En un mundo en el que Hollywood y la desinformación alimentan el miedo hacia los tiburones, la realidad que subyace en su importancia para nuestros océanos queda opacada por la ficción y el mito. Los tiburones, constantemente demonizados como “plagas” o “villanos”, son en realidad especies cruciales en la cadena alimenticia oceánica y su conservación en Panamá es un tema que merece nuestra atención y acción.
Las muertes por ataques de tiburones son extremadamente raras. En promedio, ocurren alrededor de 10 muertes por año en todo el mundo debido a ataques de tiburones. En cambio, aproximadamente 1.35 millones de personas mueren en accidentes de tránsito cada año en todo el mundo. Estadísticamente, es mucho más probable morir por un accidente de tránsito, enfermedades cardiovasculares u otras causas que por un ataque de tiburón.
La audaz afirmación de que los tiburones son indispensables en nuestro océano no es un exceso retórico. Estas criaturas, con más de 400 millones de años de evolución, desempeñan un papel vital como depredadores tope en la cadena alimenticia. Al mantener en equilibrio las poblaciones de otras especies, los tiburones contribuyen a la estabilidad y la diversidad de los ecosistemas marinos. Esto, a su vez, beneficia no solo a la vida oceánica, sino también a las comunidades costeras que dependen de la pesca y el turismo.
En Panamá, país de rica biodiversidad y con dos océanos que bañan sus litorales, los tiburones son un componente esencial de su patrimonio natural. Sin embargo, la falta de conciencia y la persistencia de estereotipos erróneos han llevado a la explotación y disminución de las poblaciones de tiburones en nuestras aguas. La pesca ilegal, la captura incidental y la demanda de aletas de tiburón han llevado a que algunas especies estén al borde de la extinción.
Reconocer que los tiburones no son plagas constituye el primer paso hacia un cambio en nuestra percepción y actitud hacia estas magníficas criaturas. Es esencial dejar de percibirlos como amenazas ficticias y comenzar a apreciarlos como seres vivos que merecen vivir y florecer en su hábitat natural. Para que las medidas de conservación sean verdaderamente efectivas y la sociedad panameña se comprometa con la protección de estos animales, es necesario adoptar un cambio de mentalidad. Además, impulsar nuestra capacidad para supervisar y controlar la pesca resulta crucial para que los tiburones se recuperen.
También debemos fomentar la educación ambiental y la investigación científica en torno a los tiburones y su importancia en el océano. Los panameños deben ser conscientes de la riqueza biológica que nos rodea y de nuestra responsabilidad como guardianes del patrimonio natural. Solo así podremos cambiar la errónea idea de que los tiburones deben ser exterminados para garantizar la seguridad humana en el mar.
Panamá ha emergido en la arena internacional como un “líder azul”, gracias a la creación y expansión de áreas marinas protegidas, así como la inclusión de especies de tiburones y rayas en el Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres. A pesar de estos logros, aún enfrenta desafíos por superar, como implementar restricciones a la perjudicial pesca de arrastre, la prohibición de la pesca dirigida hacia tiburones y rayas, y la creación de santuarios que resguarden sus zonas de reproducción.
Es imperativo que demos tiempo a los ecosistemas y especies para recuperarse si deseamos que nuestros océanos vuelvan a florecer. El momento de actuar es ahora, para así asegurar un océano próspero y repleto de biodiversidad.

