregrinaje sobre el que se cernían pesadillas», es decir el arte de escribir ficciones se ve traspasado por la íntima sensación de que nos vamos adentrando a un territorio que está jalonado por lo vivido y por lo leído: narrar no es solo contar, es contarlo como hemos aprendido a hacerlo a través de la lectura. Leer es exponerse como escritor a la influencia del oficio de los otros.
Habría que empezar una lista que se llame Los libros de la prisa y el olvido, donde registrar los libros que nacen de las prisas por publicar para instalarse en el olvido. Ese es el porvenir de toda la ficción, el olvido, el olvido que seremos, pero hay maneras de pasar al olvido: como una dicha estética o como una desgracia editorial. Desde nuestra mesa de trabajo echemos un vistazo a nuestras estanterías y pensemos en Borges, que nos devuelve a la lectura al advertirnos que, en el aprendizaje del escritor, es necesario conocer la propia herencia.
«Y encantar contando sería como recobrar la belleza y la fijación de la hoguera —dice Luis Mateo Diez—, y con ella, hacer arder los sueños, las emociones, las ocultas y olvidadas cavidades de quien llega a mirarla como tú en aquella lejanía la miraste: atento a ese resplandor que solo entre las palabras puede trenzar algo que se parezca al verdadero fuego de la vida».
El porvenir de la ficción, de la que aspira a un olvido como dicha estética, pasa entonces por el trabajo apasionado de leer, por la exposición al oficio de otros, por dejarse traspasar por lo vivido y lo leído, por la búsqueda de deleitar iluminando el corazón de las tinieblas con algo lo más parecido posible a la luz de la vida.
