Y entonces la noticia se regó como fuego por todo Lima: el Grupo Niche ofrecería un concierto gratuito en Campo de Marte, invitado por una emisora local, Radiomar Plus, que dejaba escapar por la radio un comercial que aún muchos peruanos recuerdan con gracia, “¡Niche… Nichelopierda!”…
Era marzo de 1989 y hasta ese momento la agrupación colombiana, fundada una década atrás por Jairo Varela –a quien un infarto le arrebató la vida un día como hoy, hace 10 años–, no se había presentado en Perú, un país que aprendió a amar la salsa desde que el Callao la dejó entrar sin remedio por sus muelles.
La cita era el domingo 19. Lo recuerda bien Richie Valdés, cantante y luego director del grupo, quien al igual que sus compañeros no dimensionaba el fervor que Niche despertaba entre los peruanos.
El tabloide La Crónica lo resumiría así en letras de molde en su edición del lunes: “500 mil asistentes, arde la salsa”.
Un verdadero hito: basta pensar en Rock in Río, por ejemplo, que logra reunir en una misma jornada unas 100 mil personas.
Fue entonces cuando comprendieron el delirio que habían vivido la noche anterior y que los peruanos buscaron inscribir en los Guinness Récords.
“Llegamos como a las seis de la tarde. Todavía había luz de día, y al subir a la tarima uno no alcanzaba a ver dónde terminaba la gente, ni hacia atrás ni para los lados, algunos estaban en las copas de los árboles. Era impresionante”, evoca Valdés a EFE.
Con el puertorriqueño Tito Gómez en sus filas –y la fama a cuestas de su paso por La Sonora Ponceña–, Varela y sus muchachos hicieron de Campo de Marte un solo coro al son de Nuestro sueño y Cómo podré disimular.
También al compás de una melodía en ciernes –”Si yo pudiera elegir el lugar donde quisiera morir, sería el Perú, sería el Perú”...–, que Varela terminaría de componer a la mañana siguiente en el Hotel Crillón y que aún hoy emociona hasta las lágrimas a devotos salseros del país: Me sabe a Perú.
“Ese concierto –asegura Rommel Caicedo, sobrino de Varela y mánager de la agrupación– fue para Niche la confirmación de que su música había trascendido las fronteras, que no era ya solo una agrupación colombiana, era en realidad una orquesta internacional”.
‘FALTÓ UN PAÑUELO’
Los recuerdos de Caicedo brotan entre la nostalgia que embarga a la familia Niche y sus seguidores al cumplirse diez años de ausencia de su padre musical. Del chocoano que en la década de 1970 caminaba por la céntrica calle 19 de Bogotá, cargando la pobreza como moneda suelta en los bolsillos.
Ya para ese momento acariciaba el sueño de conformar su propia orquesta, abrevando lo mejor de las enseñanzas de música clásica y solfeo del sacerdote español Isaac Rodríguez –en la niñez de su natal Quibdó– y el arrullo de las chirimías del Pacífico.
Pronto encontraría en Alexis Lozano –músico y tan chocoano como Varela– a un cómplice con el que ese anhelo fue tomando forma.
Así, tras varios meses resolviendo la vida con presentaciones esporádicas, nació Niche y un primer trabajo discográfico –Al pasito– que sonó tímidamente en la radio.
No pasaría mucho tiempo antes de que Jairo y sus “niches” llegaran a Nueva York con otro trabajo discográfico, Querer es poder –que se distribuyó de manera informal discoteca por discoteca–, y un éxito que supuso un antes y un después: Buenaventura y Caney.
Que lo diga Luis Tuto Jiménez, vocalista de Niche entre 1981 y 1985: “Cuando nos presentamos por primera vez en Cali, en diciembre de 1982, en el estadio Pascual Guerrero, todo el mundo quería tocarnos, sin saber bien quién era el Grupo Niche. Algunos pensaban que éramos de Puerto Rico, otros de Cuba o de República Dominicana. Pero nadie se imaginaba que éramos de Puerto Tejada y de Buenaventura, tan niches (negros) como ellos”.
Es que el ascenso de Niche se daría realmente en Cali, que aún hoy sigue siendo el bastión de su memoria y legado.
La ciudad en la que compuso de madrugada, mientras el resto del mundo perdía el tiempo durmiendo, la mayoría de sus más de 200 canciones, dotadas de una engañosa sencillez que lo mismo celebran “un beso y un abrazo exacto en el momento”, una ciudad que es “luz de un nuevo cielo” o una aventura que es más bonita “cuando un beso robado queda siempre como adiós”.
Ese aliento poético, su extraña habilidad de componer música sin saber leerla o escribir notas sobre un pentagrama, le permitieron a Varela producir más de 20 álbumes, tres de los cuales se quedaron a vivir en las grandes ligas del género.
Cielo de tambores, de 1990, fue incluido en la lista de “Los 50 álbumes esenciales de la música latina” de Billboard; No hay quinto malo, cuyo éxito Cali Pachanguero hace parte de “Las 50 mejores canciones latinas de todos los tiempos” de Billboard, y 40, que le entregó a Niche su primer Grammy Anglo en 2021.
