La familia de dos escritores

Los novelistas Héctor Abad Faciolince y Juan David Morgan hablaron de sus orígenes y de sus libros durante un conversatorio que formó parte de la programación del festival Hay Fórum Ciudad de Panamá (23 y 24 de enero).

La familia de dos escritores
Héctor Abad Faciolince, Emma Gómez y Juan David Morgan. Cortesía/Daniel Mordzinski

Héctor Abad Faciolince (Colombia) y Juan David Morgan (Panamá) nacieron en hogares donde siempre hubo libros, donde las lecturas eran cotidianas como el pan en el desayuno y cuyos padres escribían o recitaban poemas.

Ambos escritores latinoamericanos han dedicado sus años a construir obras precisamente sobre las dinámicas de las familias y los dos han redactados novelas sobre la figura de los padres, los hermanos, los tíos y los abuelos.

De chico, Héctor comenzó a escribirle cartas a su padre. Aunque vivían en la misma casa no siempre podía tomar la palabra en las conversaciones familiares.

“Tengo 5 hermanas. Ellas y mis padres eran adorables. Yo les decía: ‘no me adoren tanto’. Era un exceso de cariño que tenía para el niño callado que era yo. Mis hermanas hablaban mucho y yo le escribí cartas a mi papá para tener acceso él”, recuerda Héctor en un conversatorio donde participó también Juan David y que fue moderado por la profesora Emma Gómez (Panamá).

La primera novela que redactó Juan David (Fugitivos del paisaje) no la iba a publicar. Pensaba que aquel texto era más del interés de sus familiares y además fue una manera de llenar el vacío de la muerte de su padre.

La familia de dos escritores
El conversatorio se llevó a cabo en el Teatro Anita Villalaz (San Felipe). Cortesía/Daniel Mordzinski

“Es un relato sobre papá y mamá, pero de forma novelada. Ellos escribieron versos y cuentos. En Fugitivos del paisaje incluí versos de mi papá. Mis nietos me preguntan qué partes de Fugitivos del paisaje (Alfaguara) son verdad y cuáles no”, rememora Juan David ante un Teatro Anita Villalaz que estaba a reventar de un público fans de ambos autores y que se dieron cita en esta que fue una de las 16 actividades del Hay Fórum Ciudad de Panamá.

Puras mentiras

“Yo escribo novelas que son verdaderas, pero mis hermanas siempre me dicen que son puras mentiras y yo termino creyéndoles a ellas”, afirma Héctor, quien admite que tantos años después aún no sabe si lo que escribe es bueno o es una basura. “No hay un criterio objetivo o para evaluar la literatura”.

Juan David comenzó a escribir novelas históricas porque, aunque era un excelente estudiante, quería conocer mejor la historia en mayúscula de Panamá. “Y sentía que había la necesidad de divulgarla historia”, indica el menor de seis hijos de Eduardo Morgan Álvarez y Benigna González de Morgan.

A Héctor no le agrada escribir novelas históricas, pero sí le gusta leer esas clases de obras “porque te explica hechos sencillos que no entendías”.

La poesía es peligrosa

El amor por la poesía le viene a Héctor por el lado paterno. A su papá no le gustaban demasiado las novelas, lo suyo eran más los ensayos y los poemarios. “La poesía es encantadora para los niños, bueno, para todas las edades, porque uno no termina de entenderlas, pero atrapan porque son muy sonoras”.

De muchacho, Héctor también tejía palabras y las convertía luego en versos, pero un día, de golpe, dejó este oficio. Fue cuando un vecino, amigo y cómplice, también joven bardo en desarrollo, se suicidó. “Allí supe que era peligrosa la poesía y la abandoné”.

De corazones por sanar

Luego la conversación entre Juan David Morgan, Emma Gómez y Héctor Abad Faciolince derivó en la novela más reciente del colombiano: Salvo mi corazón, todo está bien (Alfaguara).

Es sobre un cura que en la ciudad de Medellín, durante la violenta época del narcotráfico en Colombia, le enseñaba cine y ópera a jóvenes interesados en aprender. “Era darle una manera de darle la espalda a la violencia de la realidad. Era también otra manera de entender la realidad a través del cine y la música”.

“Un escritor es una antena que va oyendo historias. A veces alguien nos cuenta una de esas historias y no la olvidamos en medio del ruido del mundo”. Una de esas historias fue la de ese sacerdote que Héctor conoció de cerca y que supo algún día le dedicaría una obra de ficción. “Escribí esta novela sobre un cura bueno para que mi mamá le gustará, porque era creyente y no le gustaba que yo dijera públicamente que era ateo”.

Tanto el personaje verdadero como el de ficción sufrían del corazón y estaban en lista de espera para recibir uno en donación. “La honestidad de ambos personajes era grande porque sabían que podían morir si no recibían un corazón. También escribí sobre el corazón porque es un género desprestigiado como también están desprestigiados los curas”.

En el proceso de escritura el propio corazón de Héctor necesitó ser atendido. “Cuando me enfermé me dio por leer sobre el corazón porque tenía mucho miedo a morir”.


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