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Lo digno de la desesperanza

Lo digno de la desesperanza
Laura Restrepo (Bogotá, 1950) fue una de las invitadas del festival literario Centroamérica Cuenta en Guatemala, en el 2022. Cortesía Alfaguara

Como toda gran escritora, Laura Restrepo está obsesionada con el conocimiento desde el ejercicio de la ficción. Como periodista extraordinaria que también es, tiene la misma pasión por el saber, salvo que lo hace desde la investigación.

Desde pronto se sintió atraída por ambos mundos paralelos, aunque esa decisión de fusionarlos la tomó más la vida que la propia autora nacida en Bogotá en 1950.

Empezó a ser cronista hasta que la censura y las amenazas en su país se lo impidieron a finales de la década de 1980. Se quedó con tanto material inédito. ¿Qué hacer? Publicar novelas como Leopardo al sol (1993) y Dulce compañía (1995) que le deben mucho al reportaje.

Ese paso por la imaginación lo hizo a lo latinoamericana: a lo que Dios quiera. Allí le quedó gustando eso de narrar desde el lado del olfato, más que por la objetividad.

Ser testigo de hechos extraordinarios le ha permitido transformarlos luego en actos narrativos. Por ejemplo, ser invitada de la organización humanitaria Médicos sin Fronteras a visitar zonas apremiantes fue el germen de su novela Canción de antiguos amantes (Alfaguara, 2022), un estudio literario sobre la Reina de Saba.

¿Cuándo esos viajes terminan no regresas igual a casa?

No eres el mismo. Son experiencias raras, fuertes. No sigues viendo las cosas de la misma manera. Uno de los primeros ocurrió en Bogotá. Ellos hacían viajes nocturnos por los barrios de la drogadicción, de ladrones y criminales, un descenso al quinto infierno. Nadie te hacía daño allí. La gente nos veía como que veníamos a acompañarlos.

Con Médico sin Fronteras visitaste sus hospitales móviles en Somalia, Etiopia, Yemen… ¿Son países distintos, pero tragedias iguales a partir de la injusticia, el dolor, la esperanza?

También los une la capacidad de la resistencia, la fuerza de la dignidad ante el destierro y la migración forzada. En el Tercer Mundo uno nunca se siente extraño. Todos somos los mismos, entiendes todos los códigos, salvo que a veces necesitas un traductor.

¿Cuándo entras en contacto con la Reina de Saba?

Uno de esos viajes con Médicos Sin Fronteras estaba lista, pero no sabía exactamente a dónde iba a ir. Porque ellos tienen planes, pero un atentado puede cambiar el destino. Cuando me dijeron Yemen, me vino a la mente la alianza brutal entre Estados Unidos, Inglaterra y Arabia Saudita, y la Reina de Saba. Estaba yo allá vestida toda de negro, por completo tapada a 40 grados de temperatura.

¿Con esa idea te fuiste a contar?

Sí, porque Daniel, a veces, al hacer periodismo uno convierte la tragedia humana en números que aparecen durante unos minutos en un noticiero televisivo. La cara humana no siempre se ven. Entonces pensé en el mito universal de la Reina de Saba, porque el desplazamiento está compuesto por mujeres y niños. Porque los hombres que se dedican a la docencia o a la carpintería, a todos la guerra los convierte en soldados. El gran río del destierro lo hacen las mujeres, los ancianos y los niños, ellos son las otras víctimas de las guerras.

¿Cuál fue el disparador de la obra?

Fueron las mujeres que viven en las condiciones más duras en el Cuerno de África. Caminan kilómetros y kilómetros cada día. Cuando hablaba con ellas les preguntaba quiénes eran y muchas me respondían con orgullo, altivez y con insolencia, porque yo era una plebeya: “yo soy descendiente de la Reina de Saba”. Una frase que te deja perplejo, porque viene de una estirpe milenaria que sobrevivirá a la nuestra. Son territorios donde no existen las líneas de tiempo que conocemos los occidentales. Para ellas el pasado, el presente y el futuro es lo mismo. La confluencia entre mito y realidad se repetía una y otra vez.

Para esta novela, ¿qué peso tiene precisamente la mitología?

Mucho. Esto no podía ser otro cuento exótico de pobres tercermundistas entregados a la desgracia. No podía ser una historia marginal que ocurre en un lugar que pocos saben dónde está y que no les importa. Hemos sobredimensionado la importancia del sedentarismo. Desde el principio de los tiempos hemos caminado. En Addis Abeba está el museo donde está Lucy, la primera hembra humana del planeta, la primera que se puso en pie para echarse a andar. La novela enlaza la historia de estas mujeres con el origen de la humanidad.

¿Cómo diseñaste al personaje masculino?

Al principio, la narradora iba a ser yo, una periodista, pero mi hijo me aconsejó que pusiera una persona joven. Me cayó mal la sugerencia, casi le pego por la ocurrencia (ríe a carcajadas), pero luego le hice caso. Decidí que el narrador fuera Bos Mutas, un muchacho, huérfano, solitario, con una sexualidad reprimida, alguien sin fe, que se obsesiona por la Reina de Saba y que recorre el mundo buscándola.

¿Zahra Bayda, la protagonista femenina, se inspira en una mujer real?

Así es. Una cosa era la persecución del mito y otra que el mito de la Reina de Saba se le encarnara al muchacho en todas las mujeres: Eva, la Virgen María, su madre, Patti Smith, Brigitte Bardot… Todas en una. Él tenía que concretarla en una de carne y hueso. Así apareció la figura real de una partera somalí que conocí, que abordo de una ambulancia, iba por esos caminos polvorientos curando a los enfermos. Ella era la entrada a todo ese universo femenino.

¿Esta novela sería distinta si la hubieras escrito sin una pandemia como telón de fondo?

Sí, Daniel. Sentía que la pandemia era el campanazo del fin del mundo de una sociedad enferma. Una muestra, queda poco tiempo para que los depósitos de grano de Yemen se acaben por culpa de las guerras y de ese desierto imponente que todo se lo traga. La gente comenzará a desaparecer por la hambruna. El mundo se está secando.

¿Para qué sirve la literatura en un mundo dantesco?

La literatura no da soluciones. Lo que permite es entender nuestro ADN y comprender nuestra capacidad solidaria de romper la costra de un individualismo feroz que lleva a tanta violencia. Nadie arma un plan de gobierno tras leer una novela de José Saramago, pero si lo hace lo ayudaría a entender para qué estamos en esta sociedad tan comercializada que nos lleva a pensar que, si nos compramos un carro nuevo, eso nos hará felices. La literatura es el recordatorio de lo que fuimos y de lo que pudimos ser. La estructura, retórica y estática del poder político y económico está en contra de la literatura y del buen periodismo, porque acomoda mentiras a beneficio del sometimiento que nos impone.

¿No ayuda mucho la soberbia de nuestra especie?

Es el engaño de creer que puedes derrotar con orgullo vanidoso a los cuatro jinetes del Apocalipsis: el hambre, las plagas, la crisis ambiental y una eminente catástrofe nuclear. Las grandes potencias juegan con la vida de todos sin el menor escrúpulo. Debemos exigirles que deben sentarse a negociar. ¡Que se dejen de joder! La guerra en Ucrania se pudo impedir y Europa, que vivió una guerra mundial, no ha hecho lo suficiente para detenerla. Más un poco de burócratas de organismos internacionales decidiendo si se acaba nuestra especie o no. Los pueblos deben salir a exigir una negociación global ya. Mientras tanto, algunos medios reducen todo a buenos y malos, a los que adoramos y a los que debemos detestar.

¿La paz, como bien fundamental, importa poco a los poderosos?

La guerra en sí es un gran negocio. Como están llegando al límite los recursos ambientales, alimenticios, el combustible… La siguiente guerra mundial será un gran saqueo de los recursos naturales del otro y será a muerte. La memoria va borrando la experiencia de lo pasado. En una guerra nuclear no gana nadie y, si alguien la gana, no tendrá dónde ni qué celebrar. Será como una película de Mad Max.


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