Era fuerte, vigoroso, corría más que todos. En el ejército le decían “energizer” por su fama de rápido. Pertenecía a un grupo élite de las fuerzas militares colombianas.
La vida le cambió radicalmente al soldado profesional Wilmar Carvajal Pineda el 9 de enero de 2010. Desenterraba el cadáver de un hombre que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) habían depositado en una fosa común, en una población cercana al municipio de Ituango, en el departamento de Antioquia. El área estaba cubierta de minas quiebrapatas. Habían desactivado ocho de los artefactos cuando el coronel que comandaba la operación dijo: “por ahí debe estar otra”, y bum... Wilmar, hoy de 30 años, pisó la novena.
Camina con muletas, y el ortopedista le dice que tienen que cortarle el pie. Se acabaron los días de gloria en el ejército. No tiene trabajo, lucha con el Estado colombiano para que le dé una pensión con la que pueda mantener a sus hijas de cinco y tres años.
Luego de la tragedia, fue reasignado al departamento de seguridad del Ministerio de Defensa de Colombia, lugar donde trabajó hasta hace año y medio, pero resulta que le tocaba estar parado más de seis horas al día, y su pie herido se resistía a la jornada. Renunció.
Se gana la vida como puede. “Me voy para Corabastos [principal mercado de Colombia] a recoger frutas... me toca mirar la que está dañada y la que no está dañada, y luego la echo en un carrito…”, narra Wilmar en el Parque Nacional, de Bogotá, donde el pasado jueves se juntaron decenas de víctimas del conflicto armado colombiano.
Historias distintas, crudas, casi increíbles. Dolor, rabia, tristeza, desarraigo, luchas, esperas. Sentimientos que deja la guerra. Sin embargo, esta tarde de septiembre, reunidas en el frío parque de Bogotá, no solo las movía su condición de damnificadas del conflicto, sino su decisión de votar por el no mañana domingo en el plebiscito convocado para que los colombianos ratifiquen o no el acuerdo entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC.
Wilmar lamenta que el día en que el gobierno y la guerrilla se dieron la mano en Cartagena, él estaba pidiéndole a un amigo que le prestara plata para subirse al Transmilenio y asistir a una cita médica.
“Y que dizque firmando la paz. Y uno buscando una pensión desde hace rato, mientras que esos manes [las FARC] van a salir pensionados (...) y uno acá... viendo que yo metí el cuerpo por mi patria, por el país, por el pueblo colombiano, yo fui de esos... y vea, así me pagaron. Créanme que si hubiese estado [Álvaro] Uribe no estaría así, porque él quiere mucho a los soldados. A ese man lo aman, y más que todo en Medellín”, cuenta.
Por su historia, porque está desesperado, porque dice que las FARC le hicieron daño a su país, este domingo votará por el no.
Los que ese día se manifestaban a favor del no insisten en que el acuerdo que se firmó la tarde del lunes 26 de septiembre “le da muchos beneficios a las FARC”. Lo sustenta, por ejemplo, María Clara Posada, la mujer que gerencia la campaña “Por el No, soy Colombiano”.
“Hay uno que le duele mucho al ciudadano de a pie, y es que usted trabaja toda su vida honestamente y nadie le ha regalado un peso. A estos señores [las FARC] que han estado delinquiendo, pues los vamos a premiar con salarios, con una plata para inversión, con tierras, con emisoras para hacer política, con curules en el Congreso garantizadas. ¿Cuánto se demoraron las negritudes o los indígenas en conseguir dos curules? A ellos les estamos dando 10 de entrada, más seis circunscripciones especiales. En 2018 cualquiera de ellos puede ser nuestro presidente”, sustenta.
¿Y cuál cree que es la solución? “Renegociar. Hay que buscar una salida negociada del conflicto”, contesta.
Alicia, de 60 años, quiere saber la verdad. Quiere que las FARC le digan dónde están sus dos hijos. Asegura que se los llevaron en 2003 de Campo Hermoso de la Luz, una población vecina a San Vicente del Caguán, un fortín guerrillero. La misma zona que el gobierno de Andrés Pastrana entregó a este grupo en medio de un frustrado diálogo para ponerle fin a la guerra.
“No se sabe nada de ellos. El 10 de agosto se cumplieron 13 años de que se los llevaron. No me dicen si están vivos o están muertos. Hay que apoyar el no, no podemos apoyar a los que nos han hecho daño. No se puede olvidar”, advierte.
Jenny Paola Restán, de 35 años, es otra que está a favor de que no se ratifique el acuerdo. “Somos víctimas del conflicto armado y no hemos recibido ninguna ayuda del Estado”. Dice que las FARC les dieron dos horas para que buscaran sus documentos personales, hicieran sus maletas y se fueran de Totoró, Cauca. “Eso fue hace cuatro años y medio. Llegamos a Bogotá, donde se pasan muchas necesidades. Aquí todo es muy difícil. Aquí no les abren las puertas a nosotros los desplazados. Es absurdo que les den todas las oportunidades a ellos [a la guerrilla] si nosotros somos más víctimas que ellos....”.
Al lugar llega el exvicepresidente de la República Francisco Santos, uno de los que impulsa la campaña “Por el No, soy Colombiano”. “Si gana el no, nos tenemos que sentar con el gobierno rápidamente para mirar los temas en los que no podemos ponernos de acuerdo, para reconducir, yo diría, el tema de justicia, de reparación. El tema de reconciliación no está en ninguna parte del acuerdo, y luego, rápidamente ir a hablar con ellos en La Habana [Cuba, donde se forjaron los diálogos] para que entiendan el mensaje que mandó Colombia”, dice el político miembro del partido Centro Democrático, que fundó el expresidente Álvaro Uribe.
¿Y si gana el sí? “Yo voy a seguir trabajando con los que siempre han sido mi vida, las víctimas. Para que puedan enfrentar [a] los víctimarios, para que sean verdaderamente reparadas, para que no sea simplemente un discurso”, responde.
Santos, férreo opositor al gobierno de su primo Juan Manuel Santos, piensa que el perdón por los daños que ocasionó la guerrilla de Rodrigo Londoño, Timochenko, no debe ser “colectivo”, tiene que ser “individual”.
“Yo quiero que [el guerrillero Edison] Romaña le pida perdón a muchas víctimas que están acá y que tienen sus familiares desaparecidos. Quiero que muchos de los comandantes que rodearon a Bogotá y que cometieron tremendos delitos contra los ciudadanos de la capital, vengan y pidan perdón. Que en algún momento dado puedan ellos mirar a los ojos y decirles a las víctimas: lo sentimos mucho. El escenario del perdón es el más reparador y el que genera mayor posibilidad de reconciliación, y eso no está previsto en el acuerdo”, dice.



