El 10 de abril de 2026, la cápsula Orion del Artemis II salpicó en el Pacífico frente a San Diego. Cuatro astronautas regresaban de haber rodeado la luna, la primera misión tripulada en llegar tan lejos desde el Apolo 17 en 1972. El mundo los vio salir de la cápsula, saludar desde la balsa inflable, llegar al buque de recuperación. Fue un momento histórico, transmitido en vivo por decenas de plataformas.
En Panamá, casi nadie conectó lo que estaba viendo con lo que ocurrió aquí, en nuestras selvas, más de sesenta años atrás.
Pero hay una historia que une a los astronautas del Apolo con el Darién. Una historia que comienza en Río Chico, con un hombre que nunca pisó una nave espacial, que no habló inglés durante años, que no tenía título universitario ni credencial científica. Un hombre que caminaba descalzo por la selva y conocía cada árbol, cada corriente de agua, cada señal que la naturaleza da a los que saben escucharla.
Su nombre era Manuel Antonio Zarco. Era cacique, chamán y jaibaná del pueblo Emberá. Y fue, durante más de dos décadas, el instructor de supervivencia en selva más respetado del ejército de Estados Unidos.
Un conocimiento que no se aprende en ningún libro
Zarco nació en Río Chico, en la provincia de Darién. A los veinte años comenzó a moverse siguiendo la lógica de los ríos, fundando comunidades a su paso. Su formación era la de su pueblo: la lectura del monte, el conocimiento de las plantas, la habilidad para rastrear seres vivos en la espesura, la capacidad de entender los ritmos de la selva como otros entienden el tráfico de una ciudad. Era, además, jaibaná, el rol espiritual y medicinal más importante dentro de la cultura emberá. Proyectaba una visión del mundo en la que la naturaleza no era un obstáculo sino un sistema vivo con su propia lógica.

En la década de 1950, el antropólogo estadounidense Morgan Smith realizaba su tesis doctoral sobre los asentamientos humanos en torno al río Chagres. Buscaba entender cómo vivían tanto las comunidades indígenas, así como los grupos campesinos que habían migrado hacia esa cuenca. Zarco fue su colaborador, su guía, su interlocutor principal. Los dos construyeron una relación de trabajo y amistad que cambiaría el curso de ambas vidas.
En esa época, Estados Unidos estaba involucrado en varios conflictos armados en Asia. El ejército necesitaba soldados que pudieran sobrevivir en terrenos tropicales, y la mejor selva tropical accesible para entrenamiento estaba aquí, en Panamá, donde la Fuerza Aérea tenía su base en Albrook. La decisión fue trasladar la Escuela de Supervivencia en el Trópico desde California. Y Smith, nombrado para dirigirla, fue directo: buscó a Zarco.
El acuerdo fue sencillo en su forma a la vez que extraordinario en su alcance. Zarco enseñaría técnicas de supervivencia en la selva. También enseñaría cómo comunicarse con poblaciones nativas, algo que el ejército necesitaba con urgencia para no fracasar en territorios donde la relación con los locales era la diferencia entre la vida y la muerte.
“Era muy ducho con el rastreo humano. Se encargaba de buscar a los soldados que se perdían”, recuerda Abdiel Iván Batista, rescatista de la Cruz Roja y uno de sus discípulos más cercanos.
A medida que avanzó la guerra de Vietnam, los testimonios de soldados que habían sobrevivido usando lo que aprendieron en Panamá se acumularon en informes militares. Esas experiencias dieron origen al primer libro de supervivencia en selva de la Fuerza Aérea, titulado ‘Supervivencia en tierra y en el mar’. El conocimiento de Zarco quedó codificado en ese manual aunque su nombre no aparecía en la portada.
Cuando llegaron los astronautas
En 1963, la NASA tenía un problema logístico con implicaciones de vida o muerte. Los cálculos físico-matemáticos del programa Apolo indicaban que las cápsulas regresarían a la atmósfera por el Pacífico sureste, en las inmediaciones de Borneo y Sumatra, una región tropical. Si algo salía mal durante el reingreso y la nave aterrizaba en la selva en lugar del océano, los astronautas necesitarían saber cómo sobrevivir hasta que los encontraran.

Panamá tenía exactamente lo que la NASA necesitaba: una selva tropical densa, la Escuela de Supervivencia en el Trópico ya instalada, y al mejor instructor del mundo para ese entorno. La NASA mandó a sus astronautas a entrenarse aquí, para hacerlo con el mejor.

A finales de mayo de 1963 llegaron a Panamá dieciséis astronautas del programa Apolo. Entre ellos estaban Neil Armstrong, Buzz Aldrin, John Glenn y Michael Collins. Se hospedaron en el antiguo Hotel Tivoli, en la ciudad. Durante quince días recorrieron tres ambientes distintos del trópico panameño: el área que hoy es el Parque Metropolitano, sede original de la Escuela de Supervivencia; la aldea de Emberá Purú en el río Chagres; y la frontera con Colombia, en el Darién. Zarco los guió a todos.
El primer día, cuando Morgan Smith hizo las presentaciones formales, alguien explicó al grupo lo que aquellos hombres estaban preparando: un viaje a la luna. Zarco escuchó la traducción y respondió con algo que nadie esperaba. Para el pueblo emberá, dijo, la luna es el lugar al que asciende el espíritu de los muertos cuando dejan este mundo.
John Glenn pidió que le tradujeran exactamente lo que había dicho. Se puso de pie, caminó hacia él y le extendió la mano. Se dieron un apretón que, según quienes lo presenciaron, selló algo más que una cortesía de protocolo.
“Se dan un fuerte apretón que sella el comienzo de una amistad que duraría hasta la muerte del ‘jefe’ en el 2010”, cuenta Batista.
Durante quince días, los futuros hombres en la luna aprendieron a orientarse sin instrumentos, a identificar plantas comestibles, a construir refugios, a encontrar agua, a comunicarse con comunidades que no hablaban inglés. Aprendieron a leer la selva como Zarco la leía: como un sistema vivo que tiene sus propias reglas y que castiga a quien no las respeta.
La amistad que duró décadas
El 20 de julio de 1969, Armstrong y Aldrin caminaron por la superficie lunar. Millones de personas vieron la escena por televisión. Zarco también miraba hacia el cielo esa noche. Seguro pensaba que sus amigos habían llegado al lugar donde, según la cosmología emberá, viven los ancestros.
La relación con Glenn no fue solo un recuerdo de entrenamiento. Fue una amistad real, cultivada a lo largo de los años. Zarco continuó su carrera como instructor incluso después de que la Escuela de Supervivencia en el Trópico cerrara sus operaciones en Panamá en 1975. Siguió dictando cursos esporádicos, se incorporó a la Cruz Roja, colaboró con la escuela Panajungla de las Fuerzas de Defensa, y pasó dos décadas enteras en la sección de Hidrografía del Canal de Panamá, fabricando canoas y asesorando al cuerpo de ingenieros que monitoreaba la cuenca. Su labor en el Canal se extendió por veinte años.

Los reconocimientos llegaron, aunque pocos los vieron desde este lado del mundo. Recibió la Medalla por Servicio Público Distinguido, el más alto honor civil que otorga el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Le dieron el grado de general del ejército. Fue condecorado en la Casa Blanca en 1971. La NASA le otorgó el Silver Snoopy Award, que es el reconocimiento especial que la agencia entrega a quienes contribuyen a la seguridad de las misiones espaciales, representado por un pin con Snoopy vestido de astronauta. Dictó conferencias en la Universidad del Aire del ejército, en Alabama, y donó su bastón de jaibaná y su atuendo tradicional al Museo del Indio Americano en Washington D.C., que forma parte del Smithsonian Institute.
En Panamá, pocos lo supieron.
El olvido tiene explicación, pero no tiene excusa
Sus hijos y quienes lo conocieron atribuyen el anonimato a una razón concreta: toda su trayectoria se desarrolló dentro de la Zona del Canal y para el ejército de otro país. Fue una vida paralela a la historia oficial panameña, en un territorio que durante décadas operó como un enclave separado.
“Esta historia tiene que darse a conocer. Su aporte fue enorme a un conocimiento que estaba empezando y del que él tenía pleno dominio”, dice Batista.

Su hija Natalia, que escribe el apellido con S, Sarco, creció viendo el desarrollo de esa carrera. No había nacido cuando los astronautas vinieron a Panamá, pero vivió de cerca el trabajo de su padre como instructor de búsqueda y rescate. Lo recuerda siempre explicando, con voz tranquila, la lógica de la naturaleza y la importancia de entender el entorno antes de intentar dominarlo.
“A mí sí me gustaría que los panameños reconociéramos su labor y que conocieran esta historia, porque está bajo la sombra de otras y es importante. La mayoría de los panameños desconocen que era un indígena que no tuvo estudios, pero compartió con gente importante y fue partícipe de la conquista de la luna”, dijo Natalia.
Un escalón en la escalera
Quienes lo conocieron lo describen como un hombre sereno, observador, generoso, de hablar pausado. Sus amigos le llamaban Tomé, que en emberá significa escalera. Sus compañeros de trabajo le llamaban Chapá, que significa hermano.
Murió el 25 de marzo de 2010, a los noventa y seis años, en Gamboa, en su comunidad. Tuvo dieciséis hijos. Todavía lo recuerdan algunos caminando hasta la orilla del río, quitándose la ropa de ‘latino’ y poniéndose su atuendo tradicional para subir a su canoa y regresar a casa después del trabajo.
Cuando el Artemis II despegó el 1 de abril de 2026 y sus cuatro astronautas viajaron más lejos de la Tierra que cualquier ser humano en la historia, hubo un hilo invisible que conectó ese cohete con una selva panameña y con un hombre que nunca firmó un contrato con la NASA pero que abrió el camino con su conocimiento, su paciencia y su comprensión de que la naturaleza, bien entendida, no es un peligro sino una aliada.
Panamá estuvo en la conquista del espacio. Pocos lo saben. Ya es hora de que lo sepan todos.
Amalia Aguilar Nicolau es periodista cultural y humanista digital.


