En los últimos días hemos visto aumentar, de manera preocupante, el número de personas fallecidas en accidentes de tránsito en todo el país. Lo leemos a diario en los periódicos, lo vemos en la televisión y, con mayor frecuencia, nos enteramos a través de las redes sociales. Pero surge una pregunta necesaria: ¿nos hemos detenido a pensar en cuáles son las causas de tantos accidentes? ¿O, como no se trata de familiares ni conocidos, simplemente dejamos que la noticia no nos afecte?
El 29 de agosto de 2024 publiqué en La Prensa un artículo titulado ‘Del tranque, del estrés y otros demonios’, en el que mencionaba a los busitos “piratas del West” y el desorden con el que suelen circular, así como el temor constante de sus usuarios. Sin embargo, ese transporte colectivo —o, más bien, sus conductores— posee algo que parece escasear entre quienes manejamos vehículo propio: habilidades sociales. Sí, habilidades de comunicación, empatía, colaboración y trabajo en equipo. Las ponen en práctica en la vía y, paradójicamente, eso hace que no se vean involucrados con tanta frecuencia en colisiones. La mayoría de los accidentes, en realidad, involucran autos particulares.
Entonces, ¿por qué el resto de los mortales —y me incluyo— no somos más amables y pacientes al conducir? El apuro por llegar, que se traduce en exceso de velocidad, la descortesía y, sobre todo, el uso del celular, están llevando las cifras de colisiones, vuelcos y accidentes fatales a niveles alarmantes.
Cada choque deja heridas visibles e invisibles. Los lesionados y fallecidos son el reflejo del dolor que la carretera deja cuando se lleva una vida. Ese instante de desatención o distracción, propio o ajeno, nos expone al alto costo de la imprudencia y a sus consecuencias irreversibles.
Y qué decir de los atropellos, que también han aumentado de forma alarmante. Peor aún: muchos conductores abandonan a las víctimas y huyen, evidenciando una profunda falta de responsabilidad, empatía y humanidad ante una situación tan delicada.
Si condujéramos a la defensiva, con cortesía, cediendo el paso, usando las direccionales, reduciendo la velocidad y manteniendo la atención, quizás las cifras serían muy distintas. Nuestros seres queridos esperan que lleguemos sanos y salvos. No les generemos angustia innecesaria. Cuidémonos y cuidemos a los demás. La solidaridad en la vía es una forma concreta de promover una cultura de prevención y seguridad vial.
Me detengo y reflexiono: nadie sale de su casa con la intención de atropellar a alguien o de verse involucrado en una colisión. Sin embargo, todos tenemos la responsabilidad de evitar convertirnos en víctimas o victimarios.
Seamos responsables al conducir. Fortalezcamos nuestras habilidades socioemocionales. Practiquemos la cortesía. Reduzcamos la velocidad. Solo así podremos contribuir a disminuir los accidentes de tránsito y, con ello, las muertes en nuestras carreteras.
La autora es psicóloga y ciudadana de la provincia de Panamá Oeste.

