Más que otra cualquier cosa, Ricardo Piglia fue un lector. La escritura vendría después como consecuencia de aquella, y la visión del mundo leído, de los escritores, de la ficción en formas breves que sobrepasa y reúne géneros literarios para construir una mirada, y luego la formación de una manera de leer que afecta la visión y la forma de ser escritor.
Porque Piglia, excelente crítico, excelente escritor que lee críticamente, que escribe críticamente, ha legado una obra por la cual hay que transitar con el asombro de los descubrimientos.
En el año de sus cincuenta años, Ediciones Cátedra publica, en su clásica Colección Letras Hispánicas, la edición crítica del que es sin duda uno de los libros más importantes de la obra de Ricardo Piglia, El último lector, libro en el que el autor de Plata quemada, Formas breves o Nombre falso, ofrece, no solo las claves de su propia obra (en términos de construcción de motivos, pasiones, e influencias) sino también una visión del oficio de lector, una suerte de parámetros para redefinir el papel de la lectura, del lector y de la literatura como hermenéutica de lo cotidiano, como búsqueda y razón.
La edición a cargo del filólogo y crítico Ricardo Baixeras Borrell, traza un recorrido sobre la obra de Piglia muy enriquecedor, sencillo, que permite a los recién llegados tener una muy buenas primeras referencias para orientarse: la idea de la lectura desplazada (una sacudida lúdica y reflexiva), los diarios (un mito materializado que son memoria y semillero) y una cartografía de figuras del lector (una suerte de subrayador fluorescente), que se acompañan con notas críticas al texto que lo iluminan aclarándolo sin caer en la enjundia ampulosa que silencia al autor que es objeto del estudio.
Además, el desafío de escribir y anotar un libro de Piglia, tan particular, tan vasto en miradas, referencias, complicidades y peculiaridades, queda perfectamente solventado, ha conseguido Baixeras Borrell un aparato crítico que complementa perfectamente al libro que el propio Piglia dice que «es, acaso, el más íntimo de todos los que he escrito».
Para el lector que llega a esta edición y por primera vez al universo Piglia, quizás, de las tres referencias que ofrece para orientarse, la última, «Poéticas de la lectura en El último lector o la cartografía de las figuras del lector en la cultura contemporánea», le resulte la más jugosa. Ricardo Baixeras Borrell, en esta sección, que es una suerte de subrayador fluorescente crítico como decíamos arriba, dice: «La lectura en El último lector se establece desde una provisionalidad efectiva y sirve para pensar desde Piglia y con Piglia.
Como reclamaba el propio autor en relación a su escritura, se podría pensar hasta qué punto es también una lectura contra Piglia. En cualquier caso, se discuten los textos propuestos como cuestiones no vinculadas a una narratividad sino a reflexiones histórico-literarias tematizando la lectura como crítica y la escritura como ficción…» Esta es la clave de lectura, el mejor procedimiento de lectura que se puede seguir para abordar la obra de Piglia, que aguanta perfectamente a los buenos lectores reflexivos y lúdicos, porque es una literatura de desafía la mente y toca las emociones, se alía con la belleza.
La vida de un lector puesta al servicio de otros lectores, eso es El último lector, que además tiene la capacidad de plantear como alternativa lectora el propio Piglia: leer un ensayo, escribir un cuento, todo en la misma obra, por el mismo autor, entrando y saliendo de distintos géneros literarios, sístole y diástole del corazón delator de una literatura que ya forma parte de lo mejor que se ha escrito desde América.
«Su lectura siempre es inactual, está siempre al límite», dice Piglia, describiendo a todos los lectores del mundo, a todos aquellos que pueden ser el último lector, que desde la periferia leen con mirada atenta. Busquen este libro enorme, en esta edición excelente y lean a Piglia cuanto antes. Y los iniciados relean a Piglia cuanto antes: siempre hay una esquina dentro de su obra en la que volver a girar para perderse, para que el laberinto no cese.
