Los viajes más maravillosos de mi vida

Los viajes más maravillosos de mi vida
Ilustración elaborada con ChatGpt.

La primera vez que viajé a un lugar imposible fue a través del Snæfellsjökull, cuando Otto, Axel y Hans descienden hasta el centro de la tierra en la épica historia de Julio Verne. Tenía entre 10 y 11 años, y no podía parar de leer e imaginar el bosque de hongos, el mar inmenso, los géisers y los mastodontes en el núcleo del planeta. Había leído antes otras historias, pero ninguna me había transportado a un lugar tan maravilloso como al que me llevó Verne.

Desde entonces, me dejé seducir por los viajes imaginarios que me compartió la literatura. Me llevaron por las piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos de Macondo, por el purgatorio junto a Dante y a bordo del Pequod comandado por Ahab. Los libros también me transportaron junto a la rosa del asteroide B-612, a la balsa que navega el Mississippi en busca de libertad y a los molinos de viento transformados en gigantes.

Fueron viajes importantes en mi crecimiento. Imaginarme estos lugares me hizo ver distinto el mundo que conocía, llenarlo de historias, de imaginación. Y fue solo el principio.

Porque también pude viajar a lugares reales, algunos lejanos y otros más cerca. Pude soñar con visitarlos algún día y empaparme más de las páginas leídas. La fiesta del chivo, por ejemplo, me hizo recorrer las calles de Santo Domingo y la autopista oscura que lo llevaba a San Cristóbal la noche que lo asesinaron.

William Ospina me mostró una Bogotá distinta, una Colombia salvaje en su trilogía de Pedro de Ursúa, quien fundaría después la ciudad capital colombiana. Y qué decir de las calles de San Petersburgo, por donde Raskólnikov se hunde en una travesía de moral y autodescubrimiento. Las letras me permitieron soñar con la histórica Višegrad de Un puente sobre el drina, con la Budapest de Divorcio en buda, con la Moscú caótica de El maestro y Margarita. Pude sentirme vivo en la Managua de La mujer habitada, en la mística selva misionera de Nuestra parte de noche, en las calles peligrosas del Belfast de No digas nada.

En los últimos años, ha sido el famoso gótico andino el que me ha hecho viajar y que me muestra el mismo continente que ya he leído y conocido tanto, pero ahora en una etapa más oscura y espiritual. Fernanda Melchor me hizo recorrer Veracruz junto a La bruja en Temporada de Huracanes, María Fernanda Ampuero las veredas de marginalidad ecuatorianas en Sacrificios Humanos, Fernanda Trías la maleza entre neblinas en El monte de las furias. Aunque también pude recorrer recientemente el Pacífico colombiano en La perra, de Pilar Quintana; o el Nápoles peligroso y criminal de Gomorra, de Roberto Saviano, o la selva amazónica y trágica de Bahía en Tortuoso Arado, de Itamar Vieira Junior.

Las letras me han llevado igualmente a conocer mejor mi propio país, Panamá: un Bocas del Toro escalofriante en El ahogado, de Tristán Solarte; un casco viejo más humano en Las mujeres que bordaron su libertad, de Thatiana Pretelt; o las crueles bananeras en Flor de Banano, de Joaquín Beleño; la Loma La Pava más mundana en Loma ardiente y vestida de sol, de Rafael Leónidas Pernett y Morales; o la Taboba más extraordinaria en La isla mágica, de Rogelio Sinán.

Aunque con los años he podido conocer varios de los lugares que alguna vez leí, ninguno fue tan extraordinario y mágico como cuando los imaginé gracias a los libros.

Los autores son los creadores de la columna.


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