Panamá forma parte de los 153 países evaluados en un nuevo estudio internacional que propone medir no solo cuánto viven las personas, sino también qué tan bien envejecen.
La investigación ubica al país dentro de un grupo de naciones con un desempeño moderado en envejecimiento saludable, junto con la mayoría de los países de América Latina y economías de ingreso medio como Argentina, Brasil, China, Turquía y Vietnam.
El estudio, publicado en la revista científica Frontiers in Public Health por los investigadores turcos Sadullah Çelik y Cemile Zehra Köroğlu, desarrolló el Índice de Prevención y Envejecimiento Saludable (HAPI, por sus siglas en inglés), una herramienta que evalúa qué tan preparados están los países para que sus ciudadanos no solo vivan más años, sino que lleguen a la vejez con una mejor calidad de vida.
Aunque la investigación no publica la puntuación individual de Panamá, sí lo clasifica dentro del denominado Clúster 1, caracterizado por un desempeño moderado y relativamente estable. Este grupo reúne países que muestran fortalezas en algunos indicadores, pero que aún están lejos del equilibrio alcanzado por las economías con mejores resultados.
En el caso panameño, el estudio cobra especial relevancia debido al acelerado proceso de envejecimiento de la población. En los próximos años, el país enfrentará un aumento en la proporción de adultos mayores y una mayor carga de enfermedades crónicas, como la diabetes, la hipertensión y los padecimientos cardiovasculares, lo que plantea desafíos para el sistema de salud y las políticas públicas.

La neurocientífica panameña Gabriella Britton, líder del proyecto Panama Aging Research Initiative–Health Disparities (PARI-HD), del Instituto de Investigaciones Científicas y Servicios de Alta Tecnología (Indicasat-AIP), considera que la clasificación de Panamá dentro del grupo de desempeño moderado coincide, en términos generales, con lo que han observado sus investigaciones.
No obstante, advierte que este tipo de índices internacionales presenta limitaciones importantes. Explica que, al utilizar información agregada a nivel nacional, no logran reflejar las profundas desigualdades que existen dentro del país.
“En nuestras investigaciones hemos observado que el lugar donde vive una persona, su nivel educativo, sus ingresos y el acceso a servicios de salud influyen de manera muy importante en cómo envejece”, señala.
Agrega que estos indicadores tampoco incorporan plenamente factores como la calidad del sistema de salud, las diferencias regionales en el acceso a los servicios, la cultura o el capital social. “En un país con altos niveles de desigualdad, esos elementos pueden marcar una diferencia enorme en la calidad de vida durante la vejez”, sostiene.
Britton coincide además con uno de los principales hallazgos del estudio: vivir más años no significa necesariamente vivir mejor.
A su juicio, el mayor desafío que enfrenta Panamá son las enfermedades crónicas no transmisibles, entre ellas la diabetes, la hipertensión, las enfermedades cardiovasculares y las demencias.

“Hoy las personas vivimos más años, pero esos años adicionales no siempre transcurren con buena salud. El objetivo no debe ser únicamente aumentar la esperanza de vida, sino aumentar la esperanza de vida saludable o health span: los años que una persona puede vivir con independencia, autonomía y buena calidad de vida", explica.
Respecto a los cuatro pilares identificados por el estudio —salud, ingresos, ambiente y bienestar—, Britton considera que resulta difícil priorizar uno sobre otro porque todos están estrechamente relacionados.
“El bienestar es, en gran medida, el resultado de cómo interactúan la salud, los ingresos y el entorno donde viven las personas”, afirma.
Sin embargo, sostiene que una de las principales tareas pendientes para Panamá es reducir las desigualdades sociales.
“Las personas con menores ingresos suelen tener peores condiciones de vivienda, menor acceso a servicios de salud, menos oportunidades educativas y mayores dificultades para mantener una buena calidad de vida durante la vejez. El envejecimiento saludable no es únicamente un desafío del sistema de salud, sino también del desarrollo social”, enfatiza.
Entre las desigualdades que más condicionan el envejecimiento saludable, menciona la pobreza, las dificultades de acceso a los servicios médicos y la ausencia de una política nacional integral de cuidados.
“También considero importante que Panamá avance en la ratificación de la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, porque representa un compromiso regional con la promoción y protección de los derechos de esta población. El envejecimiento debe convertirse en una prioridad de política pública”, añade.
Los investigadores sostienen que responder a ese escenario requiere ir más allá de fortalecer la atención sanitaria. También consideran necesario reducir las desigualdades económicas, mejorar la calidad del entorno, promover estilos de vida saludables y favorecer el bienestar general de la población.
Vivir más no siempre significa vivir mejor
Cada vez vivimos más años, pero no necesariamente con mejor salud. Esa es una de las principales conclusiones del estudio, que advierte que el gran desafío del siglo XXI ya no es únicamente aumentar la esperanza de vida, sino lograr que esos años adicionales transcurran con autonomía y bienestar.
Los autores identificaron una brecha entre la esperanza de vida y la esperanza de vida saludable, es decir, los años que una persona puede esperar vivir sin enfermedades incapacitantes o discapacidades.
Sin embargo, el análisis también deja una conclusión alentadora: existe una correlación casi perfecta entre la duración de la vida y la duración de la vida saludable. En otras palabras, los países donde las personas viven más años suelen ser también aquellos donde disfrutan de más años libres de enfermedades.
Otro de los hallazgos rompe con una creencia muy extendida. El estudio encontró que la duración de la vida laboral tiene una correlación prácticamente nula con la longevidad y el estado de salud de la población. Es decir, trabajar durante más años o retrasar la jubilación no implica necesariamente vivir más tiempo ni hacerlo en mejores condiciones.
En cambio, variables como el acceso a servicios de salud, el nivel de ingresos, la calidad del ambiente y el bienestar subjetivo demostraron tener una influencia mucho mayor sobre el envejecimiento saludable.

Para Britton, precisamente ese enfoque integral es el que debe orientar las futuras políticas públicas en Panamá.
La investigadora considera prioritario desarrollar una política nacional de cuidados que responda al acelerado envejecimiento de la población y fortalezca el apoyo tanto a las personas mayores como a sus cuidadores.
A partir de los datos recopilados, los investigadores clasificaron a los 153 países en cuatro grupos según su desempeño.
El grupo con los mejores resultados está integrado por Alemania, Japón, Estados Unidos, Australia, Suiza, Finlandia, Dinamarca y Luxemburgo.
Estas naciones sobresalen por combinar altos ingresos, sistemas sanitarios sólidos, elevados niveles de satisfacción con la vida y políticas ambientales consolidadas. Suiza y Luxemburgo destacan por sus elevados ingresos, mientras que Finlandia y Dinamarca obtienen las mejores puntuaciones en desempeño ambiental.
En el extremo opuesto aparecen los países agrupados en los clústeres 0 y 3, donde predominan naciones de Asia del Sur, Medio Oriente y África Subsahariana. Afganistán, Egipto, Nigeria y Zimbabwe figuran entre los países con mayores dificultades para garantizar un envejecimiento saludable debido a problemas estructurales relacionados con la pobreza, la atención sanitaria y las condiciones socioeconómicas.
Los autores señalan que los países del Clúster 1, donde se encuentra Panamá, presentan avances importantes, aunque sus buenos resultados suelen depender de fortalezas específicas y no de un desarrollo integral. Por ejemplo, Argentina y Brasil obtienen mejores puntuaciones en satisfacción con la vida, mientras que otros indicadores, como los ingresos o la salud, continúan representando retos para la región.
Más allá de la longevidad, el Índice de Prevención y Envejecimiento Saludable plantea un cambio de enfoque sobre cómo medir el progreso de las sociedades. Según los investigadores, el éxito de un país no debería evaluarse únicamente por la cantidad de años que viven sus habitantes, sino por su capacidad para garantizar que esos años transcurran con salud, independencia y bienestar.
Para lograrlo, concluyen, es necesario mantener un equilibrio entre cuatro pilares: una buena salud, ingresos suficientes, un entorno ambiental favorable y altos niveles de bienestar y satisfacción con la vida.
En Panamá, buena parte de estos desafíos son estudiados desde hace más de una década por el grupo PARI-HD.
El proyecto analiza cómo factores biológicos, sociales y económicos influyen en el envejecimiento de la población panameña y en el desarrollo del deterioro cognitivo y las demencias.
Según Britton, uno de los principales hallazgos del estudio ha sido confirmar que las desigualdades sociales también se reflejan en la salud cognitiva.
“Hemos observado que los participantes reclutados desde los servicios de salud presentan, en promedio, un peor estado de salud cognitiva que aquellos incorporados desde la comunidad, lo que probablemente refleja diferencias en las condiciones de salud y el acceso a atención”, explica.
Otro de los factores que más influye es el nivel educativo.
“Las personas que no completaron la educación primaria o secundaria presentan una mayor vulnerabilidad al deterioro cognitivo”, señala.
Los resultados de PARI-HD también muestran tendencias similares a las observadas en otros países: el deterioro cognitivo aumenta con la edad y está influenciado por múltiples factores de riesgo.
Lo preocupante, advierte Britton, es que Panamá todavía enfrenta importantes limitaciones para el diagnóstico temprano, el seguimiento especializado y el acceso a programas de prevención y apoyo para las personas que comienzan a presentar problemas de memoria.
“Detectar estos casos en etapas iniciales permite planificar mejor la atención, intervenir sobre factores modificables y ofrecer mayor apoyo a las familias”, afirma.
La investigadora añade que actualmente existen herramientas diagnósticas, entre ellas biomarcadores en sangre y nuevas tecnologías, que podrían complementar el diagnóstico clínico y facilitar la detección temprana del deterioro cognitivo.
“El reto no es únicamente tecnológico, sino lograr que estas herramientas se incorporen de manera progresiva y equitativa dentro del sistema de salud para beneficiar a toda la población”, concluye.

