La dictadura militar selló su suerte el 7 de mayo de 1989, cuando, de forma abrumadora y pacífica, el pueblo panameño votó 7 a 3 en favor de la nómina presidencial de la Alianza Democrática de Oposición Civilista (ADO Civilista), encabezada por el abogado Guillermo Endara y acompañada por el filósofo Ricado Arias Calderón y el empresario Guillermo Ford.
La victoria fue tan abrumadora que, incluso, en las urnas en las que votaban predominantemente las tropas de las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP), ganó Endara.
La respuesta del régimen encabezado por Manuel Antonio Noriega fue desconocer el triunfo primero y luego cancelar las elecciones.
Ese mes de mayo se caracterizó por la brutal y sangrienta represión a la nómina ganadora. En imágenes que le dieron la vuelta al mundo, Billy Ford aparecía con su camisa manchada por la sangre del guardaespaldas que lo protegía de los ataques de civiles promilitares.
Los meses que siguieron a las fallidas elecciones tenían un aire de cuenta regresiva. El drama se había transformado en un macabro circo de tres pistas. En la primera , la burocracia militar y de seguridad nacional de Estados Unidos se dividió sobre qué hacer con su “muchacho”, quien les había servido por más de tres décadas como informante y colaborador.
En la segunda pista, las FDP, el principal cuerpo militar y de seguridad del país, había entrado en implosión. Noriega irrespetó el primer mandamiento de toda organización militar: el respeto al rango. Desde que el 16 de marzo de 1988 le habían hecho una intentona golpista, el militar había establecido una estructura paralela dentro de las Fuerzas de Defensa, en la que se privilegiaba la lealtad sobre el rango.

Finalmente, en la tercera pista, se encontraba un pueblo panameño frustrado y enfrentado. Los bancos estuvieron cerrados por tres meses en 1988 debido a las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos en febrero de 1988. No había trabajo y cada día cerraban más negocios al quedarse sin inventario y circulante.
El panameño hizo lo impensable para sobrevivir. Profesionales muy cotizados empezaron a vender frutas y verduras. Las escuelas privadas se fueron vaciando, porque las familias no podían pagar las colegiaturas, y miles de panameños migraron a Costa Rica, Canadá, Estados Unidos, España y Venezuela.
El régimen militar había formado a los batallones de la dignidad, una fuerza paramilitar armada que supuestamente rechazaría toda amenaza externa. En realidad, ellos se convirtieron en una amenaza a los ciudadanos, sobre todo a los civilistas y a los sospechosos de simpatizar con estos.
A trastienda, parecía que todo el mundo negociaba con el dictador Noriega para que abandonara el poder. El primer ministro español, Felipe González, un viejo amigo de Panamá, hizo ofertas de asilo y protección para el tirano y su séquito. A su vez, el poderoso presidente venezolano, Carlos Andrés Pérez, ofreció un refugio seguro y protección en iguales términos. Además, Estados Unidos enviaba a su negociador, Michael Kozak, que también ofreció de todo.
Un par de veces corrieron los rumores de que Noriega se había ido a República Dominicana, pero como broma de humor negro, reaparecía en las pantallas de la televisión panameña.
El 3 de octubre de 1989, los mejores oficiales de las FDP se levantaron contra su comandante, se tomaron el cuartel central y esperaron que el Comando Sur de Estados Unidos pasara a recoger al dictador. Hicieron esfuerzos para que lo recibieran en alguna base militar, pero Estados Unidos les dio la espalda. Las tropas leales a Noriega retomaron la comandancia y los principales partícipes fueron torturados y fusilados, en lo que se conoció después como la masacre de Albrook.
En Estados Unidos, los medios de comunicación y políticos del Partido Demócrata, y algunos del Republicano, criticaron duramente al presidente George Bush y lo calificaron como un wimp, un flojo o debilucho.

El asunto se ponía más difícil para Bush, porque había sido director de la CIA y sabía de primera mano las actividades de su colaborador panameño. Para complicar el escenario geopolítico de Bush, el 9 de noviembre fue derribado el muro de Berlín. El mundo socialista se despedazaba, la geopolítica como se conocía hasta el momento perdía todo sentido.
A últimas horas del martes 19 de diciembre, decenas de miles de tropas estadounidenses atacaban objetivos en territorio panameño. Ese martes, helicópteros y aviones de combate, vehículos artillados, infantería ligera y fuerzas especiales atacaron con todo lo que tenían.
Aunque Noriega había estado visible en la mañana del 19, muy cerca de instalaciones militares estadounidenses, no hubo ningún intento por capturarlo.
Por cuatro días, su paradero era desconocido, hasta que apareció en las puertas de la Nunciatura Apostólica, en Paitilla.
El dictador y su séquito más cercano buscaban que El Vaticano le diera asilo. Por días, las fuerzas armadas de Estados Unidos rodearon la Nunciatura y la bombardearon con rock para presionarlo psicológicamente, hasta que se entregó el 3 de enero de 1990 a agentes de la DEA. Más tarde se enfrentó a un juicio por narcotráfico y a más de 20 años de prisión entre Estados Unidos, Francia y Panamá.
Prácticamente, hasta su muerte, estuvo detenido, sin que jamás divulgara sus famosos supuestos secretos.
El país que dejó Noriega estaba en ruinas. El Chorrillo, Río Hato, Panamá la Vieja, Paitilla, San Miguelito, Tinajitas y Colón fueron los principales focos de combate. Además de los fallecidos en estos combates, los muertos aumentaron por civiles panameños que murieron en el incendio de El Chorrillo y en incidentes en retenes o porque fueron confundidos con posibles atacantes.
Hasta la fecha, se ignora la cantidad exacta de víctimas y sus identidades. La invasión le costó al gobierno estadounidense 166.3 millones de dólares.
Ese país le hizo corte marcial a 17 soldados por crímenes cometidos en Panamá. Solo una de estas acciones judiciales fue por homicidio, el de un anónimo ciudadano panameño, desarmado, que se encontraba en la Represa de Madden el 23 de diciembre de 1989.
Endara, Arias Calderón y Ford tomaron posesión en una base militar. Tuve la oportunidad de preguntarle a Endara sobre esto y me contestó que si no lo hacían, Estados Unidos iba a imponer una junta militar o un gobierno provisional.

Panamá se tuvo que echar encima la reconstrucción de un Estado y de una sociedad que había perdido el sentido democrático. Aprendimos a hacer elecciones limpias y a manejar el Canal eficientemente. En el camino, la educación, la justicia, la seguridad social y muchos otros temas de Estado fueron decayendo y el clientelismo y la corrupción se fueron apoderando de más espacios de nuestra realidad nacional.
Nuestra democracia es hija de la sangre de los desaparecidos y víctimas de la dictadura y de la invasión.
Eso ha sido un gran sacrificio, para que perdamos la noción de los horrores de la historia y entreguemos el país a las manos de una nueva dictadura: la de la impunidad.
