“Oler no es solo percibir aromas. Es recordar, decidir, vincularse, protegerse, emocionarse y crear. No se trata de un acto secundario, sino de una forma profunda de estar en el mundo”, asevera la neurocientífica Laura López-Mascaraque.
López-Mascaraque, doctora en Neurociencias y profesora de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) español, propone un cambio de perspectiva acerca del que describe como “el sentido más misterioso, poderoso y olvidado del cuerpo humano”.
Basándose en sus propias investigaciones y en los estudios científicos más recientes y concluyentes, la doctora López-Mascaraque propone reconocer que “la realidad no solo se ve y se escucha, sino que también se respira”.
“En cada bocanada de aire que respiramos hay información, historia y emoción esperando ser interpretadas”, enfatiza.
Autora de ‘El fascinante universo del olfato’, esta neurocientífica ofrece una visión integral del olfato como sistema biológico, herramienta social, vehículo emocional y campo de innovación futura; reivindica el poder de la nariz para comprender quiénes somos, cómo vivimos y qué sentimos; y nos invita a detenernos, respirar y redescubrir la riqueza invisible que nos rodea.
López-Mascaraque señala que “un olor puede devolvernos a la infancia en un instante” y confirma desde el ámbito de la ciencia, lo que el escritor alemán Patrick Süskind, famoso por su novela ‘El Perfume’ afirmaba desde el mundo de la literatura: “los olores tienen un poder de persuasión más fuerte que las palabras, las apariencias, las emociones o la voluntad”.
Una capacidad sensorial influyente y omnipresente

“El olfato participa silenciosamente en muchos aspectos de nuestra vida diaria: desde la elección de alimentos hasta la atracción entre personas, pasando por la percepción del peligro o la creación de ambientes emocionales”, señala.
También desempeña un papel esencial en la gastronomía, el arte, el marketing y la construcción de identidades culturales, añade.
Este sentido corporal “nos ayuda a sobrevivir, elegir, recordar, emocionarnos, vincularnos e incluso crear arte”, ya que “los olores están por todas partes: en la piel, en la memoria, en la comida, en los rituales, en el deseo, en el peligro y también en la belleza. Son invisibles, pero nos atraviesan y nos transforman”.
López-Mascaraque explica que “lo que percibimos como un simple aroma es en realidad el resultado de un diálogo sofisticado entre la química del entorno y la biología del cerebro”.
Un puente hacia lo que somos y aquello que fuimos

“Cada vez que respiramos, miles de moléculas invisibles entran en nuestra nariz y activan complejas redes neuronales capaces de identificar y diferenciar miles de olores. El cerebro traduce esas señales químicas en sensaciones, emociones y recuerdos”, puntualiza.
“El olfato es un atajo hacia lo más íntimo de lo que somos, un puente invisible entre el pasado y el ahora, una vía directa hacia lo más profundo de nuestra biografía de los sentimientos. Tiene un privilegio que lo distingue de los demás sentidos: una conexión directa con el corazón emocional y memorístico del cerebro”, de acuerdo con esta especialista.
“De todos los sentidos, el olfato es el que mejor conserva la memoria del tiempo. Ninguna fotografía, canción o textura puede transportarnos con tanta fuerza a un momento concreto”, afirma.
Señala que mientras que la información visual, auditiva, gustativa o táctil sigue un camino más largo y mediado, pasando por el tálamo (una estructura que distribuye los estímulos hacia sus respectivas áreas corticales), las señales olfativas viajan desde el epitelio nasal hasta el bulbo olfativo, y desde allí saltan sin escala a las regiones del sistema límbico, como la amígdala y el hipocampo, encargadas de procesar la emoción y la memoria.
Olores que conmueven y despiertan recuerdos

“Ese acceso directo del olfato al cerebro puede conmovernos antes de que sepamos por qué. Un perfume familiar puede detenernos en seco, un aroma desconocido puede despertar inquietud o deseo sin que medie pensamiento”, destaca.
“Por eso un olor puede transportarnos de inmediato a un momento de la infancia, a una persona o a un lugar. Los aromas no solo se perciben: se convierten en experiencias emocionales profundamente grabadas en nuestra memoria”, puntualiza.
Así, “una fragancia familiar basta para devolvernos, en un instante, a una escena que creíamos perdida: el olor a tierra mojada que anuncia la lluvia de la infancia, el perfume de una persona amada, el aroma de una casa que ya no existe”, recalca.
“Cada vez que un aroma nos conmueve, que el olor de un guiso nos devuelve a la cocina de la infancia, que una señal olfativa nos evoca escenas que creíamos perdidas, o que una fragancia olvidada reaparece de improviso, activamos una maquinaria ancestral que conecta aire, emoción y biografía”, ejemplifica.
“Oler, en el fondo, es recordar con el cuerpo. Bastan unas moléculas suspendidas en el aire para que una historia entera, dormida en algún rincón del cerebro, se despierte”, señala.
La doctora López-Mascaraque añade que “un mismo olor puede significar cosas radicalmente opuestas según la historia individual”, porque “cada persona guarda su propio registro olfativo, una biblioteca emocional compuesta por miles de asociaciones entre aromas, emociones y vivencias”.
“El incienso puede oler a calma espiritual para unos y a duelo para otros; el café puede ser hogar o nostalgia, según quién lo respire. Lo extraordinario es que la evocación suele producirse antes de que podamos nombrar el olor”, concluye esta neurocientífica.
