Las películas imperfectas tienen su encanto. No aspiran a tener un lugar dentro de la colección cinematográfica de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Son de esas producciones que su director las hace con el legítimo deseo de pasársela bien.
Razón suficiente para que despierten una admiración nivel dogma o un odio visceral que arrastra continentes. Hablamos de esas que dividen al público con la academia y viceversa. Así son las producciones del director Sam Raimi.
Salvo las dos entregas de Evil Dead (1981, 1987), el resto de la filmografía de Raimi complace a unos o a otros, pero no a la mayoría.
Eso de los polos opuestos que no se atraen igual le pasa cuando explora de lleno el género del terror gore (de Darkman a Drag Me to Hell) y cuando ha coqueteado con la acción fusionada con el fantástico (Darkman, Spider-Man y Doctor Strange in the Multiverse of Madness).
Dentro del terreno de realizadores de películas basadas en personajes del cómic, Sam Raimi no tiene una legión de fans incondicionales como sí pueden vanagloriarse colegas suyos como Anthony y Joe Russo, James Gunn o Bryan Singer.
Incluso, hay los que piensan que las peores visitas al séptimo arte del universo de El Hombre Araña son las hechas por Raimi (en especial Spider-Man 3).
Los que así opinan parece que no vieron las dos entregas sobre Peter Parker a cargo de Marc Webb (2012, 2014), ni hablar de las catástrofes que provocaron las patéticas historias del bioquímico vampiro (Morbius, 2022) y las dos calamidades sobre el reportero que convive con un alienígena de pésimo carácter (Venom, 2018 y 2021).
El indicado
Al repasar la carrera de Sam Raimi, recordemos que lo suyo es hacer producciones sobre psicópatas acosadores, zombis de inagotable hambruna, libros que al abrirse desatan furias infernales, hechizos milenarios que deben ser conjurados para poder tener un mañana y casas habitadas por seres llenos de maldad.
Por lo que Raimi tiene el diploma que lo acredita para contarnos el nuevo capítulo de la Marvel Cinematic Universe titulado Doctor Strange en el multiverso de la locura.
Estamos ante una secuela que nos habla sobre el dolor, la pérdida, la demencia, la desintegración familiar y la venganza vista desde los ojos de una madre en duelo: Wanda Maximoff/Bruja Escarlata (se nota que la actriz Elizabeth Olsen disfrutó a su personaje).
La Bruja Escarlata de Sam Raimi está lejos de ser la encantadora ama de casa de los primeros episodios que nos mostraron Jac Schaeffer y Matt Shakman en la nostálgica serie de streaming WandaVision (2021).

Esta figura, creada por Stan Lee y Jack Kirby, tampoco posee una personalidad que le permita acercarse a la compasión de Úrsula Iguarán ni a las mañas de Anna Fierling ni mucho menos a la benevolencia combativa de Pelagia.
Esta superheroína ficticia, herida hasta la médula a causa de haber perdido a sus dos hijos, calza a la perfección con el imaginario de Raimi, uno de los maestros del cine de terror de bajo presupuesto: demoledora, cruel, ruin, egoísta y sobre todo ansiosa de venganza, por lo que hará lo impensable para volver a ser feliz junto a los suyos, en esta Tierra o en cualquier otra dimensión, sin importar si debe eliminar a media humanidad en sus aspiraciones filiales.
Ese tono distinto
Allí es cuando puede comenzar la confusión de un sector de los seguidores de la Marvel, al ver el regreso a la pantalla grande del estimado, engreído, justo y vanidoso Doctor Strange (un siempre brillante Benedict Cumberbatch).
De repente, la audiencia esperaba que en Doctor Strange en el multiverso de la locura predominara la ciencia ficción y el fantástico, pero no, Raimi les brinda en cambio una galería de escenas típicas del terror sobrenatural en la línea del trabajo literario de Stephen King, donde la aflicción, la pesadumbre, el suplicio y la angustia provocan las peores pesadillas a los seres humanos.

A eso añadir que Raimi no cree en el gozo ni en el consuelo, por lo que en esta producción le pone varias veces el énfasis argumental a presentarnos referencias a las películas slasher al estilo de John Carpenter y Wes Craven, donde el asesino ejerce la venganza terminando sin misericordia con sus víctimas.
Sam Raimi se distancia de manera premeditada de la comedia simpática, del halo romántico y de la tragedia griega de las valiosas versiones fílmicas de las preciadas joyas de la corona de la Marvel: Los Vengadores, Los Guardianes de la Galaxia y Los X-Men.
Raimi, quien firma su primer largometraje en nueve años de silencio creativo tras Oz, un mundo de fantasía (2013), prefiere irse a la otra esquina, donde se siente a sus anchas estéticas: la sátira exagerada, el exceso de melodrama, lo tétrico en reemplazo de la seriedad, el miedo como elemento de excitación, lo extravagante de una puesta en escena que le huye a toda atmósfera épica y momentos sangrientos en cantidades industriales como quizás nunca antes se ha visto en la Marvel fílmica.
O sea, las características más cutres de la Serie B en su estado más puro están servidas para que los espectadores aprueben de inmediato a Doctor Strange en el multiverso de la locura o la rechacen en cuanto salga del centro comercial donde está ubicada su sala de cine favorita.
Claro, con la diferencia de que Sam Raimi hizo Doctor Strange en el multiverso de la locura con un bondadoso presupuesto financiero, a diferencia de las duras condiciones con las que rodó la excelsa The Evil Dead (filmaban cuando el equipo artístico y técnico estaban libres de sus otros trabajos fijos). Las ventajas de hacer lo que te da la gana teniendo un colchón económico que te brinde confort a tu espalda y pocos sobresaltos a tu cuenta bancaria.

