Aroa Moreno Durán (Madrid, 1981) es escritora y periodista. Suyas son las biografías Frida Kahlo. Viva la vida y Lorca. La valiente alegría. En 2017 publica su primera novela La hija del comunista sobre los azares de una familia en la Alemania del Este tras la Segunda Guerra Mundial y por la que recibe el premio Ojo Crítico de Narrativa.
Su novela más reciente es La bajamar (Literatura Random House 2022) en torno a una abuela, una hija y una nieta que se encuentran en una casa donde se revelarán secretos, se saldarán cuentas y se escucharán verdades dolorosas.
De pequeña ya leías con fluidez todo libro que había en la casa de tus padres.
Siempre me ha gustado leer y aprender. A los 6 años me regalaron 5 libros de la colección El Barco de Vapor. Fue como si me regalaran un tesoro. Yo vivía en un pueblo donde había una papelería que tenía obras que solicitaban los colegios. Yo iba con la paga semanal que me daban y compraba libros. De pronto a los 12 años leía a Neruda, los Diarios de Ana Frank, Los Santos Inocentes (Miguel Delibes), sin tener consciencia de quiénes eran. Fue maravilloso ese acercamiento espontáneo. Leer era una forma de estar conmigo y estar con otros. Mi madre me decía que me iba a parecer al Quijote de tanto leer (ríe).
¿Es un proceso similar escribir una biografía que un artículo periodístico o una novela?
Son procesos diferentes porque nacen de lugares distintos. El periodismo se debe a la veracidad. La novela se debe a la verosimilitud. En cuanto al trabajo de oficio son distintos. Juegas con el mismo balón, pero las normas del partido son diferentes. Para mí el esfuerzo de la ficción es el más potente.
Katia, el personaje central de La hija del comunista, tiene una identidad complicada. ¿Cuál es el peso argumental que tiene la familia en esta obra?
Toda. Nace en un estado soviético, pero vive en Alemania. En esa novela me preguntaba: ‘¿dónde está nuestra identidad?’. Si está en una educación o en nuestra familia. A lo largo de la vida esa respuesta cambia.
A Katia su familia le da esa identidad.
Claro. La sombra de comunista del padre. La decisión de salir de España e irse al exilio. Cuando ella abandona a su familia para formar la suya le cae el peso de la culpa de haberlos abandonado. La familia y la identidad son dos grandes temas de la Literatura.
El inicio de Bajamar coincide con el nacimiento de tu hijo. ¿Esta historia se habría contado de otra manera si tú no fueras madre mientras la escribías?
Escribí esta novela para responderme qué era toda esa revolución emocional que yo sentía por dentro. Esta novela tiene tres patas: la maternidad, el dónde está ubicada, en un lugar en tensión casi permanente durante el siglo XX (el País Vasco) y una historia que me cuentan.
La hija de la comunista nace porque el fallecido poeta Marcos Ana te obsequia historias sobre exiliados españoles en la República Democrática Alemana. Para entender esto entrevistas a Mercedes Álvarez y Nuria Quevedo, hijas de exiliados.
Avancé hasta la mitad tras leer libros de Historia, hasta que me encuentro con esas hijas en Berlín. El encuentro fue clave para confirmarme que estaba bien todo lo que había armado sobre un país que ya no existe tras la reunificación alemana (1990). También me dieron un montón de detalles que es imposible saber si no lo has vivido. Esos testimonios fueron importantes para que terminara la novela porque fueron tan generosas al pasarse horas contándome sus vidas. El libro ha servido un poco para que se abra ese tema. En París se publicó un estudio sobre exiliados españoles en Francia. En un máster universitario hablaban de mi novela como parte del contenido programático. Para algo sirve escribir.
Mucho más adelante en el tiempo, asistes a un club de lectura en San Sebastián, al final el pintor José María Corman te regala recuerdos sobre su madre y sus tías que fueron uno de los tantos niños que salieron en barco rumbo a Bélgica, huyendo de la Guerra Civil Española. ¿Luego qué?
Al día siguiente quedamos para tomarnos un café. Hubo algo en esa historia que me puso la carne de gallina que aparece en Bajamar: el desenlace de su tío, un niño pequeño que la madre no consigue llevar al barco de su libertad porque no puede desprenderse de él. Sin embargo, muere después ahogado en un accidente. ¿Cómo siguió viviendo esa madre? ¿Cómo influyó esto en su vida? Yo no sabía muy bien qué hacer con esto. Me entraron los nervios: ‘este es el legado de una familia. ¿Cómo respondo a esto?’ Hice algo terrible: dejé de hablar con él para centrarme en lo que yo quería hacer con sus recuerdos.
Un día te vas en tu automóvil de Madrid hasta San Sebastián a mostrarle el borrador de Bajamar. ¿Qué pensó el pintor?
Lo llamé por el camino: ‘Voy para allá. Me gustaría verte’. Le puse el libro sobre la mesa mientras tomábamos una cerveza. El hombre quedó pálido, casi llorando. ‘Esta no es la historia de tu familia, aunque vas a encontrar a tu madre’, le advertí. Aceptó lo que yo había hecho. Ayudó mucho que él sabe sobre los caminos de la creación.
¿Cómo recibieron La hija del comunista las entrevistadas?
Nunca me lo han dicho, pero sé que hay algo que les duele sobre la figura de su padre que usé en la novela. Una fue premio nacional de pintura de la República Democrática Alemana y la otra tuvo un alto cargo en la RDA. En septiembre acaba de traducirse la novela al alemán. Me gustaría reencontrarme con ellas para hablar.
Los dos libros estudian el concepto de la patria.
Los personajes de La hija del comunista son como islas en medio de la posguerra soviética. Me imaginaba el calor de su casa a pesar de la pobreza, pero que entre ellos formaban un hogar. Al final las relaciones entre padres, hijos y hermanos hacen un núcleo súper fuerte. En Bajamar están los niños que recordaban el exilio en Bélgica con cariño. Porque recibieron el abrazo de una familia desconocida que les hizo olvidar la guerra y la miseria, pero luego regresan a la España de la posguerra. Muchos padres no quisieron que sus hijos regresaran a España porque entendían que en esa otra parte tenían una vida mejor.
Ambas obras colaboran a comprender la Historia.
El contexto histórico es valioso, ya que esas coordenadas de un dónde y un cuándo determinan nuestras vidas. Lo vimos con la pandemia. Yo ni sabría ni quisiera escribir una novela histórica. Sí hay un trabajo de documentación importante, pero quería que las historias se sustentaran en sus personajes. Es importante darle pistas al lector sobre lo que ocurre en Berlín en La hija del comunista. En la Bajamar no cuento sobre ETA (organización terrorista nacionalista), pero sí cuento cómo las madres viven esa violencia. La Historia está siempre. La Literatura va por encima de ella.
Tus novelas nos acercan a la barbarie de la guerra. Ahora vemos en directo la invasión rusa a Ucrania. La guerra nunca se va.
Una cosa me causó un escalofrío. Cuando en Ucrania las madres de una maternidad en Mariúpol empiezan a salir con sus niños, después de un bombardeo. Hay un momento en Bajamar cuando cae una bomba en una maternidad en San Sebastián y las mujeres salen de los escombros con sus niños. Separan a ambos hechos 80 años. La guerra siempre les hace daño a los mismos. O esa foto de una madre afgana entregando a su niño en el aeropuerto de Kabul a los soldados. Se parece a Bajamar cuando entregan niños a los que van en un barco que las madres no saben a dónde va. Son mujeres con coraje que piensan: ‘salvaos la vida’. La sinrazón de la guerra es cíclica. ¿Nunca vamos a conseguir dejar de volver a la violencia?

