Traducir o interpretar (traducir se refiere a lo escrito e interpretar a lo oral) es actividad que habrá existido desde la bíblica Torre de Babel, y, en Panamá, desde sus primeros habitantes, habida cuenta de los numerosos grupos amerindios de lenguas diferentes que poblaban el Istmo precolombino.
Después del arraigo del español en el siglo XVI y su supremacía sobre las lenguas aborígenes, que perdieron prestigio junto con hablantes, las que después se filtraron tuvieron cierto uso (comercial, sobre todo, o intragrupal) y la tarea de traducir o interpretar a ellas o de ellas se ha hecho según circunstancias fundamentalmente iliterarias.
Pese a ello hubo traducción literaria, al parecer inaugurada por Darío Herrera, de quien es la primera versión al español –en prosa– de La balada de la Cárcel de Reading, de Oscar Wilde.
La gesta del divino Augusto fue transpuesta por Tomás Arias del latín por 1941, y, a pesar de su poca difusión, obtuvo segunda edición.
Ricardo J. Alfaro, traductor jurídico del inglés y del francés, renombrado por su Diccionario de anglicismos, se esmeró en versiones tales Las cuatro libertades de Roosevelt y las libertades de los traductores, La Oración de Gettysburg (Ensayo de traducción de una obra maestra intraducible), o Una gema de elocuencia forense (traducción del ‘Elogio del perro’, por George C. Vest).
Justo Arroyo, narrador premiado, ha dejado en español novelas originalmente en lengua inglesa, mientras que Tobías Díaz Blaitry y Ricardo J. Bermúdez versionaron a sus congéneres poetas. Poesía en lengua inglesa recoge lo publicado por Díaz Blaitry.
Lo que trasladó Bermúdez al español, India’s Love Lyrics, de Laurence Hope, ha permanecido inédito. Luis Wong Vega también tradujo poemas del estadounidense Laurence Ferlinghetti, que la revista nacional Maga difundió.
A José de la Cruz Herrera se le deben Fedón o acerca del alma y Por los caminos del Ática: seis tragedias y una comedia vertidas del griego, con una introducción al teatro griego (Buenos Aires, Clásicos Jackson).
Roque Javier Laurenza tradujo poemas de Camoens aparecidos en la revista Vuelta, de México, mientras que el prolífico truchimán Demetrio Fábrega ha ofrecido Sonetos de Camoens, Petrarca, Ronsard y Shakespeare vertidos al español con sílabas contadas y con los mismos patrones de rima de los originales; Los veinticuatro sonetos de amor, de Louïse Labé, del francés; los sonetos de Amoretti, de Edmund Spenser, del inglés; la traducción del latín del Discurso sobre la nobleza y la superioridad del sexo femenino, de Enrico Cornelio Agripa de Nettesheim y Cien cuentos de los hermanos Grimm, del alemán. Tradujo asimismo a Salvatore Quasimodo y fragmentos de la Divina Comedia e hizo conocer Trescientos treinta haiku de Matsuo Basho, traducidos directamente del japonés clásico.
Dante Alighieri lució sus tercetos encadenados en español gracias a Siete cantos de la Divina Comedia, del diplomático Miguel Amado Burgos.
Se dan la mano traduciendo directamente del ruso Pedro Correa e Irina Nemchénok de Ardila. Correa publicó Mis versos de otros, de “poesía rusa y soviética”, con una segunda edición a cargo de Nemchénok de Ardila, quien, aquerenciada en Panamá, se atrevió a La vía acuática mundial a través del istmo de Panamá, de Vsevolod E. Timónov, titulado en español Un ruso en el canal de Panamá, que cuenta con dos ediciones.
Y un cosmopolita Aristeydes Turpana tradujo del dulegaya (o lengua guna) al francés lo que se conoció como Le chant du soleil suivi d’un chant de métaphores.
Los traductores literarios panameños han sido pocos, pero emprendedores.

