La llave que abre la celda no la tiene el custodio. La tiene el preso.
En esencia, esta podría ser la historia de lo que ocurrió en La Joyita la tarde en que casi 200 reclusos protagonizaron la que es considerada una de las fugas más grandes de Latinoamérica.
Dos personas que conocen de primera mano la manera como funciona el aparato carcelario panameño, un exjefe de la Dirección General del Sistema Penitenciario que habló bajo reserva de identidad, y Carlos Icaza, exjefe de la unidad antipandillas de la Policía Nacional, comparte con este medio una radiografía de cómo se gobiernan los pabellones de La Joya y La Joyita.
Sus versiones, compartidas por separado, describen una arquitectura de poder construida durante años, con la complicidad tácita del propio Estado.
‘Mandan los delincuentes’
“Administra el gobierno, el Estado administra”, dice Icaza. “Pero si vamos a ver quién manda realmente, nos guste o no nos guste, mandan los mismos delincuentes. Ellos deciden las cosas allá adentro. Siempre ha sido así. Eso es una realidad, le guste o no le guste a los demás escucharlo”.
El exjefe del sistema lo dice de otra manera: “Los pabellones los controla la mafia. Líderes y cabecillas de pandillas son los que deciden quién viene, quién va, qué se mueve y qué no se mueve dentro del pabellón”.
En La Joyita, cada uno de sus pabellones, algunos con más de 500 presos, pertenece a una organización criminal distinta. El pabellón 11 es de una banda. El 12 de otra. El 9 de una tercera. Y así, la geografía del crimen de las calles de Panamá se replica tras los muros.
“Cuando agarras a un miembro de una banda, inmediatamente te dice: no me mandes para allá, me van a matar. Mándame al pabellón de tal”, añade.
Icaza lo confirma y agrega que son los propios funcionarios quienes administran esa segregación. La dinámica funciona más o menos así: “¿Tú eres de Pacora? Bueno, tú vas para tal lado", resume Icaza. “No te voy a meter con la gente de Panamá Viejo. Porque te van a matar”, añade.
Muchos presos, pocos custodios
En La Joya y La Joyita hay casi aproximadamente 10,000 privados de libertad.
Mientras que el cuerpo de custodios penitenciarios, los responsables del movimiento interno, de llevar a los reclusos a citas médicas, audiencias judiciales, visitas familiares, suman aproximadamente unos 60 funcionarios.
“En cada pabellón puedes tener uno”, dice el exjefe del sistema penitenciario.
Dentro de esos pabellones no hay celdas individuales sino galerías colectivas donde cientos de presos conviven. “Ellos están con los candados abiertos”, describe Icaza. “Salen, entran al patio. Ellos se mantienen ahí”, afirma.
Las cercas perimetrales tampoco ofrecen mayor garantía. “Esa cerca tú la mires y se caen solas, lo oxidadas que están. Las cercas no están en perfectas condiciones. Eso es una realidad de muchos años”. agrega.

La estructura en la sombra
En el organigrama paralelo de la cárcel, el poder lo tiene el líder de la pandilla. Su autoridad se ejerce a través de la amenaza, el miedo y la corrupción. Los custodios no se escapan de la realidad. Según la fuente, si un guardia se niega a introducir contrabando, recibe una amenaza contra su familia o una oferta de 2 mil dólares en efectivo si acepta colaborar.
“Lo más probable”, dice, “es que agarren la plata”.
Luego están los llamados “siervos”, internos vinculados a iglesias evangélicas o grupos religiosos que funcionan como mediadores entre la población penal y las autoridades.

“Los siervos ayudan a mantener la paz”, explica la fuente penitenciaria. “Pero los que realmente mandan son los líderes de las pandillas”, añade.
La influencia de los líderes informales dentro de las cárceles panameñas, incluso apareció reflejada en el Informe sobre Derechos Humanos de 2022 del Departamento de Estado de Estados Unidos, que recogió reportes de organizaciones no gubernamentales y otros grupos, sobre el poder que ejercen pastores evangélicos y cabecillas de pandillas dentro de los centros penitenciarios del país.
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Según el documento, voces de organizaciones no gubernamentales explicaron que existía una percepción de favoritismo hacia internos evangélicos convertidos en líderes de pabellones.
También advirtieron que esos reclusos gozaban de privilegios que difícilmente podrían obtener sin la colaboración de custodios o agentes policiales. “Los representantes de las oenegés también informaron que la percepción de corrupción dentro del sistema penitenciario permitió que estos reclusos ‘líderes’ recibieran privilegios, lo cual probablemente requirió de la colaboración de custodios civiles o de la policía”, indicó el informe.
El peso de los números
Las cifras oficiales al cierre de abril de 2026 terminan de dibujar el cuadro. Panamá tiene 24 mil 831 personas privadas de libertad distribuidas en un sistema diseñado para albergar a 14,695.
Es decir, el sistema tiene 10 mil 136 demás.
La provincia de Panamá concentra la cifra más grande: 16 mil 612 presos repartidos entre los tres centros del complejo de La Joya. La Nueva Joya, la más moderna, tiene 5 mil 599 internos. La Joya alberga 4 mil 872. Mientras que La Joyita, donde ocurrió la fuga, 4 mil 788.

La Joya encarna el caso más extremo con 4 mil 872 reclusos en un espacio construido para 1,568, lo que significa que opera al triple de su capacidad real.
Algo similar ocurre en el interior del país. En Las Tablas, provincia de Los Santos, la cárcel alberga 420 personas en un espacio diseñado para 80, una densidad de 555%. En Bocas del Toro, el centro tiene mil presos donde caben 292.
En Santiago, Veraguas, hay 637 personas ocupan instalaciones para 150. Y en medio de todo esto, casi uno de cada tres privados de libertad en el país, el 35.2%, ni siquiera tiene una condena. Se trata de procesados que esperan sentencia en el hacinamiento.
