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James Salter: ‘Cuentos completos’

Yo tampoco había oído hablar de James Salter (1925-2015) hasta que el escritor español Ignacio del Valle comenzó a hacerlo con tanta pasión que no dudé en buscarlo. Juego y distracción y Los cazadores me confirmaron sus motivos y me pusieron sobre la tarea de leerlo. Supe entonces que también escribía cuentos, y confirmé que la grandeza del oficio de escribir, como es obvio y a veces no se termina de entender, se fragua en los detalles pequeños, que su firmeza radica en la capacidad de deshacernos de lo pomposo para hilar fino y acertar con cada palabra.

James Salter es uno de esos escritores que llegan tarde a su cita con la popularidad. En un interesante artículo de 2013, Antonio Muñoz Molina reconocía no saber nada de él, y una vez metido en la “dimensión” Salter, como nos pasó a muchos, ya estás intoxicado, ya estás buscando sus obras, leyendo entrevistas, queriendo descubrir la vida que se esconde detrás de los ojos azules de un hombre que estudió en West Point y que dejó todo eso para dedicarse por completo a la escritura. Allí están sus memorias, Quemar los días, y también sus lecciones sobre el oficio de escribir, El arte de la ficción, que deja entreabierta la puerta al universo creativo de este autor imprescindible.

Ahora tenemos sus Cuentos completos, (Editorial Salamandra, 2023), traducidos por Enrique de Hériz, Luis Murillo Fort y Aurora Echevarría, que nos permiten ver al autor de Años luz y Todo lo que hay, enfrentarse al género breve y comprobar que la capacidad narrativa de Salter permanece intacta. No es un novelista que escribe cuentos, se nota el dominio de las distancias cortas (muchos novelistas son incapaces), dándonos verdaderas lecciones de oficio y dejándonos un puñado de muy buenas historias.

Hay que admitir que al leer colecciones de cuentos no todos nos parecen buenos. Solemos caer en la tentación de compararlos entre ellos, vicio del cual nos salvaban las revistas literarias que incluían cuentos sueltos de distintos autores, y que producían en nosotros la situación ideal para recibir un solo impacto y quedarnos con la resonancia de la historia. Leídos en conjunto, nos asaltan las comparaciones. No obstante, muchos de estos veintidós cuentos merecen la consideración de “redondos”, aunque tienen una autonomía afectiva (como toda obra) que los hace adherirse a la emoción más allá de la técnica, lo que se reconoce poco, divide opiniones y no suele admitir mucha más discusión. Cuentos como La última noche, uno de los más celebrados, o Cometa o Hijos perdidos, son ejemplos de distintas formas de abordar el cuento, de escribirlo, pero el trabajo de tanteo seguro, esa paradoja que urde el escritor ante los ojos del lector, es algo que pocos autores consiguen: la sensación de titubeo, de niebla que se va disipando o convirtiendo en las formas de lo que se cuenta. Esa vacilación intencionada del suelo narrativo de las historias, hacen que estos cuentos, directos, brutales, de gran belleza y tan bien orquestados, se nos queden encima. Lo que inquieta de la sencillez aparente de la escritura de James Salter es que, cuando pisamos en firme, nos precipitamos a un lugar casi siempre inesperado que se parece mucho a lo cotidiano.

«Porque tenías razón, James, los escritores de verdad nunca se retiran, y el único modo de detenerlos es arrastrarlos afuera y pegarles un tiro», nos recordaba Ignacio del Valle en 2018 lo que decía Salter: el retiro es imposible, y menos para escritores de esta talla, de esta libertad creativa, de esta manera de estar en el mundo: incluso después de pegarles un tiro, la influencia de su obra se hace más vigente y, en algunas literaturas nacionales, es casi urgente. Ahora que saben de James Salter no dejen de leer estos Cuentos completos, un encuentro con la capacidad de evocar la vida de un personaje, la atmósfera de una ciudad, la tristeza tibia de una situación con muy poco, con una generosidad económica de recursos que los va a llevar a sus novelas y a las profundidades de este clásico del siglo XX, y de también de este este, que le ha visto dejar una honda huella en la literatura contemporánea.

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