Veintiocho años han pasado desde que salió el último tren de la Estación de Balboa. Con ese último silbato, las vivencias que se dieron en la emblemática estructura, construida en 1914, tomarían forma de recuerdos. Hoy, la familia Oller sigue repasando la historia de una pareja que llegó al istmo desde Barcelona y que, con un quiosco, logró impactar la vida de cuatro generaciones y de una comunidad.
En el año 1991, The Panama Canal Spillway, antecesor de El Faro, dedicó un emotivo artículo que retrataba el significado que tuvo el comercio en Balboa. La nota destaca que los vecinos del área llamaron a la redacción pidiendo que escribieran sobre el lugar, resaltando las atenciones brindadas en los últimos 56 años por los hermanos Charlie y David Oller.
Tras 35 años de haber cerrado sus puertas, las personas en los alrededores de la estación siguen hablando con cariño del sitio donde podían comprar periódicos y refrescos. Los estudiantes de esa época tienen presente cómo, después de clases, pasaban por el quiosco en busca de golosinas y, sin costo alguno, se les permitía ojear las revistas.

Dennis Oller, sobrino de Charlie y David, fue testigo de todo lo que narra el Spillway. Recuerda que, desde la muerte de su abuela Mercedes Llibre, en el año 1971, él decidió colaborar en el comercio.
Tenía 13 años en esa época y, a diferencia de su padre y tíos, su familia fue criada fuera de la Zona del Canal. Todo indica que a su padre no le agradaba la segmentación que había de la población entre Silver Roll y Gold Roll. A él, como hijo de español, le correspondió pertenecer al lado silver.
El sueño canalero
Dennis hoy es un empresario, pero no olvida el recorrido de su familia y, para entender ese negocio que es recordado como un espacio de convivencia, hay que contar la trayectoria de Henry Oller, nacido en 1885 en Barcelona.

Pese a no tener la fecha exacta de cuándo llegó al istmo, sus descendientes creen que su viaje se dio al poco tiempo de la separación de Panamá de Colombia. Incluso hay registro de que, para el año 1906, trabajó por un corto periodo en la Compañía del Canal como pintor, de acuerdo con un documento hallado por Nodier García, investigador de la historia del Ferrocarril de Panamá.

Viajó solo, pero al poco tiempo mandó a buscar a su novia Mercedes, quien, por ser hija única, vino acompañada de su madre. Henry también era hijo único, por lo que para estos Oller su vínculo con España se perdió con el tiempo.

La vida en la Zona del Canal
Melvyn Oller, nieto de Henry, junto con su esposa, cuenta que el matrimonio entre los abuelos se realizó a distancia, y consta en los libros parroquiales, ubicados a través de FamilySearch, que esta ceremonia se oficializó en la Iglesia La Inmaculada Concepción, en Colón, el 29 de julio de 1907. Tuvieron cinco hijos: Charles, Florentina, Robert (padre de Melvyn y Dennis), Ofelia y David.
El artículo del Spillway indica que Henry se incorporó como trabajador de la Estación de Balboa en el año 1920, como barbero. Llegó ahí en el momento oportuno, justo cuando el antiguo administrador del quiosco ponía a disposición el espacio. Henry no dudó en aprovechar para tener su propio negocio cerca de su lugar de trabajo, narra la publicación.

El señor Oller tuvo una trayectoria destacada en Balboa y llegó a ser reconocido como “el barbero de los gobernadores”, ya que estos altos mandos tenían por costumbre ser atendidos por sus manos.
El quiosco, una familia y una comunidad
De los cinco hermanos Oller, el mayor, Charles, y el menor, David, fueron los apoyos constantes de su madre en las faenas del comercio. Iban desde adolescentes, pero, en el caso de Charles, con el tiempo solo colaboraba los fines de semana, ya que durante 36 años trabajó en la División de Transporte Motorizado de la Zona del Canal, mientras que David sí estuvo dedicado por completo al quiosco y a un taller de reparación de radios, también ubicado dentro de la estación.

Tal como lo hicieron sus tíos, hubo otras generaciones que también tuvieron sus primeras experiencias laborales en el quiosco. Ese fue el caso de Dennis. Pero, a diferencia de sus tíos, que en su adolescencia vivían en una residencia cercana a la estación, él debía viajar desde la calle 38 de Bella Vista.
Dennis aún tiene la ruta dibujada en su mente. Salía de la calle 38 de Bella Vista en bicicleta, pasaba por el Santo Tomás, Perejil, Curundú y la Transístmica hasta llegar a la Estación de Balboa.

Apoyaba en el turno de su tío Charles, quien atendía de 1:00 p.m. a 5:00 p.m., es decir, hasta cuando ya salía el último tren. Debía atender a los clientes y dejar todo listo para el día siguiente.
Este quiosco inició en una estructura octagonal separada del edificio principal, pero en el año 1974 se remodeló el inmueble y el negocio fue incorporado a una esquina dentro de la estación. Dennis estuvo presente cuando demolieron el octágono. Recuerda la tristeza que le transmitió el semblante de su tío al ver caer el lugar donde se gestaron valiosas memorias.
Mientras se adecuaba el nuevo puesto, estuvieron en un truck. Luego iniciaron en la esquina donde atendieron a sus clientes hasta 1991, cuando cesaron operaciones debido a la transferencia de los bienes e instalaciones de la Zona del Canal a manos panameñas.
En esas décadas hubo oportunidad de tejer más historias. Dennis incluso experimentó un crecimiento en su puesto de trabajo: pasó de ganar 50 centavos al día a 50 dólares a la semana. Cuando entró a la universidad, su tío Charlie le ayudó a comprar su primer auto, un Ford Cortina del 75.

Aunque todos los hijos de Henry y Mercedes nacieron en Panamá, trataban de cultivar tradiciones propias de su cultura, como su lengua, el catalán. Si bien la siguiente generación ya no heredó esa práctica, gracias al estrecho vínculo que Dennis cultivó con Charles en el quiosco, él también aprendió un poco del idioma de sus abuelos.
Mientras Dennis crecía, otra generación iba relacionándose con el quiosco: sus sobrinas Itzel y Lili, hijas de su hermano Melvyn. Ellas eran nietas de Robert, el tercer descendiente del matrimonio Oller. Aunque Robert no tuvo una presencia constante en el negocio, en algunas temporadas debía asistir. Cuando lo hacía, llevaba a sus nietas, lo cual representaba una oportunidad para enseñarles algunas habilidades que iban desde el manejo del dinero hasta la organización.
Cuando tenían tiempo libre, podían patinar por la estación y, ya más grandes, disfrutaban ver a los jovencitos que jugaban fútbol americano en un campo deportivo cercano.
Itzel, Lili y sus primas fueron la última generación Oller que tuvo un contacto directo con el negocio, iniciado a comienzos de la vida republicana, apenas seis años después del paso del primer barco por el Canal. Hoy, aunque no está el quiosco ni se escucha el silbato del tren, ese espacio en Balboa sigue evocando la memoria de un lugar que se convirtió en una verdadera institución familiar y comunitaria.

Con información de Nodier García, investigador de la historia del Ferrocarril de Panamá

