En nombre del pueblo y del comandante

Nicolás Maduro llamó al diálogo a la oposición al asumir el viernes la presidencia de Venezuela con la promesa de preservar el legado de Hugo Chávez, una vez aplacada la crisis política que se desató porque sus adversarios desconocen su vic

En nombre del pueblo y del comandante
En nombre del pueblo y del comandante

Sobre las nueve de la mañana, el centro de Caracas mostraba las señales de los grandes días de la era chavista. Esos en los que la llamada 'Revolución Bolivariana' se mira en el espejo y descubre que sigue siendo la más bella: gente –muchísima— vestida rojo, fuerza pública a diestra y siniestra y, sobre todo, las inacabables canciones revolucionarias.

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Maduro encabeza su primer desfile como presidente de VenezuelaSIP pide al Gobierno de Venezuela y la oposición respeto a la libertad prensaMaduro asume presidencia de Venezuela tras grave crisis política

La verdad es que era un gran día: el 203 aniversario del primer grito de independencia coincidía con la juramentación del nuevo presidente, elegido solo cinco días antes. El nuevo mandatario asumiría el poder –primero el político, en la Asamblea Nacional, y luego el militar, en un desfile en el Paseo Los Próceres— frente a su pueblo y el mundo entero. Y todos se irían a casa felices. A esa hora, además, ya se rumoraba que el acto de juramentación –programado para las 11— tendría lugar sobre la una.

Cualquier persona recién llegada jamás se imaginaría que, menos de 12 horas antes, el poder electoral había aceptado auditar los resultados de los comicios porque menos del 2% de los votos separaban a uno y otro bando. Mucho menos que el desacuerdo entre ganadores y perdedores había dejado casi una decena de muertos.

Nada de eso parecía posible esta mañana, y sin embargo era real. Esa es la Venezuela de hoy: un desierto lleno de espejismos que van y vienen, sin que nadie acierte a establecer el límite entre buenos, malos, verdades y mentiras.

EL ENÉSIMO DÉJA VU

La juramentación tendría lugar en el hemiciclo legislativo. Pero antes, invitados y anfitriones pasarían por el precioso patio interior de la Asamblea Nacional. Entrarían por lado este, bajando la escalinata que conduce al patio en sí, donde una imponente fuente comparte protagonismo con una treintena de altísimas palmeras. Atravesando el patio accederían al hemiciclo, no sin antes ser infinitamente fotografiados y filmados por el enjambre de periodistas que se amontanaba en el balcón del lado oeste.

El patio interior estaba adornado por decenas de soldados en distintos uniformes de gala. Además, había un gran número de estudiantes militares –sin sofisticados uniformes— y de la Escuela de Formación Campesina “Tierra y hombres libres”. De vez en cuando, desde los altavoces se gritaban órdenes a los soldados, a manera de ensayo. Los disparos de cañones, a lo lejos, rompían la monotonía de la voz de Hugo Chávez cantando “Patria Querida”, un sonido que parecía flotar permanentemente en el aire.

Poco a poco, el patio se empezó a llenar de gente vestida con los colores del país. En una pantalla gigante –con la omnipresente señal del canal estatal (VTV)—, venezolanos y venezolanas felicitaban a Maduro, recordaban a Chávez y denigraban a la oposición, repitiendo el enésimo aquelarre de auto-felicitación oficialista. Muchos venezolanos –que no aparecerán en VTV—se preguntan a diario cuando cesará el pan y el circo, y cuando empezarán estos revolucionarios a trabajar.

LAS ESTRELLAS POLÍTICAS

Aparte de ver a nuevo líder bolivariano, la gran atracción eran las delegaciones extranjeras, especialmente aquellas encabezadas por presidentes y otros jefes de Estado, ya que se presupone una relación directamente proporcional entre la legitimidad de un líder y la cantidad de 'colegas' que acuden a su juramentación. Durante toda la mañana fueron entrando dignatarios de distintos orígenes y aspectos, pero sin la importancia suficiente como para merecer un flash.

Pasada la una de la tarde, empezaron a desfilar las estrellas políticas por la alfombra roja. En ese momento, el patio era un festival, con música más propia de un carnaval que de una “solemne” juramentación. Los presidentes empezaron a aparecer, cada uno con un significado distinto. En primera línea estaban los incondicionales: Cristina Fernández, de Argentina, Evo Morales, de Bolivia, y Pepe Mujica, de Uruguay. Estaba también Daniel Ortega, que visitaba uno de los pocos países donde aún se le tiene cierto respeto. Y, por supuesto, estaba Raúl Castro, cuya presencia en cualquier acto de naturaleza democrática causa una cierta dentera.

Luego estaban los interesados: los semi-anónimos líderes de Haití, Guyana, Dominica y demás territorios que no suelen aparecer en las noticias. Hicieron su aparición también los “ni fu ni fa”: gente como Ollanta Humala, de Perú, y Porfirio Lobo, de Honduras. Y en una liga completamente distinta estaban los ases de la baraja, esos cuya presencia le daba a Maduro varios centímetros de altura: la brasileña Dilma Rousseff y el colombiano Juan Manuel Santos.

En total, habían unas 61 delegaciones. Y como siempre en Venezuela, gran parte de la atención las atraían las comitivas “extrañas”: estaba el canciller de Palestina, un príncipe de Qatar, y hasta un alto dignatario del pueblo saharaui. Menos extrañas, pero muy importantes, eran las delegaciones de las grandes potencias no occidentales, China y Rusia. Pero el crack de los presidentes en Venezuela no es latino ni árabe, ni chino ni ruso. Es persa, y se llama Mahmud Ahmadinejad.

Lo de Ahmadinejad en este país merece un párrafo aparte. No solo por la obvia razón de que, salvo la hostilidad a la política exterior estadounidense, Irán y Venezuela no tienen absolutamente nada en común, sino por la particular situación del presidente iraní en su propio país: hoy por hoy, Ahmadinejad es poco menos que un cadáver político, habiendo perdido una dura lucha por el poder con el establishment clerical de la República Islámica, y a solo tres meses de que los iraníes escojan a su reemplazo. El presidente iraní debe alucinar al llegar a Caracas, y es imposible saber si es capaz de entender la locura colectiva que provoca su presencia en la tierra de Bolívar.

LA JURAMENTACIÓN

Naturalmente, el único hombre que despertó más entusiasmo que Ahmadinejad fue Maduro. Entró de la mano de su esposa Cilia Flores, y flanqueado por una comitiva de unas treinta personas. Con la mano derecha saludaba, lanzaba besos y alzaba el brazo con el puño al aire. Era su gran día, y su expresión revelaba que era perfectamente consciente de ello.

El último presidente en entrar fue Juan Manuel Santos, y poco después de su aparición comenzó la ceremonia. Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, abrió el acto recordando lo simbólico de la fecha. Terminó su intervención agradeciendo a todos por “aguantar los ataques de la derecha venezolana”.

Había llegado el momento. Ahí estaban, Diosdado y Nicolás, dos “hermanos” y supuestos rivales, con el librito azul en la mano izquierda, frente a frente, consumando la primera transición de poder tras la muerte de quien monopolizó el universo político venezolano por casi 15 años.

Maduro juró seguir el socialismo y la revolución. Lo juró por Dios, por “Cristo Redentor”, por Bolívar y por Chávez y por muchos otros, y cuando terminó de jurar se oyeron los aplusos, los vítores, las cornetas y los cohetes por todo el centro de Caracas.

El “hijo de Chávez” recibió el collar del Libertador y la banda presidencial –con la ayuda de María Gabriela Chávez, hija del comandante— y los gritos de “Chávez vive, la lucha sigue” dieron paso a las notas del himno nacional, y a un obligado a homenaje al difunto presidente.

YENDRI Y EL MONÓLOGO

El nuevo mandatario venezolano tomó la palabra, dispuesto a impresionar a su pueblo y a sus colegas. Llevaba pocos minutos en el estrado, y hablaba del Papa Francisco, cuando un muchacho –de nombre Yendri Sánchez— corrió hacia él y le arrebató el micrófono. “Nicolás, mi nombre es Yendri, ayúdame..”, alcanzó a decir antes que se cortara la señal televisiva. Por una fracción de segundo, el pánico invadió el edificio.

Pero no fue nada. Afortunadamente, Yendri es un espontáneo “profesional” que el 10 de abril interrumpió también un acto de Henrique Capriles. Aún así, fue detenido y será procesado.

Maduro no corrió peligro, pero la sensación es que algo pudo haber pasado. “Van a pelar a los de seguridad”, le escuché decir a una oficial de protocolo cercana. Maduro continuó, y su discurso fue rápidamente convirtiéndose en una monótona retahila de clichés y frases gastadas. Cada discurso del nuevo presidente es una clase parcializadísima de historia aderezada con frases vacías e ingenuas para describir el presente e imaginar el futuro.

Para rematar, Maduro hizo lo que jamás debió haber hecho: habló de las elecciones. Inclusive explicó ciertos entresijos del sistema electoral venezolano y mostró fotos de los muertos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cuando pretendía actuar como presidente? Y más importante aún, ¿cuando pretendía explicarle a los venezolanos cómo piensa hacer los malabres que tendrá que hacer para mantener el país a flote?.

Los que antes lo habían esperado y vitoreado entusiasmados ahora observaban las pantallas con la mirada perdida. Hasta Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral, abandonó el hemiciclo antes que Maduro finalizara su monólogo.

Luego de mucho tiempo, el discurso del presidente terminó. Después de todo, aun tenía que presidir un desfile militar. Mientras se dispersaban los asistentes, la surreal situación política del país –con la mitad del país en contra de Maduro y una auditoría de votos pendiente— era el elefante en la sala del que nadie quería hablar. La respuesta a esa pregunta, sin embargo, puede encontrarse en el inmortal libro El Arte de la Guerra de Sun Tzu: “un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después”.

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