Kate Reese y su pequeño hijo Christopher huyen del pasado. De un novio violento, de una vida de precariedades y del recuerdo del suicidio de su esposo (el padre de Chris). De las dos primeras es más fácil escapar, pero, una enfermedad mental que desgaste tanto la mente de alguien que lo lleve al suicidio, eso es algo de lo que no es tan fácil huir.
Y ese es el planteamiento inicial de Amigo imaginario (Imaginary Friend), el libro que le tomó 20 años publicar a Stephen Chbosky, luego de su gran éxito Las ventajas de ser invisible (The Perks of Being a Wallflower) (1999). El inicio de la obra aborda la relación entre Kate y Chris. Todo lo que ella hace para protegerlo del mundo real y todo lo que él hace para fingir que no sabe la verdad, y así protegerla a ella. De cierta forma, ambos crean un mundo de fantasías, con lo poco que tienen, para mantener feliz y a salvo al otro. Pero, Chris tiene un secreto: tiene un amigo imaginario. Un hombre amable que le pide que construya una casa en el árbol, mientras, sin darse cuenta, su propio hogar se comienza a desmoronar. Algo similar a lo que pasa con el libro a medida que pasan las páginas.
Chbosky, a través de la historia madre e hijo logra incluir al lector en ese vínculo especial. Se puede entender la sobreprotección de Kate sobre Christopher, y es entrañable que a su corta edad él trate de cuidarla a ella con gestos tan simples como afirmar que le gustan los amaneceres. Por eso, cuando la presencia del amigo imaginario de Chris se hace más real, tanto para Kate como para el lector, la posibilidad de que el pequeño haya heredado la enfermedad mental de su padre pasa por la cabeza de ambos.
Para la madre, es una problemática real. Es un constante recordatorio de ver a su esposo muerto e inevitablemente pensar si algún día su hijo podría tomar la misma decisión. Para el lector, por otro lado, que puede ver la versión de Chris. Es una mezcla entre los sentimientos de Kate y la zozobra de saber si realmente el amigo imaginario es real, que todo lo que vive Chris junto a él sucede en la realidad, o si solo estamos leyendo los delirios de una pequeña mente enferma.
Es este el clímax del libro. Es este el punto en que Chbosky logra hacer que algo tan simple como administrar un medicamento a un niño, que visiblemente está enfermo, sea una difícil decisión, tanto, para una madre que sabe lo que una enfermedad mental puede hacer en una persona, pero, que más que nada quiere confiar en su hijo, quiere confiar en sus instintos, quiere hacer lo correcto porque es la única forma de salvarle la vida. Como para un lector que tiene una vista 360 de la situación, pero que aún no conoce todos los trasfondos. Que a pesar de haberlo leído, se sigue preguntando si Chris está enfermo o lo que está viviendo es real y tanto, madre como lector, deben confiar en él si lo quieren salvar.
Lastimosamente, justo en ese clímax la historia cae. De ser un libro con buenas escenas de terror, con una tensión que mantiene la atención del lector, comienzan a aparecer capítulos largos, con persecuciones tediosas y repetitivas, con lugares comunes que no llevan a ningún lado salvo a alargar las páginas. Y un desenlace decepcionante. Lleno de analogías, referencias y especies de moralejas religiosas, pero llevadas sin sutileza, inteligencia o destreza narrativa mostrada en la primera parte del libro.
Se siente como si Chbosky trabajó durante largos 19 años y 11 meses en la primera parte de su novela, y luego, luego se le hacía tarde para entregarla a la editorial.

