En julio de 1893, un grupo de mujeres salió de la Escuela Nacional de Telegrafía Eléctrica de Panamá con un diploma que pocas hubieran imaginado años atrás. Carmen Alba, Angélica Alba, Laura Mendoza y María Navarro habían pasado seis meses aprendiendo a descifrar un idioma hecho de puntos, rayas y silencios: el código Morse. Al terminar no volvieron a casa a esperar. Se sentaron frente a un aparato telegráfico y se convirtieron en operadoras de la tecnología más avanzada de su tiempo.
“Se nos abre una carrera a nosotras las mujeres. Quizás no seamos dignas de llevar nosotras también un pequeño contingente a la obra del progreso de la patria”, dijo Laura Mendoza en su discurso de graduación. La frase, recogida por el sitio de investigación Del telégrafo a la radio, condensa lo que estaba en juego. No era solo un empleo. Era la prueba de que las mujeres podían ocupar un puesto técnico en un país que apenas empezaba a modernizarse.
En una época en que las oportunidades laborales para las mujeres se reducían a la casa, la costura o la enseñanza, estas telegrafistas rompieron una barrera. La telegrafía se convirtió en una de las primeras profesiones tecnológicas del Istmo, y ellas la ejercieron desde el primer día.
De los chasquis al cable
Para entender su hazaña conviene retroceder. Panamá siempre fue un cruce de mensajes. Antes de la llegada de los españoles ya existían en América sistemas de transmisión a la carrera, como el paynani en Centroamérica y, más al sur, el chasqui. Mensajeros que corrían por rutas fijas para enlazar asentamientos y mercados.
Con la conquista, hacia 1501 y 1502, el Istmo adoptó el modelo europeo y se formó un mestizaje postal. Durante la Colonia, el correo era una extensión de la administración del Virreinato de la Nueva Granada y cruzaba el territorio por el Camino Real y el Camino de Cruces, uniendo el Atlántico con el Pacífico. Según el historiador Vladimir Berrío-Lemm, esas rutas “convertían a Panamá en un punto de tránsito vital para el comercio entre Europa y las Américas”. La correspondencia viajaba a caballo, en carretas y en barco, y una carta internacional podía tardar semanas o meses.

El salto llegó con el ferrocarril interoceánico, inaugurado en 1855. El Istmo estrenaba las innovaciones que empujaban el progreso de las naciones, y con ellas apareció una máquina capaz de aniquilar la distancia: el telégrafo.
El primer mensaje que cruzó el continente
La primera comunicación telegráfica de Panamá ocurrió el 12 de agosto de 1855. El operador Oscar Willis envió un mensaje desde Colón al superintendente de la compañía del ferrocarril, George Totten. El texto decía: “Saludos de J.W. Johnson, estamos listos para escucharlos del otro lado”. Aquella línea, tendida en apenas 25 días a un costo de 13,500 dólares según relató Yelina Pérez en La Estrella de Panamá, no solo mejoró las comunicaciones internas: fue el primer mensaje telegráfico que cruzó el continente de un océano a otro.
También los diarios estadounidenses se hicieron eco de la noticia, y comentaron que para algunos locales que no entendían el funcionamiento de esta novedosa tecnología creían que se trataba de “magia, hechicería o cosas de su Majestad Satánica”.


El aparato funcionaba con la tecnología que Samuel Morse había desarrollado en 1836, un sistema binario de tres elementos (punto, raya y espacio) que permitía transmitir en horas lo que antes tomaba días. Un antepasado remoto de los mensajes instantáneos de hoy. Pero había un detalle: ese telégrafo pertenecía a la compañía del ferrocarril y solo comunicaba Panamá con Colón.
Diecisiete años de espera
El Istmo tardó en tener un telégrafo propio. Recién en 1873 se planteó en serio la necesidad de un sistema para el departamento, lo que exigía comprar aparatos, instalar postes y cables y, sobre todo, formar personal que dominara el código Morse. En 1874, el Estado Soberano de Panamá aprobó un plan para conectar por telégrafo a Panamá, Colón y el interior. Habría que esperar diecisiete años.
Los trabajos empezaron en 1891. La compañía del ferrocarril se opuso a que la línea llegara a Colón alegando un “derecho de exclusividad”, de modo que el tendido se orientó sobre todo hacia el interior del país. Se nombró a Manuel E. Amador como telegrafista en la Secretaría General de la Gobernación y, al año siguiente, se dio el paso decisivo: en 1892 nació la primera Escuela de Telegrafía Eléctrica del Istmo de Panamá.
Veinte alumnas y una fiadora
Aunque era una escuela mixta, arrancó con una matrícula de veinte alumnas. Cada una “debía aportar un fiador que con 25 pesos garantizaba su asistencia a clase, sujetas a un horario de 8:00 a.m. a 10:00 a.m. y de 2:00 p.m. a 5:00 p.m. todos los días hábiles, bajo la supervisión de la señora Asunción López de Harvey”, según el registro que conserva Del telégrafo a la radio. Eran mujeres jóvenes formándose en un oficio que en el resto del mundo también empezaba a abrirse al talento femenino.
En enero de 1893 la escuela abrió sus puertas a las primeras alumnas. Durante seis meses se entrenaron en el manejo de los equipos y en el código Morse. El 26 de enero de ese año se inauguró formalmente la primera sección telegráfica, con el envío del primer despacho desde la capital hasta el pueblo de La Chorrera. En julio llegó la graduación, el hito que dio nombre a toda una generación de pioneras.
Las que hicieron funcionar la red
El trabajo no terminó con el diploma. Las telegrafistas quedaron a cargo de las oficinas que se abrían a medida que la línea avanzaba por el país. El Directorio de la ciudad de Panamá de 1898 lo confirma: la capital ya se comunicaba por telégrafo con Colón, Chorrera, Chame, Penonomé, Aguadulce, Santiago, Soná, Remedios, Horconcitos, David, Pesé, Chitré y Las Tablas. Solo la línea de Panamá a Las Tablas y puntos intermedios medía 675 kilómetros.
Ese mismo directorio menciona a María Navarro como telegrafista principal y a Angélica de Alba como su ayudante. La oficina estaba en la Carrera Nariño, calle 1, con horario de 7:00 a.m. a 5:00 p.m. Después de esa hora, y los sábados, domingos y feriados, la tarifa se duplicaba. Enviar un mensaje costaba desde 20 centavos por diez palabras hasta 40 centavos si se pasaba de cincuenta. Detrás de cada una de esas cifras había una mujer traduciendo palabras a impulsos eléctricos.
Una herencia de puntos y rayas
La implementación del telégrafo contribuyó al desarrollo económico y social de Panamá, y esas telegrafistas ayudaron a sentar las bases de un sistema de comunicaciones que sostendría el crecimiento del país en las décadas siguientes. Lo hicieron, además, demostrando algo que en su tiempo estaba lejos de ser evidente: que una mujer podía manejar la tecnología de punta tan bien como cualquiera.
De su graduación han pasado más de 130 años. Del telégrafo apenas queda el eco en los museos, pero la carrera que Laura Mendoza vio abrirse aquella tarde de 1893 nunca se cerró. Cada vez que una panameña ocupa un puesto técnico, científico o tecnológico, hay un hilo invisible que la conecta con aquellas mujeres que aprendieron a hablar en puntos y rayas, y que se atrevieron a llevar su pequeño contingente a la obra del progreso de la patria.
La autora es periodista cultura y humanista digital.


