Alejandro Gaviria es varios personajes en uno solo. No es que este docente universitario e ingeniero civil tenga el trastorno de identidad disociativa. Lo que pasa es que tiene la facultad de ejercer muchos oficios.
Con quien hablé no fue con el economista, ni con el ministro de Educación de Colombia bajo el gobierno de Gustavo Petro, ni con el que fuera precandidato presidencial, aunque en el fondo sean la misma persona.
Con quien conversé sobre temas literarios y sociales fue con Alejandro Gaviria, el responsable de obras como Alguien tiene que llevar la contraria (2016) y Otro fin del mundo es posible (2020). Para ser aún más preciso, con quien entablé comunicación fue con el autor del ensayo No espero hacer ese viaje, publicado en diciembre de 2022 por la editorial Ariel.
En su nuevo libro se encarga de crear lazos comunicacionales entre América Latina, Colombia, la locura de las guerras, las redes sociales y la invasión a Ucrania con el pensamiento de los escritores Stefan Zweig y Germán Arciniegas, el grabador e ilustrador Frans Masereel y el crítico de arte Walter Engel.
Zweig escribió que el intelectual debe ser fiel a sus convicciones. ¿Cuáles son las convicciones de Alejandro Gaviria?
Yo creo en la importancia de la libertad y la dignidad humana. Me gusta decir que soy un optimista trágico: creo en el progreso, en nuestra capacidad colectiva de enfrentar los desafíos del presente, pero, al mismo tiempo, sé que cada solución engendra un nuevo problema.
Soy un liberal, me preocupa la concentración de poder venga de donde venga. Y sé que el poder del Estado, por ejemplo, es mayor para hacer daño que para hacer el bien. Con el tiempo, y después de pasar por una enfermedad grave (superó un cáncer linfático), me he vuelto más consciente de la necesidad ética de la compasión, de entender sin juzgar las acciones de los otros.

América Latina en el presente. ¿Cómo vamos en la lucha contra la irracionalidad, el fanatismo y la destrucción?
En América Latina y en el mundo en general, estamos entrando en una época de locura. Por cuenta de la crisis climática, las redes sociales y los cambios generacionales, entre otros factores. Esa forma de irracionalidad colectiva que es el populismo está creciendo. El fanatismo también, con consecuencias graves, entre ellas, la erosión del debate público y la pérdida de confianza en la democracia. Pensé inicialmente que el título de este libro iba a ser “Una época de locura”.
¿Cuál es la utilidad de la cultura, las artes y la educación en estos tiempos de abusos de poder y conflictos bélicos?
La cultura es una forma de resistencia y también de consuelo. La cultura no puede parar las guerras, pero sí puede ofrecer una suerte de resistencia espiritual. La cultura, como decía Stefan Zweig, nos instruye sobre la unidad espiritual de los seres humanos. La cultura es también una forma enaltecida de trascendencia. “No espero hacer ese viaje” puede leerse como una respuesta larga a la pregunta sobre el papel de la cultura durante las épocas de locura.
En esta obra señala que la posverdad es también prefascismo. ¿Por qué?
El fascismo está basado en una negación de la verdad, en un estado de opinión que proyecta todos los males de la sociedad en un grupo poblacional. Voltaire dijo alguna vez, cito de memoria, que si uno logra que mucha gente crea cosas sin sentido, logrará también que cometan atrocidades. En su obra El mundo de ayer, Stefan Zweig muestra de manera minuciosa la importancia de la mentira en el ascenso de Hitler.
¿Cómo se explica que grandes inventos tecnológicos, que pudieran ser instrumentos de libertad de expresión, se convierten, directa o indirectamente, en espacios de odio y fanatismo? Por ejemplo, la imprenta, la radio o las redes sociales.
Es una gran paradoja: los cambios en las tecnologías de información, que ayudan a democratizar la cultura, han traído también consecuencias adversas, se han convertido en formas eficaces de propagación del odio y la desinformación. Yuval Harari dice que los seres humanos somos animales hackeables. Razón no le falta. Algunas tecnologías han explotado esa vulnerabilidad, nuestro lado flaco.
Una de las tristezas de Zweig es haber perdido contacto con su biblioteca personal. Si tuviera que dejarlo todo, ¿qué libros se llevaría?
Su biblioteca quedó en Inglaterra. Tuvo que deshacerse también de su colección de manuscritos. Yo llevaría Los ensayos, de Montaigne, precisamente porque nos enseñan a mantenernos libres durante las épocas de locura. Y libros que siempre he querido leer y no he podido por falta de tiempo: El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; El doctor Zhivago, de Boris Pasternak; Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y Moby Dick, de Herman Melville.
Si usted fuera el marchante de la obra de Frans Masereel, ¿qué le diría a una persona no instruida en el arte que debe tener uno de sus grabados en casa?
Le diría que el arte no solo tiene un valor ornamental, sino que el arte tiene que incomodar. Le diría también que Frans Masereel nunca dejó de trabajar en medio de la guerra, que el arte lo salvó espiritualmente y que, por lo tanto, el grabado tiene un valor inmenso, muestra el poder testimonial y de resistencia de la cultura.
¿De qué hablaría de estos tiempos convulsos con Germán Arciniegas?
Hablaríamos quizá de los límites de la democracia liberal, de la complejidad de los arreglos sociales y de la ineficacia de muchas democracias en medio de expectativas crecientes y problemas globales. Insistiríamos, creo, en la difícil defensa de lo imperfecto.
¿Cómo explicarles a Zweig, Masereel y Engel que Europa ha vuelto a la guerra con la invasión de Rusia a Ucrania?
Zweig sabía que la historia va y viene, que los momentos de fraternidad humana no duran para siempre y que Europa ha sido por siglos el continente de la locura. Quizá volveríamos a concluir, como entrevió Zweig, que el futuro está en América, que, ahora aún más con la crisis climática, América será clave para el futuro de la humanidad.
Ha definido como héroes espirituales a Zweig, Germán Arciniegas, Masereel y Engel. ¿Cuáles serían sus héroes espirituales del presente?
Tengo varios. De los ya muertos, siempre me ha gustado el escepticismo de Jorge Luis Borges y el liberalismo del ruso Joseph Brodsky. Quisiera mencionar también a Aldous Huxley, sobre quien escribí un libro recientemente. De nuestros contemporáneos, me gustan el poeta venezolano Rafael Cadenas, quien acaba de ganar el Cervantes y se ha opuesto con decisión y elocuencia a la locura destructiva que se desató en su país, y al escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quien ha combatido la dictadura de su país con imaginación y humor. Ramírez es un ejemplo perfecto de la cultura como resistencia.

