Las páginas de Mil cosas, del español Juan Tallón, me hablaron directamente. Trata sobre una pareja joven, con un bebé, que se deja desbordar por los pendientes del día a día. Es un libro corto, sencillo, que narra cómo atravesamos nuestras vidas en medio de la aceleración y el caos, y cuyo final es un recordatorio de cómo descuidamos las cosas realmente importantes.
Me vi reflejado en esas páginas. Me fue inevitable reflexionar sobre el balance que construyo -o que intento construir- entre mi vida personal y profesional y que me ayudó a reforzar perspectivas en mi vida.
Sin quererlo, la novela de Tallón me sirvió como un manual de autoayuda, como una especie de guía de superación. Y creo que he tenido siempre la suerte de encontrarme con libros así durante mi vida, con historias y personajes que me dejan interrogantes, lagunas existenciales, que son luego ese escalón para escalar en la continua mejora personal.
En Stoner, de John Williams, por ejemplo, entendí la importancia de lo pequeño, de la dignidad en lo simple y de la entereza en los momentos más complicados.
Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y La parábola del sembrador, de Octavia Butler, me enseñaron el valor del trabajo en equipo y que en las horas más difíciles la comunidad se impone; que la gente buena siempre es más, y que ayudarnos entre nosotros es el único camino viable.
También me han dado lecciones sobre el peso de nuestra propia conciencia. Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski, es una obra maestra que nos revela los pensamientos más oscuros de Raskólnikov, su protagonista, quien va derribando sus propias certezas a medida que avanza la trama hasta llegar a su fragilidad absoluta.
No somos lo que producimos. Esa reflexión me golpeó hondo después de leer La metamorfosis, de Franz Kafka. Es un texto oscuro, sutil, que se deja interpretar según las propias emociones del lector. Y en mi caso, me ayudó a entenderme como una persona y no como el producto de mi utilidad.
Parafraseando a Jorge Luis Borges, el libro, en principio, es un objeto, un conjunto de símbolos muertos, hasta que el lector lo abre y vuelca en él su memoria y sus experiencias, lo interpreta y lo transforma en parte de su ser.
Quizás en algún momento, los libros de autoayuda o de superación personal serán parte de mi vida. Por ahora, ese espacio lo ocupa la literatura. Y es allí donde he aprendido sobre obsesiones, disciplina, manejo emocional, dedicación, duelo, reinvención y, sobre todo, crecimiento.
En El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, Santiago se adentra en alta mar, donde vive una experiencia catártica y reveladora, de la que regresa con las manos casi vacías. En la vida, la literatura nos ayuda en ese viaje, a entendernos mejor, a experimentar la vida de otros muy distintos a nosotros. Y aunque parezca que volvemos de esa travesía con las manos vacías, la transformación ya ocurrió.
Los autores son los creadores de la columna.


