Recuerdos de Carlos Reid, un patriarca de los criollos de Bocas del Toro, 1975

Teacher Reid, un señor negro alto y mayor, era un respetado patriarca de los Creole quien tiempo atrás había vivido y comerciado con los Guaymí.

Recuerdos de Carlos Reid, un patriarca de los criollos de Bocas del Toro, 1975
Muelle de la Chiriqui Land Company en Almirante. Foto/archivos de Stanley Heckadon Moreno (1991).

En 1975, aterricé en el aeropuerto de Bocas del Toro, en isla Colón, capital de la provincia de Bocas del Toro, en la costa Caribe de Panamá. Alquilé un cuarto a $7 la noche en el Hotel Bahía, una vieja y gran estructura de madera con hermosa vista de la Laguna de Almirante, bautizada así por Don Cristóbal Colón, Almirante del Mar Océano, quien en 1502, en su cuarto y último viaje, descubrió esta hermosa región.

La familia Thomas era dueña del hotel, construido en 1905 como sede de la división de Bocas del Toro de la United Fruit. En el restaurante Chicho desayunaba café con hojaldras, por 0.50 centavos y almorzaba por $1.25 donde Suzy Grenald.

Frente al hotel estaba el muelle de la Chiriquí Land Company, donde dos veces al día desembarcaban los pasajeros y la carga procedentes de Almirante, sede de la empresa e inicio del ferrocarril que conectaba con sus fincas al interior del distrito de Changuinola. Al sur, en la distancia, se levantaba la cordillera del Tabasará, conocida en Costa Rica como cordillera del Talamanca, cuyas cimas indican la división de aguas entre el Caribe lluvioso y el Pacífico seco.

Como antropólogo del Ministerio de Planificación mi tarea era obtener datos sobre las tierras donde vivían los Ngäbe-Buglé, también conocido como Guaymí, información que serviría de insumo al acalorado debate dentro del gobierno y fuera de él, previo a un cambio importante en la política hacia sus grupos indígenas: El establecimiento de las comarcas o territorios indígenas.

Por ser los guaymí el mayor de los grupos, era prioritario demarcar sus territorios. Como todo tema relacionado con la tenencia de la tierra, era asunto sensitivo y potencialmente explosivo. Su futura comarca debería establecerse segregándola de las provincias de Bocas del Toro, Chiriquí y Veraguas. Hoy, las comarcas abarcan el 25% de la superficie del país y sus áreas protegidas otros 25%. Pero la creación de los parques nacionales es otra historia.

A la sazón, la información sobre las comunidades negras de habla inglesa de Bocas era muy escasa. Casi no se les mencionaba en los diarios o en los libros de historia. Mi plan de investigación era simple. Primero, estudiaría los archivos provinciales en el Palacio de la Gobernación, luego en las municipalidades y, finalmente, los registros de las iglesias. Luego, en cayuco, iría a aldeas distantes en otras islas del archipiélago, a la Península de Valiente, el río Cricamola y la laguna de Chiriquí Grande, donde seleccionaría y entrevistaría informantes claves.

El plan fracasó de inmediato. Poco antes, el gobernador había decidido que la historia de Panamá comenzaba en 1968, con el golpe militar. Para él los documentos previos a este hito ocupaban demasiado espacio, por lo que ordenó que fuesen llevados a la terraza y arrojados encima de unos viejos cables eléctricos, protegidos de las lluvias por hojas de zinc.

Durante una violenta tormenta eléctrica el cable explotó y los los documentos se quemaron. Al llegar los bomberos pusieron sus mangueras a toda presión convirtiendo lo que quedaba de documentos en una masa negra y achocolatada de papel. Décadas de historia provincial desaparecieron en un instante. En las municipalidades los registros habían desaparecido por el clima tropical y la desidia humana.

Mi tarea dependería de detectar informantes confiables, familiarizados con la historia local y los asuntos de la tierra. No suelo desanimarme fácilmente, pero lo estaba. Sintiendo mi a frustración, Suzy Grenald me sugirió hablar con Teacher Reid, un respetado patriarca de los Creole quien tiempo atrás había vivido y comerciado con los Guaymí. Suzy me prestó un niñito indígena que criaba para que fuera mi guía. Pronto quedamos frente a una vieja casa creole de madera sobre postes, cerca de la playa trasera del hotel Bahía. Tras llamar, un señor negro alto y mayor apareció en el portal invitándome a subir. Era Don Carlos Reid.

Recuerdos de Carlos Reid, un patriarca de los criollos de Bocas del Toro, 1975
Carlos Reid (1893-1987).

Le expliqué mi tarea y aceptó ser entrevistado, no sin antes advertirme que su memoria fallaba pues cumpliría 90 años. A minutos de iniciar nuestra conversación, noté que sus pensamientos estaban en otro sitio. Le pregunté si estaba cansado.

Contestó: “No, es que en mente tengo otra cosa”. Luego añadió: “Hijo, yo sabía que ibas a venir”.

Asombrado, le respondí: “Imposible Mr. Reid. No hay forma que usted supiese que yo venía. Vine por puro chance”.

“Hijo, no −me dijo−, yo sabía. Dios me dijo alguien vendría a rescatar mi historia y la de mi pueblo”.

Recuerdos de Carlos Reid, un patriarca de los criollos de Bocas del Toro, 1975
Carlos Reid y su esposa Bea preparando la cena en su casa en Bocas del Toro, 1976. Foto de los archivos de Stanley Heckadon Moreno.

De un baúl de madera sacó un folder viejo y amarillento. Llevaba la fecha 1953 escrita en letra laboriosa en la portada. Era la fecha en que dejó de escribir. Contenía 16 hojas de papel tamaño legal, con notas escritas a mano y con una antigua Underwood. Cada hoja era un capítulo de su vida terrenal. Tras darme tiempo de leerlas preguntó si su historia valía la pena. Dije que sí, parecía prometedora, pero requería mucho trabajo llenar los vacíos. Por ser su única copia, traté de devolverle el folder y le prometí regresar al culminar mi misión oficial.

Mr. Reid, con su profunda certeza religiosa, dijo: “Hijo, no. Llévate el folder, yo sé, volverás. Dios me dijo”.

En la próxima entrega veremos lo difícil que era publicar en Panamá un libro y mas aun uno sobre la cultura de los criollos de Bocas del Toro.

Recuerdos de Carlos Reid, un patriarca de los criollos de Bocas del Toro, 1975
Portada del libro bilingüe con los recuerdos de Carlos Ried, publicado en 1980 por la Asociación Panameña de Antropología. Libro que tomó cinco años de ardua labor y que casi no sale.


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