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La princesa que no obedeció

Sin proponérselo, Diana de Gales –que no juró obediencia a su marido, Carlos– dejó un legado que sobrevive tras 25 años de su muerte y que ha acercado a la monarquía británica a sus súbditos

La princesa que no obedeció
Diana de Gales murió un día como ayer, 31 de agosto, hace 25 años. Reino Unido aún lamenta su muerte.

Diana de Gales, de cuya muerte se cumplieron ayer miércoles 25 años, fue la primera mujer de la realeza británica que omitió la palabra “obedeceré” en sus votos matrimoniales, al casarse con el príncipe Carlos. Su ejemplo, en esa y otras muchas cuestiones, dejó una huella imborrable y cambió la monarquía para siempre.

La “princesa del pueblo”, un apelativo que acuñó el ex primer ministro Tony Blair, conquistó a los británicos con su carácter cercano y revolucionó a los Windsor con su rechazo a regirse por anquilosadas costumbres cultivadas durante siglos.

Eligió dar a luz en un hospital, en lugar de hacerlo en casa, como mandaba el protocolo a las princesas, y envió a sus hijos Guillermo y Enrique al colegio, en lugar de educarlos con instructores particulares, para que estuvieran integrados en la sociedad desde la primera infancia.

Tampoco aceptó la norma que prohibía a su primogénito viajar junto a sus padres para evitar romper la línea de sucesión al trono en caso de accidente, y en diversas ocasiones Guillermo pudo volar con ella y el príncipe Carlos.

Muchas de las reglas que Diana rompió quedaron de facto abolidas en la monarquía británica y las duquesas Catalina y Meghan, que tampoco juraron obediencia a sus maridos, sino solo “amarlos”, han seguido años después su modelo en multitud de aspectos de sus vidas.

Su muerte precipitó los cambios

Si en vida revitalizó la imagen y la popularidad de la monarquía en el Reino Unido, su muerte, con solo 36 años, se convirtió en una catarsis nacional que forzó a la familia real a cambiar la relación que mantenía con los ciudadanos británicos.

En los días posteriores al trágico accidente que acabó con su vida, el 31 de agosto de 1997, cuando miles de personas lloraban su desaparición a las puertas del Palacio de Kensington, en Londres, la reina Isabel II permaneció inescrutable en su residencia vacacional de Balmoral, en Escocia.

Más tarde, explicó que la prioridad en aquellos primeros momentos de conmoción fue proteger a Guillermo y Enrique, en lugar de hacer apariciones públicas, pero aún así muchos británicos no comprendieron su aparente frialdad ante el luctuoso suceso.

La indignación se acrecentó con algunas decisiones dictadas por un rígido protocolo que muchos juzgaron caduco, como la negativa inicial a bajar hasta media asta la bandera del palacio, siempre izada como símbolo de la continuidad de la monarquía.

En pocos días, la irritación ciudadana estaba fuera control y la familia real se vio obligada a replantear su estrategia.

Isabel II ofreció el primer mensaje televisado en directo de su vida, una alocución de tres minutos en la que describió a Diana como “un ser humano excepcional” y dotó su discurso de un desacostumbrado tono emocional.

Aquel viraje no tuvo vuelta atrás. La familia real adoptó desde entonces un estilo más mundano, comenzaron a mostrarse más vulnerables ante la opinión pública y más accesibles para los ciudadanos. En definitiva, se vieron arrastrados a adoptar las formas modernas con las que Diana había seducido a los británicos y el mundo entero.

Lecciones para Guillermo y Enrique

Las costumbres y la estrategia de comunicación no volvieron a ser las mismas para ningún miembro de la familia real, pero la lección fue especialmente profunda para Guillermo y Enrique, que tenían 15 y 12 años, respectivamente, cuando murió su madre.

Ninguno de los dos ha llevado nunca una vida palaciega, alejada de la sociedad, y ambos eligieron caminos que a su modo de ver contribuían a mejorar el mundo, tal como les había inculcado su madre.

Guillermo ayudó a salvar vidas en numerosos accidentes graves durante los años que trabajó como piloto de ambulancias aéreas en los servicios de emergencias, antes de dedicarse de lleno a su vida familiar e incrementar su papel de representante de la monarquía.

Hace apenas dos meses, sorprendió a los transeúntes en el centro de Londres que le reconocieron ataviado con un chaleco rojo y una gorra, vendiendo uno de los periódicos que los sintecho reparten en las calles por 3 libras (3.55 euros).

Enrique venció cualquier resistencia para alistarse en el Ejército y se unió en dos ocasiones a las tropas británicas en Afganistán. Creó además los Juegos Invictus, en los que participan veteranos heridos de guerra, antes de dar un golpe sobre la mesa y abandonar oficialmente la familia real para irse a vivir a Estados Unidos con su familia.

Como su hermano, Enrique ha impulsado además numerosas campañas sociales, entre ellas, iniciativas para promover la visibilidad de los problemas de salud mental.

Aquel duelo colectivo

Un día como ayer, hace 25 años, los británicos se sumieron en un duelo colectivo tras conocer la trágica muerte de Diana de Gales en un accidente de carro en París, al tiempo que criticaban la frialdad de la familia real por permanecer en Escocia mientras la población lloraba a su princesa más querida.

La reja del palacio de Kensington, la que fuera la residencia londinense de la princesa, estuvo ayer decorada con una gran pancarta con fotos de Diana, flores, una bandera británica y también un adorno floral en blanco y rosa que dice: Princesa Diana.

La princesa que no obedeció
El palacio de Kensington, fuera su residencia en Londres, fue escenario ayer de un nuevo homenaje póstumo.

Estos modestos recuerdos contrastan con el mar de flores, tarjetas y osos de peluche que se formó ante el palacio a partir de aquél fatídico 31 de agosto de 1997, cuando los británicos despertaban con la noticia de la muerte de Lady Di en un accidente, en el que perdieron la vida su amigo Dodi Al Fayed y el conductor Henry Paul.

Fueron siete días –hasta el día del funeral– que cambiaron a la familia real para siempre mientras los dos hijos de la princesa, Guillermo y Enrique, siguen hoy el legado de su madre al actuar de manera más cercana y apoyar similares causas benéficas.

Tessy Ojo, la directora ejecutiva de la entidad benéfica Diana Award –creada para ayudar a los jóvenes con nuevas oportunidades–, dijo que el legado más perdurable de la princesa fue su capacidad para “conectar” con la gente.

“Su capacidad para conectar con las personas a través de la amabilidad y la compasión es uno de sus legados más importantes. Dejó una marca en todas nuestras vidas”, agregó.

“Diana, princesa de Gales, creía que los jóvenes tienen el poder de cambiar el mundo”, dijo.

El duque de Cambridge, segundo en la línea de sucesión al trono británico, dijo hace unos años que ya no tenía intención de recordar de manera oficial la muerte de su madre.

Su hermano, el duque de Sussex, dijo en un reciente partido de polo en Estados Unidos que quería que este 31 de agosto fuese un día “pleno de recuerdos de su increíble trabajo” y una jornada para “compartir el espíritu de mi madre con mi familia, mis hijos, que ojalá la hubieran conocido”.


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