Cuando Vanessa recuerda lo vivido en 2020, no encuentra un solo momento que explique todo lo que ocurrió y cómo llegó a la depresión. Había demasiadas cosas sucediendo al mismo tiempo.
Se estaba divorciando, acababa de descubrir que estaba embarazada y se había ido a vivir con su madre. En medio de los cambios también aparecieron problemas familiares, y a esto se le sumó la pandemia de covid-19.
Vanessa es estilista y quedó sin trabajo. Las cuentas comenzaron a acumularse y sus finanzas estaban en rojo. Poco a poco, la angustia se convirtió en ansiedad y luego llegó la depresión. Todo cambió.
De ser una mujer trabajadora y luchadora se volvió un ser sin fuerzas, sin esperanzas, sintiéndose atrapada en todo momento. Fue en medio de ese cúmulo de situaciones cuando llegó a un punto de desesperación en el que pensó que no quería continuar. Quería que todos sus problemas terminaran.
Luego de seis años puede hablar de esa idea, la cual estuvo en su cabeza dando vueltas. Pensar en sus dos hijas y en el niño que venía en camino la hizo desechar lo que creía la solución a sus problemas.
Pero la lucha contra la depresión, una de las causas que puede llevar a una persona a pensar en quitarse la vida, continúa. “Sentí que avanzaba con la ayuda de mi psicóloga, pero retrocedí al recibir un diagnóstico de cáncer”, cuenta Vanessa, de 38 años.
Esta historia ayuda a entender una realidad que con frecuencia queda oculta detrás de las estadísticas, aquellas que nos dicen que en el mundo se suicidan 720 mil personas al año, según la Organización Mundial de la Salud o la del Ministerio de Salud, que señala que desde 2019 a 2024 se quitaron la vida 882 personas en Panamá.

Y es que una crisis suicida - estado transitorio y de alta intensidad en el que la muerte se organiza como salida a un dolor vivido como intolerable, interminable e inescapable- rara vez puede explicarse solamente por el momento en que una persona intenta quitarse la vida. En la mayoría de los casos existe un proceso previo de desgaste, dolor y desesperanza que puede prolongarse durante semanas, meses o incluso años.
Una suma de dolores
La doctora en Psicología y especialista en prevención del suicidio, Vali Maduro, explica que no existe un número determinado de oportunidades en las que una persona puede ser escuchada antes de llegar a una crisis. La muerte por suicidio es el resultado de una suma de factores, no de un único acontecimiento.
Asegura que lo que sí se conoce es que el riesgo suicida puede desarrollarse como un proceso que pasa por diferentes etapas: ideación, deseo de muerte, planificación, preparación y, eventualmente, un intento.

No todas las personas atraviesan exactamente las mismas etapas ni lo hacen de manera lineal. Pero reconocer que existe un proceso permite entender algo fundamental: hay momentos en los que es posible intervenir.
La también psicoanalista señala que investigaciones han encontrado que, en muchos casos, transcurre un periodo considerable entre la aparición de la idea del suicidio y la acción. Esa ventana de tiempo representa una oportunidad para identificar factores de riesgo (depresión, consumo de drogas, sufrir pérdida de un ser querido u hogar, tener problemas graves de salud) y las señales de advertencia (desesperanza, sentirse atrapado, ira, sentir que no pertenece a ningún lado, ausentismo, entre otras).
Para la psicóloga y psicoterapeuta, Paola Saldaña, antes de una crisis suicida suele existir un proceso de desgaste y no necesariamente un quiebre repentino. Puede haber cansancio que no desaparece con descanso, insomnio severo, cambios bruscos de ánimo, irritabilidad, aislamiento o una calma inesperada después de un periodo prolongado de angustia, a lo que hay que prestarle atención si la causa continúa y no creer que la persona ya está bien.
También pueden presentarse dificultades en el trabajo o los estudios, ausencias, errores inusuales o, en algunos casos, una hiperactividad que funciona como una manera de no conectar con el sufrimiento.
En la familia y en el círculo cercano pueden aparecer expresiones que parecen casuales, pero que adquieren otro significado cuando se observan dentro de un patrón de cambios. “Estoy cansado de todo”, “ya no quiero ser una carga” o “todo estaría mejor sin mí” pueden ser expresiones de un dolor que la persona no sabe cómo llevar.
Ninguna de estas señales, por sí sola, significa que alguien necesariamente está en riesgo suicida. Lo importante, explica Saldaña, es observar el cambio sostenido respecto de cómo era esa persona anteriormente para que las señales no pasen inadvertidas.
En la experiencia de Vanessa, el sufrimiento no desapareció después de que naciera su hijo o acabara la pandemia. Este se transformó y se prolongó con la llegada del cáncer. Sin embargo, con la ayuda de una psicóloga aprendió a mejorar sus síntomas y a sentirse acompañada.
Ella se guardó su deseo, y no habló con su familia sobre ese tema. Pero no todos los casos son así, en muchas ocasiones quien vive una crisis suicida expresa lo que tiene en mente, y hay que estar preparados para saber cómo ayudar.
No es egoísmo
Uno de los mitos más persistentes es considerar egoísta a quien muere por suicidio.
Maduro cuestiona esa interpretación. Explica que una persona en una crisis suicida puede estar profundamente afectada por el dolor emocional y por una enfermedad mental, hasta el punto de perder temporalmente la capacidad de cuidarse a sí misma y de percibir alternativas.
Saldaña, coincide al decir que la crisis puede estrechar la mirada de la persona hasta hacer imposible imaginar otra salida.
Las personas que no han vivido una crisis suicida suelen preguntarse al momento de conocer que alguien se quitó la vida: “¿no pensó en sus hijos o en sus padres?”. Las psicólogas aseguran que el amor por los hijos, la pareja, los padres o los amigos no necesariamente desaparece. Lo que puede desvanecerse temporalmente es la capacidad de imaginar un futuro en el que el sufrimiento termine de otra manera.
En el caso de Vanessa, pensar en sus hijos fue precisamente uno de los elementos que la ayudó a apartarse de aquella idea. Pero eso no significa que el amor familiar sea un tratamiento contra la depresión ni que tener hijos proteja por sí solo a una persona de una crisis. Significa que, en aquel momento particular, sus hijos representaron para ella un ancla.

Qué preguntar... qué decir
Aunque la depresión no es la única causa que puede llevar a una crisis suicida, sí se convierte en un factor de riesgo.
Y debemos estar preparados para ayudar a quien lo necesite. Una forma es saber qué preguntar y qué decir.
¿Qué frases nunca deberíamos decirle a una persona que sufre de depresión? Según las expertas, son muchas y entre ellas están: pon de tu parte, eso no es para tanto, todo está en tu cabeza, hay personas que tienen problemas peores, tienes que ser fuerte, te falta fe, échale ganas, piensa en positivo, pero lo tienes todo.
Estas frases, aunque casi siempre tienen buena intención, pueden ocasionar que la persona sienta que su sufrimiento es una falla personal y que debe ocultarlo, y lo que hará es aislarse.
Las psicólogas coinciden en que uno de los mayores obstáculos para la prevención del suicido es el miedo a hablar del tema. Existe la creencia de que preguntarle a alguien si ha pensado en suicidarse puede “meterle la idea en la cabeza”, expresó Saldaña.
Asegura que ocurre lo contrario. Preguntar directamente no aumenta el riesgo; puede abrir un espacio para que la persona pueda nombrar lo que está viviendo sin sentirse juzgada.
La recomendación de las especialistas es acompañar sin juzgar, no intentar solucionar inmediatamente todos los problemas y ayudar a la persona a buscar atención profesional.
Cuando alguien expresa pensamientos suicidas, no debe ser dejado solo si existe un riesgo inmediato. Es necesario buscar ayuda profesional o de emergencia y no asumir que la responsabilidad puede recaer únicamente en familiares o amigos.
El acompañamiento influye muchísimo: puede ser la diferencia entre que alguien se sienta completamente solo con su sufrimiento o sienta que hay un puente, que muchas veces es lo único que sostiene a alguien mientras el tratamiento hace su efecto, explica Saldaña.

Por su parte, Maduro manifiesta que la mejor de manera de ayudar a una persona en riesgo es saber si tiene la intención de quitarse la vida, si tiene un plan de cómo hacerlo, si tiene lo que necesita para llevarlo a cabo, y si tiene una fecha establecida. Si responde a todas de manera positiva, la persona con la que está hablando está en un riesgo severo y necesita ser hospitalizado lo antes posible.
Las especialistas coinciden en que la mejor manera de comenzar la prevención es no mirar hacia otro lado, es atreverse a preguntar ¿cómo estás realmente? En vez de decir todo estará bien.
En una crisis suicida puede sentirse como si no hubiera salida, pero esa percepción puede cambiar. Por eso llegar a tiempo, escuchar, ser empático, preguntar y buscar ayuda importa muchísimo, ya que el suicidio no comienza necesariamente en el último instante, es un proceso que debemos aprender a reconocer para salvar vidas.
(En el caso del testimonio, el nombre fue cambiado para proteger su identidad)

