La vida en el monasterio de Veruela impresiona al poeta Bécquer y le hace involucrarse más en su propia existencia en el recuento epistolar Desde mi celda. Es un aliciente a su febril cuerpo que lucha contra males y que requiere un estado específico para inspirarse. “Mi corazón, a semejanza de nuestro globo, era como una masa incandescente y líquida…”.
Sus primeras ideas nos ubican. “En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez, diríase por el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible nos separan por completo del mundo”. El autor está muy consciente que el esplendor zaragozano sea un contexto a la reflexión y “…tan notable es el contraste de cuanto se ofrece a nuestros ojos”.
En su descripción, el bardo no se detiene en vincular la realidad con los sentimientos. “Cuando sopla el cierzo, cae la nieve, o azota la lluvia los vidrios del balcón de mi celda, corro a buscar la claridad rojiza y alegre de la llama…”. Crea el ambiente y alude a Shakespeare y Byron en las escenas y concluye: “para oír el ruido del agua que hierve a borbotones, coronándose de espuma y levantando con sus penachos de vapor azul y ligero la tapadera de metal…”.
En la segunda carta, Bécquer describe la belleza del monasterio: “…Nada más hermosamente sombrío que este lugar…”. Y agrega “…con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas y sus muros almenados e imponentes; por el otro, las ruinas de una pequeña ermita situada al pie de una eminencia sembrada de tomillos y romeros en flor.”
Y esto lo relaciona con su pasado: “A esta distancia y en este lugar me parece mentira que exista aún ese mundo que yo conocía, el mundo del Congreso y las redacciones, del casino y los teatros…”. En el lugar también describe caminos, rincones, cementerios, recorridos que lo llevan en la tercera carta a referirse a la muerte y a la suya en particular. Se ve en el ataúd formado de “cuatro tablas de un cajón de azúcar” y a la espera del juicio final.
En su cuarta carta, el autor relaciona la cultura extranjera y tradicional con la pérdida del estudio hacia las prácticas locales: “en tanto que se ignoran los más curiosos pormenores de nuestras costumbres propias…”. Y en la continuación, se siente incapaz de describir el entorno: “¿cómo podrá llegar mi pluma sin más medios que la palabra, tan pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de líneas, de claroscuro, de combinación de colores, de detalles que se ofrecen juntos a la vista…”.
La mirada curiosa de Bécquer describe el mercado del pueblo de Tarazona, vecino de la región y sus prácticas cotidianas y también a Añón, otra comunidad y a las añoneras, mujeres de ese pueblo que se dedican entre otros, al comercio de la madera: “armada del hacha, penetra en el laberinto de carrascas oscuras, a cuyo pie nacen espinos y zarzas en montón, y descargando rudos golpes con una fuerza y una agilidad inconcebibles, hace su acopio de leña…”.
La sexta carta se dedica al tema de una bruja ˗la tía Casca˗ que es asesinada en la región. Bécquer narra la historia que le cuenta un labriego, sobre ese personaje: “no puedo menos de maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan hondas raíces entre las gentes de las aldeas…”. Temas semejantes ocupan las dos cartas siguientes y en la novena, escribe sobre el origen del monasterio en “La virgen de Veruela”.
El estilo costumbrista le permite al poeta dejar estampas de la vida en la región con textos que se dirigen a la sociedad de la época y que reflejan su sensibilidad, pese a la enfermedad, para plasmar referentes tanto reales como imaginarios. Bécquer nunca vio Desde mi celda como un libro porque fue editado un año después de su fallecimiento.
El autor es comunicador y profesor universitario.

