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Lecciones de ‘Las cartas del Boom’

Todo material relacionado con el llamado «boom» de la literatura latinoamericana es recibido con entusiasmo y asombro porque, para muchos, parece mentira que todavía sigamos interesados por los que escribieron, lo que escribieron y por cómo ocurrió todo aquello. A las especulaciones académicas y a las anécdotas en tertulias de restaurantes y de bares les llega un excelente aliado en forma de libro, Las cartas del Boom, que publica Alfaguara (2023), y cuya edición está al cuidado de Carlos Aguirre, Gerald Martin, Javier Mungía y Augusto Wong Campos.

Lo más importante de este libro no es el hecho mismo de reunir por primera vez las cartas cruzadas de cuatro de los principales exponentes del boom, sino lo que en su conjunto tienen de constatación de ideas y refutación de mitos que se han sostenido a lo largo de estos años respecto de aquel fenómeno literario que, como todos, tuvo sus detractores y férreos defensores. La mejor manera de comprobar lo dicho es leer Las cartas del boom y luego hacer lo propio con un libro de entrevistas editado en Venezuela por la editorial Tiempo Nuevo en el año 1971, e importado a España por la editorial Seix Barral: Los españoles y el boom, en el que Fernando Tola de Habich y Patricia Grieve entrevistan a un editor, dos críticos literarios y once novelistas del momento (Cela, Barral, Conte, Martin Gaite, Benet, Goytisolo, entre otros), que aventuran sus juicios de valor sobre las razones de aquel revuelo literario.

Creo que hay varias lecciones que no han perdido o no deben perder su vigencia en el mundo literario. La primera de ellas es la capacidad de los escritores de estar pendientes de lo que hacen los demás. El conocimiento que tenían García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes de las obras los unos de los otros, da buena cuenta del interés extra nacional y esencialmente literario y cultural de estos autores.

Otra lección es la confianza para dar y recibir críticas. Cortázar lo hace con Fuentes, por ejemplo, y lo hace mejorar. Entre ellos la lectura elogiosa y generosa no está reñida con la complicidad en la mirada que busca la excelencia literaria. Muy pocos escritores de verdad elogian con acierto crítico la obra de otros, muestran generosidad sin atontamientos. Lo que Márquez dice de Fuentes o lo que Vargas Llosa escribe de García Márquez sigue siendo una lección magistral de nuestra tradición hispanoamericana que habrá que recuperar.

La amistad es otra de las lecciones. Rafael Conte ya lo advertía en el año 1971 cuando se publicó Los españoles y el boom, afirmando que «el hecho de que Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, García Márquez sean amigos entre sí y constituyan eso que se llama La Mafia… no quiere decir que exista una generación, sino, tal vez, una operación literaria, deliberadamente querida…». La amistad entre escritores, tan imposible a veces, fue eje y motor del movimiento hasta que la política cubana se cruzó por en medio de los cuatro, entre otras cosas.

Cortázar cuenta su paso por Panamá y cómo los asaltaron a él y a su mujer, Carol Dunlop, y perdieron los pasaportes. Habla, escribiéndole a Carlos Fuentes en 1979 (panameño a su pesar) de la «intervención cordialísima» de Torrijos. Los cuatro, por distintos motivos, se cruzaron con una de las máximas figuras panameñas y latinoamericanas. El último en entrevistar a Torrijos fue Mario Vargas Llosa. El interés por las causas latinoamericanas de los cuatro y su influencia sobre ellas, tiene apenas parangón en nuestros días.

Libro que salda cuentas, ilumina vacíos, enmienda ideas y teorías, Las cartas del Boom hay que leerlo subrayando, con mente reflexiva y espíritu crítico, disfrutando, porque vemos a sus protagonistas en modo «persona», a los que para muchos fueron héroes o modelos y hasta enemigos o detractores, pero siempre escritores comprometidos con su oficio y el rigor innegable ante los acontecimientos. Los vemos acompañarse en los momentos difíciles y alegrarse en los buenos, conspirar cómplices en favor de importantes causas políticas y sociales. Estas cartas son toda una visión vitalista y de disfrute del oficio de leer y del vicio de escribir, de la sana costumbre de mirar la vida con conocimiento de causa.

El autor es docente, periodista y filólogo


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