El intenso aroma del café turco y las espectaculares vistas desde la ventanilla del avión que nos llevó desde Panamá hasta Estambul marcaron el inicio de nuestro viaje de descubrimiento al corazón de Turquía, donde cada región tiene su propio ritmo, sabores y tradiciones.
Su ubicación entre dos continentes, Europa y Asia, ha dotado a Turquía de una geografía especial, ideal para varios tipos de turismo: cultural, de aventura, de salud y vivencial.

Desde Estambul tomamos un vuelo hacia Isparta, ubicada en el Distrito de los Lagos, al suroeste del país. También es conocida como la “Ciudad de las Rosas”, un nombre que le viene como anillo al dedo, porque el aroma floral flota en el aire.
En sus extensos campos, familias de agricultores cultivan cuidadosamente la famosa Rosa Damascena para extraer su aceite, codiciado por las principales casas de cosmética del mundo.
Al llegar por la mañana a los campos de Güneykent, un grupo de bailarines nos recibió e invitó a unirnos a una danza tradicional. Las melodías turcas, los vibrantes colores del paisaje, el aire puro y el aroma de los rosales nos animaron a dejar atrás el estrés citadino y a sumergirnos en una cultura milenaria.
Güneykent ofrece una experiencia inmersiva que incluye recorridos por los campos de rosas y la destilería, participación en la cosecha y degustación del tradicional desayuno ispartano. La protagonista es la mermelada de rosas, con un sabor dulce y floral, acompañada de otros productos locales como tahini, tortillas de harina de trigo y quesos elaborados con ingredientes cultivados en la zona.
Cada flor recolectada es cuidadosamente deshojada a mano. La temporada de cosecha se extiende desde mediados de mayo hasta finales de junio, una de las mejores épocas para visitar la región.
Turquía exporta el 65% del aceite de rosa utilizado en el mundo. Para obtener un litro de aceite esencial se requieren alrededor de cuatro toneladas de pétalos frescos.
El museo del perfume
Otro punto del itinerario fue la iglesia de Aya Banya, donde se encuentra el primer museo de fragancias de Turquía. Allí realizamos un recorrido olfativo por algunos de los perfumes más antiguos del mundo, en los que predominan las notas de lavanda, incienso y rosas.

La ciudad de los emperadores
El viaje continuó hacia Sagalassos, ubicada a unos 100 kilómetros de Antalya, en la cordillera de los montes Tauro. Considerada una de las ciudades más antiguas del país, ha sido reconocida como Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Bajo sus escalinatas de piedra descansan las huellas de los imperios romano, bizantino y otomano. Sagalassos es una joya arqueológica que desafía el paso del tiempo. Ni siquiera el devastador terremoto del siglo VII logró borrar por completo su esplendor.

Desde 1990, un equipo internacional de arqueólogos trabaja en la recuperación de monumentos emblemáticos, entre ellos la Fuente de Antonino, que ha vuelto a funcionar, así como los baños romanos y un teatro.
Entre montañas, mar y leyendas
La antigua ciudad portuaria de Phaselis (Fasélide), situada entre los montes Bey y el Parque Nacional de Olympos, refleja los contrastes que enriquecen la experiencia de viaje en Turquía. Resultó relajante caminar por su playa y explorar el yacimiento arqueológico que aún conserva vestigios de las épocas romana y bizantina.

Luego nos dirigimos al distrito de Kemer para visitar el monte Tahtali (el antiguo monte Olimpo, considerado la morada de los dioses). Subimos a la cima en el Olympos Teleferik, el funicular más largo de Turquía, con una mezcla de emoción por las impresionantes vistas panorámicas y vértigo, debido a que estábamos a 2,365 metros sobre el nivel del mar.
Por último, visitamos las cascadas Düden, en el distrito de Kepez, un oasis situado dentro del parque homónimo, con imponentes caídas de agua de 40 metros y deslumbrantes vistas al mar Mediterráneo.
Entre el aroma persistente de las rosas, el eco de las ruinas y la brisa del Mediterráneo, Turquía se revela como un territorio donde la historia no se contempla: se camina, se respira y se escucha.

